“La empresa dispone de una especie de “vivero” dentro del cual “selecciona” a los mejores, a quienes conservará ofreciéndoles el tiempo completo”

Margaret Maruani
Soledad Murillo.

PRODUCIR A TIEMPO

El tiempo es una construcción conceptual, una contabilidad artificial de unidades fragmentables dotadas de una extraordinaria capacidad de regulación sobre la vida de los sujetos. Su magia radica en su poderosa cualidad de representación social. Mediante un artefacto mecánico, una abstracción de horas y minutos, se transfiere unas normas métricas fielmente seguidas por todos: días, jornadas, descansos. Su devenir histórico experimenta la posibilidad de una transformación infinita, unas constantes redefiniciones en función de nuevas formas de organización social y estilos de vida.

Tratándose del tiempo, la estrategia reside en convertir una convención en un hecho natural, alquimia gracias a la cual el tiempo deja de ser una magnitud para entrañar una experiencia de la cual es difícil sustraerse. Maleable, adopta cualquier forma (full-time o part-time) y se sitúa como una disciplina inapelable, una Ley externa ante la cual hay que doblegarse.

El tiempo ha llegado a proporcionar el criterio de valoración por excelencia sobre la productividad y sus resultados. En los comienzos de la revolución industrial, el cálculo severo del rendimiento se fija en la existencia de una prolongada jornada de trabajo. Junto a esta incomensurable jornada, la edad del trabajador, su tiempo vital, no representaba ningún límite para disponer de su tiempo de trabajo.

Posteriormente, el desarrollo de la eficiencia irá ligado a la minuciosidad y el logro, aquí el tiempo se convertirá en un dispositivo específico de producción. Será sometido a complicadas fórmulas que detallen la duración de un proceso productivo; de esta forma la duración de un gesto será la medida utilizada para conocer el ritmo de trabajo, y con él la secuencia de movimientos precisos en la ejecución de una tarea.

Frederick Taylor aporta este nuevo compendio temporal, aparecen las velocidades óptimas y las condiciones de producción que garanticen un ritmo donde nada se detenga (tornos, cintas transportadoras). Aun así, no se trata únicamente de un juego de restas donde el ahorro del tiempo sea el eje de actuación, Taylor y sus seguidores logran responsabilizar del gasto del tiempo al trabajador, su despilfarro o su ahorro marcarán las diferencias salariales en formas de pluses o sanciones. En consecuencia, y gracias a las constantes permutaciones que presencia el crecimiento industrial, el tiempo se concibe como una estructura organizativa a diferentes escalas. Así, a comienzos del siglo XX, el tiempo se transformará en ciclo controlable como objeto de la Teoría económica, la innovación tecnológica se transforma al ritmo determinado en las series económicas temporales en Schumpeter, posteriormente Keynes mantendrá que el desarrollo capitalista debe “anticiparse”, debido a las inevitables fluctuaciones que deben ser controladas mediante su predicción.

CRONOMETRAR EL CONOCIMIENTO

El tiempo puntúa la eficacia en el saber, asegura la relación rendimiento-aprendizaje, los saberes operativos se concretan y validan a partir de un ajuste con el tiempo personal. La edad ha llegado a ser un valor indisociable del conocimiento, la cualificación resume en sí misma las pautas de esta combinación, sus significados radican en aprovechar al máximo las capacidades específicas del proceso de formación que, convertido en experiencia acumulable y fechada, constituye un objetivo de primer orden.

Los sujetos organizan su experiencia en función de diversas categorías de tiempo, un tiempo propio que permite la demora, y un tiempo público-laboral que obliga a la condensación de tareas o actividades, en ellas ha de verificarse un escrupuloso ahorro de tiempo, hasta el extremo que toda desaceleración representa un déficit en los logros. Hallamos las mismas premisas temporales en la formación; ésta conlleva, como requisito, la continuidad basada en un tiempo de recogimiento que favorece la asimilación (de información) y en un tiempo de pruebas que logre acreditar una futura cualificación.

Como antecedente al mercado de trabajo, su entrada viene precedida de un sistema de evaluación según la taxonomía temporal que constituye el aprendizaje de un sujeto. Los preliminares al puesto de trabajo lo configuran los requerimientos profesionales. El tiempo profesional se dota de un riguroso sistema de contabilidad. Será seleccionado en función de su tiempo retrospectivo: conocimientos (formación y estudios de postgrado), experiencia profesional, idiomas, todo un aprendizaje que precisa ser detallado. El curriculum vitae es un registro espacio-temporal, donde el ejercitante presenta aquellos lugares (Instituciones, Entidades) e intervalos (horas, meses, años) donde trabajó o estudió. Una pormenorizada (o telegráfica) clasificación que fuerce los signos de distinción frente a otros candidatos. En un paso siguiente, será valorado el tiempo programable: flexibilidad (para viajar, movilidad geográfica), capacidad para asumir responsabilidades de planificar el uso del tiempo propio y ajeno (de los que coordina, manda, supervisa u ordena). Los sistemas de promoción apelarán a otro cómputo temporal (sobre todo, en los convenios laborales menos modernizados) la antigüedad, o el tiempo de permanencia y fidelidad a la firma que servirá, entre otros requisitos, para fijar sus propuestas.

Otra forma de inventariar el tiempo la aporta la teoría del Capital Humano, mediante el procedimiento selectivo, y aparentemente “voluntarista”, por el cual un individuo articula su ciclo vital y su aprendizaje. Se trata de un sujeto dispuesto a practicar una inversión en sí mismo al dedicar un tiempo X al estudio, para obtener una cualificación educacional relativa a su universo laboral. En todos los casos, la construcción de un tiempo de orden práctico favorecerá la obtención de un beneficio inmediato o a largo plazo. Merced a esta fórmula del esfuerzo individual, la proporción de tiempo invertido actuará como equivalente de un futuro rendimiento. Es necesario matizar, conforme a estos requisitos, la necesidad de disponer de un tiempo sin fisuras, en el que integrar las tareas de aprendizaje continuado, conforme a al volumen de la inversión en el propio capital humano [1].

Las predicciones de esta teoría vienen avaladas por la naturaleza de los puestos de trabajo así como sus salarios. Aquellos trabajos que exigen cualificaciones, itinerarios formativos, o un proceso de aprendizaje exhaustivo, proporcionarán mayores ingresos. El tiempo vital juega un papel importante, el procedimiento y las condiciones de tiempo son explícitas: más jóvenes y mejor preparados.

LA MáQUINA DEL TIEMPO

El mercado de trabajo juega con diversas categorías de tiempo, lo prescribe según sus necesidades. Si en la literatura la máquina del tiempo de Wells permitía viajar por el pasado, ahora más que elegir siglo o época, el mercado de trabajo decide en base a la racionalidad técnica, establecer una economía del tiempo a su medida. Baste pensar en los contratos de trabajo clasificados por el cómputo temporal en aras a lograr mayor flexibilidad (a tiempo parcial, de aprendizaje, en prácticas, el fijo discontinuo).

Tiempos y derechos diferenciales, a menor tiempo, mayor desprotección dentro de la empresa. Las jornadas completas no entienden de políticas de empleo, se inscriben en el sistema productivo dentro de aquellos perfiles profesionales de mayor cualificación. Entre los nuevos conceptos de producción coexisten tanto los sistemas full-time, con empleados/as a tiempo parcial, que comparten el mismo espacio y los mismos sistemas de control que el derivado de los indicadores numéricos (hojas de tiempos y movimientos) para verificar la formación de los aprendices.

Un sistema tan extraordinariamente flexible posibilita disciplinar mejor las fluctuaciones irregulares o estacionales de la actividad económica, en un contexto de inseguridad determinado por una nueva división internacional del trabajo y una competencia intensificada de los mercados mundiales.

En relación a esta lógica, la organización del tiempo laboral obedece a diversas posibilidades coyunturales de empleo, por ello su revisión se concreta en la negociación colectiva, siendo la organización del tiempo de trabajo un asunto que compete -también- a los agentes sociales. No obstante, no podemos obviar que el tiempo de trabajo afecta al conjunto de la sociedad, a los tiempos relativos a la educación, al ámbito familiar, al tiempo de ocio.

Esta interdependencia se sitúa más como un mero efecto, que como un elemento que presida cualquier negociación o definición de puesto de trabajo. Siguiendo este esquema, el tiempo de trabajo se arraiga como un dispositivo regulador del resto de los tiempos sociales, pero lejos de incorporar esta conectividad, en orden a fijar sus dimensiones y distribuir los calendarios o jornadas laborales, se des-entiende de la misma y reclama del trabajador/a la mayor disponibilidad; en otras palabras un desprendimiento del tiempo privado (o tiempo para sí) en aras a reforzar la dedicación a su profesionalidad. Todavía queda prever la sustracción de tiempo privado que pudiera derivarse del teletrabajo, al transgredirse, mediante el argumento tecnológico, la noción de espacio, y con él su capacidad para marcar los límites o lugares diferenciales. El teletrabajo podría disolver los pares: dentro-fuera, o lo que es lo mismo: lo público y lo privado.

La tecnología informática, de la cual somos testigos de sus albores, provoca lo que Adam Schaft denomina “la revolución de la revolución” (industrial), al describir el tránsito de los ordenadores de código cero-uno a los ordenadores en los que el razonamiento lógico integral constituya la unidad básica de cálculo. Este avance parece concluir el debate sobre la inteligencia artificial, pero abre, en cambio, la necesaria reflexión sobre los efectos micro y macrosociales de la actual revolución científica, las innovaciones tecnológicas que se llevan a cabo en las economías industrializadas apuntan en una dirección única: aumentar la eficacia mediante el control de la  producción.

Si en su momento fueron analizadas las resistencias hacia una organización del trabajo basada en los métodos y tiempos por diversos autores (Bravernam, Gorz, Thompson), todavía quedaría adentrarse “sociológicamente” en las consecuencias de los aumentos de competitividad destinada a reducir los costes de producción, así como relacionar el -indiscutible- avance sobre la calidad teniendo presente que ésta viene determinada, en muchos casos, por los ritmos de trabajo programables en virtud de la automatización; es decir, por un tiempo externo al trabajador, lo que disminuye considerablemente la autonomía y el control de éste sobre su propio trabajo.

Sometido a las leyes de una productividad informatizada que permite acceder a todas las escalas de tiempo y espacio, el tiempo profesional inicia una cuenta atrás, acorta la edad profesional, invade el tiempo privado al regular una operatividad voraz o tareas que han de resolverse en plazos improrrogables. La nueva profesionalidad no admite recortes, su consistencia estriba en lograr ganar la carrera el tiempo, todos estos elementos nos obliga a preguntarnos qué otros tiempos se escapan al disfrute (o co-participación) del sujeto.

EVALUANDO EL TIEMPO (O LOS PUESTOS DE TRABAJO)

Como consta en cada descripción de los puestos de trabajo y en relación a cada objetivo básico, el tiempo profesional conjuga sus funciones con verbos de acción: planificar, adaptar, supervisar, coordinar, adecuar, promover, tareas que precisan de la inmediatez como regla de actuación exitosa. El tiempo profesional incluye un tiempo no sujeto a horarios, al que denominaremos el tiempo subjetivo, aquel que sumerge al sujeto en una reflexión de tipo instrumental aunque no se materialize en ninguna actividad inmediata. Son tareas invisibles situadas en el ámbito de lo subjetivo pero que reclaman la concentración del sujeto. Calcular, anticipar, detectar u otras demandas, al objeto de cubrir las metas que pautan toda profesión. El tiempo subjetivo sólo puede verificarse a posteriori, a partir de la evaluación de resultados.

Veamos cómo se establecen los tiempos a través de los criterios globales que se siguen en la valoración de puestos de trabajo, una de los componentes claves de los recursos humanos para establecer las escalas retributivas. Admitiendo la existencia de una nueva organización del trabajo sumamente compleja, el desempeño de un puesto de trabajo pone en juego  los conocimientos, la experiencia y las habilidades de los sujetos inmersos en el proceso productivo.

La evaluación se articula en tres supuestos básicos de competencia: la especialidad técnica, la gerencial y la relacional.

Por otra parte, si elegimos al azar un perfil profesional, hallamos la misma racionalidad técnica. Por ejemplo, en la ocupación de un jefe/a de investigación de mercados, observamos una lista de demandas inherentes a las responsabilidades de su cargo: definir (los proyectos de investigación), analizar y estudiar (la posición de la empresa en el mercado), evaluar (resultados de las campañas), supervisar (estudios de medios, índices de mercado), obtener información (a través de clientes y redes). Los objetivos a cubrir por el candidato/a, se convierten en la especificidad del sistema de responsabilidad descrito, al que se puede añadir alguna formación complementaria (“conocimiento de investigación social aplicada”). Para terminar, como prerrequisito de entrada, se solicita ajustarse a un itinerario formativo, a una trayectoria profesional que complete el ciclo. Otro nuevo examen a la construcción de la utilidad que el sujeto haya concedido al tiempo retrospectivo.

Asesores/as fiscales, analistas financieros, técnicos/as de recursos humanos, responsables de selección, entre otros, siguen el mismo eje de correspondencias. El candidato/a parece tener a su completa discreción estas capacidades, mientras que la empresa las reclama y evalúa en busca del más óptimo.

Se potencia, de este modo, un intensa dedicación y proyección en lo laboral, no ya desde la utopía del trabajo de principios de siglo (el Estado Social). Hoy el trabajo ya no procura bienestar y tiempo libre, se constituye como expedidor de identidades. Los proyectos personales quedan constreñidos a los recursos que se generan en función de hacer frente a una “nueva profesionalidad”. Cualificación se confunde con identidad, “mis” capacidades han de ser reconvertidas en ofertables, con valor y precio que las signifique como baremables, y una vez seleccionadas, son canjeables en el mundo laboral. No se trata del perfeccionamiento unido a la productividad que propugnaba el liberalismo. Hoy la receta es sencilla: disponibilidad puntual y rápida de un soporte de información que debe circula en el momento preciso. Y lo más importante: anticiparse a los otros, por lo que obligatoriamente ha de privatizarse la información o, en su defecto, intercambiarse en un sistema de trueque riguroso.

En todo este territorio sin ideologías (como celebrara en su momento Daniel Bell) el individuo busca su posición en aras a la meritocracia, a una racionalidad técnica triunfante. En las nuevas relaciones de trabajo el tiempo es el nuevo capital, su distribución, forma de gasto, usos y aplicaciones (masters, cursos de postgrado, especializaciones) precisan, sin dilación, una cuantía de tiempo extraordinariamente amplio para lograr alcanzar las cotas de profesionalidad que reclama el empleo cualificado.

Durante la revolución industrial no se calibraron los efectos que conllevaba la nueva organización del trabajo, el tránsito entre el artesanado (controlador directo del tiempo de producción, desde la materia prima hasta la puesta en circulación de la mercancía) y el trabajador fabril, ahora asistimos a una revolución de magnitudes similares en cuanto a la incidencia en la vida social, pero con la vista puesta sólo en los logros y en las demandas de eficiencia sin considerar que el tiempo demandado absorbe cualquier otra actividad que no esté relacionada con el tiempo de trabajo.

En todo este mapa de necesidades de aprendizaje, así como de obligaciones -laborales- sometidas a un rígido aprovechamiento del tiempo, cabría preguntarse dónde quedan otras áreas de interés para el sujeto que necesariamente no repecurtan en una futura rentabilidad. Si el mercado de trabajo agota la reserva de energías en una tentativa de abarcarlo todo (la informatización equivale a la inmediatez) ¿no resulta un artificio proponer pactos entre hombres y mujeres sobre la co-responsabilidad doméstica?.

Acaso no nos dirigimos hacía un doble discurso, por un lado las prácticas sociales de signo laboral, erigiéndose en la primera preocupación de los sujetos, y por otro lado, las políticas públicas que pretenden fomentar la aproximación a esferas (tradicionalmente) femeninas como el cuidado a los hijos/as, o el aumento de presencia en el hogar, cuando la organización del trabajo pauta disciplinas temporales absorbentes e incompatibles con otros espacios. ¿Cómo distribuirá sus intereses, el futuro teletrabajador en un espacio doméstico, cada vez más propenso a convertirse en un anexo del espacio público?

¿qué nuevos significados adoptará la vida familiar?, cómo se organizarán los tiempos de hombres y mujeres en un mundo -antes privado- y ahora semilaboral. La sociología deberá reflexionar sobre los “tiempos” que se avecinan y, sobre todo, las consecuencias de su falta de equidad.

Quizá las nuevas formas de transgresión queden reservadas a aquellos o aquellas que se atrevan a vivir sin un cronómetro personal, para saborear la demora o dar cabida aquellas actividades ajenas a la cláusula de la eficacia y, ¡lo más difícil todavía!, sin experimentar la sensación de una “pérdida” de tiempo.


[1] Las oportunidades formativas que recaen en la sociedad civil trascienden la categoría de individuo. Por ello, la teoría del Capital Humano es ciega a la categoría “género”, o como puntualizan Bowles y Gentis “esquiva”, con respecto a la clase social.