Los indicadores para la medida del uso del tiempo en función del género. Influencia en las estructuras familiares y los roles de género.

Propuesta de indicadores cuantitativos y cualitativos

Soledad Murillo de la Vega[1]

Cuando se insiste en la valoración cuantitativa del trabajo doméstico, se está incidiendo en lo que implica una contabilidad, producto de la verificación y sistematización del número de horas destinado al mantenimiento de un grupo o sujetos dependientes. De tal forma que estimar –contar y medir- es el equivalente a valorar, establecer equivalentes monetarios para introducirlos en los Sistemas de Cuentas Nacionales.

Confirmando la importancia que este esfuerzo supone porque gracias a esta voluntad de saber, los organismos internacionales una vez cuantificada la igualdad entre géneros, emprenden mecanismos de acción.

Apuntes metodológicos y propuestas de indicadores

La metodología representa el cómo, la forma de abordar un fenómeno para hacerlo visible e inteligible y seguir acumulando conocimiento para trabajar con nuevas perspectivas. Toda metodología está provista de reglas pero no todos los instrumentos sirven para los mismo.

Cuantificar implica contar con la observación de unidades, que gracias a su regularidad son capaces de ser sistematizadas. Las tareas domésticas, por ejemplo, más el tiempo que se consume en su realización, son elementos de análisis que sí cumplen esta reiteración y fácil categorización para lograr una clasificación operativa: lavar, adquirir alimentos, colocarlos, etc.

Ahora bien, saber cómo se ha llegado a realizar esta tarea y no otra, o bien como se alcanza la capacidad de delegación o sustitución, nos encontramos que más que cuantificar debemos atender a otros elementos: los referentes sociales (el género es uno de ellos, como categoría y no como variable; la división sexual del trabajo, la relaciones de poder que se experimentan en muchas parejas) además de las formas en que estos referentes son interiorizados, rechazados, o bien negociados. Es decir, resultaría interesante conocer los significados que cada uno otorga a los referentes sociales. Si miramos dentro de un hogar ¿quién decide, o cómo se decide qué hace cada cual? precisa de una metodología que complemente la cuantificación, de una metodología cualitativa, provista también de indicadores. Los cuales para ofrecer un ejemplo, expondré de manera destacada en el texto mediante unas cursivas y con él único propósito de evidenciar la necesidad de su uso, porque lo que guía toda investigación es obtener un máximo de información.

Por qué insisto en este aspecto, porque labor de investigación precisa establecer distinciones entre los hechos, los elementos producto de la experiencia (las cosas, las personas, las relaciones, etc) y las categorías, a través de las cuales pensamos, organizamos nuestra experiencia. La pregunta es cómo se contempla y se interpreta la experiencia, a través de que modelos, de qué lentes la observamos. No siempre contamos con la facilidad de saber que una categoría “dice” lo mismo para todas y para todos. Las mujeres no consideran que realizan un trabajo. “No sé hacer nada” es un contenido recurrente en los Institutos de la Mujer, en las áreas de empleo.

Habitualmente contamos con dos métodos de investigación, dos maneras de aproximación a cualquier objeto de investigación. En este caso, nos encontramos con el espacio doméstico, donde la distribución, la vivencia, el pacto, o la ausencia de éste, dan como resultado los respectivos tiempos domésticos. Si nuestro interés es cuantificar lo que en el ámbito doméstico acontece, hemos de recurrir al método basado en la explicación [2], es decir, donde prioritariamente se destaquen aquellos hechos, o elementos que puedan ser objetivables. En otras palabras, aquellos elementos que por su reiteración sean fáciles de observar, de clasificar y, por lo tanto, de medir. Otro método, denominado de comprensión (en sentido holístico y global) está más atento a  recoger los discursos, las formas de nombrar, las percepciones que los sujetos tienen sobre su vida cotidiana. Al interesarse por la propia definición que el sujeto nos ofrece sobre los hechos, nos acercamos a un método distinto de análisis, puesto que sobre un mismo hecho pueden ofrecerse distintas definiciones. Una trabajadora puede tener en su trabajo la idea de que éste representa un salario extra, al principal salario de su renta familiar (salario complemento), mientras que otra trabajadora pretende adquirir mayores compromisos respecto a su ocupación y aspira a promocionarse dentro de su empresa. Su salario, por lo tanto, es percibido como una retribución que ha de ser incrementada, en función de sus expectativas laborales. Aún así, ambas posturas no son perceptibles si no nos interesamos directamente por sus opiniones al respecto, es decir, si complementamos el método cuantitativo, muy útil para recoger tablas salariales e, incluso, poder detectar diferencias de salarios entre hombres y mujeres, mientras que deberíamos acudir a una metodología cualitativa para conocer las respectivas situaciones que se dan cita en el ámbito laboral. La misma metodología sería aconsejable para estudiar clima laboral, o cultura interna de empresa. Ese método se denomina el método de comprensión, porque sus elementos no son los hechos, sino las atribuciones que los actores sociales producen respecto a los mismos.

 Necesariamente hemos de poner en común ambos métodos, por una parte, los hechos, es decir, aquellos fenómenos susceptibles de cuantificarse porque gozan de un significado común: la secuencia adquirir alimentos, colocarlos, prepararlos cocinarlos. De esta secuencia se pueden clasificar los correspondientes tiempos de ejecución de cada tarea. Ahora bien, después de este magnífico análisis, tendríamos que utilizar la metodología cualitativa para analizar la siguiente pregunta: ¿qué  tiempo de planificación requiere una lista de la compra? Podemos ir más allá, y preguntar dónde se confecciona la lista de la compra. Posiblemente si fuéramos capaces de tener ante nosotros la agenda de hombres y mujeres, veríamos cómo se mezclan contenidos de muy distinto rango: reuniones de trabajo, con apuntes sobre un producto que es importante adquirir en el supermercado.

Lo que quiero subrayar es que la neutralidad no depende del instrumento que se utilice (encuesta o entrevistas) sino de la vigilancia que cada uno de nosotros, como sujetos dedicados a la formación, o al diseño de planes de formación, o la evaluación tiene sobre los efectos del lenguaje, sobre sus representaciones. En definitiva con el sentido. ¿Acaso no se incide, por elegir unos conceptos que ya por sí mismos conllevan connotaciones o sobreentendidos? Por ejemplo, un interrogante tipo que se formula en un cuestionario, o bien se lanza en una entrevista, posee un sentido no unívoco. Por ello, en cualquier de nuestras fases de investigación, añadimos más información (bien mientras pasamos un cuestionario, como mientras realizamos una entrevista). Dicho “excedente de información” responde a la necesidad de marcar un código común (“para los dos –entrevistadora/or y entrevistada/o debe significar lo mismo, debe entenderse de la forma más similar posible)

 Los sujetos que investigamos sobre otros sujetos lo hacemos con un material común, excesivamente usado: el lenguaje. Como tal, el lenguaje está impregnado de sentidos, que no siempre coinciden unos con otros ocupado: el lenguaje, repleto de sobreentendidos y, sobre todo, del imperativo de unas respuestas que se saben de antemano. Por ejemplo, en muchos cuestionarios (aunque el mismo problema puede practicarse en una modalidad de grupo de discusión) en una multirespuesta se indagaba sobre una posible elección entre quedarse en casa y el ámbito laboral. Parece una pregunta inocente. Sin embargo, esta pregunta es inaudita en los cuestionarios que se cumplimentan por varones. La razón es bien sencilla, el investigador que diseña el cuestionario no vive en la estratosfera, sino en una estructura social,  donde los estereotipos de género son parte inherente de nuestro aprendizaje. Por estas razones, cuando

¿Dónde queda la socialización de género, dónde el referente “deberes y obligaciones”? Otra pregunta más ¿es posible elegir, acaso la fragmentación no está más en el esquema mental del que realiza el cuestionario (o lanza la pregunta en un encuadre cualitativo) que en el código de la entrevistada.

Para terminar de complicar las cosas, a medida que investigo compruebo que la realidad es más complicada de lo que creemos, hemos de añadir los significados que se vinculan a las materias gozan de una representación social que se da por supuesta. ¿cómo vamos a recoger los matices sobre “mi interés personal, mi código y el código experto” a partir de qué técnicas de investigación? 

 El problema, se produce cuando los significados que las personas dan a “su” realidad, no siempre se corresponde con la que proviene del conocimiento abstracto, tal y como nuestro discurso experto lo propone[3]. Los sujetos mantienen un mundo de percepciones, sentimientos que, si bien no han sido recogidos como “conocimientos” científicos, sí resultan imprescindibles para calcular sus particulares formas de expresión y  lenguaje. De esta forma podremos seguir la recuperación, la vigencia o la caducidad de un concepto  (el término “trabajo”, se ha desprendido de su lastre unívoco de su remuneración en virtud de recoger otras magnitudes que no precisaban equivalencias monetarias[4]). Las teorías no pueden ser contrastadas únicamente por demostraciones empíricas, máxime cuando la vivencia del lenguaje puede convertirse en una ceremonia de confusión, las técnicas que usan un formulario de pregunta y respuesta no pueden eludir los problemas derivados de lo que se “interpreta” por la pregunta.

Entre los lenguajes científicos y los lenguajes comunes precisan de un mínimo acuerdo sobre los significados para poder entenderse. El personal experto cuenta con un conocimiento experto y a la hora de formular una pregunta, tiene ante sí a un sujeto que interpreta la demanda de información bajo aquellas categorías que le sirven a él para explicarse el mundo, y que son categorías no siempre de cuño propio, como por ejemplo los roles, los géneros como marcos de interpretación de lo “que debe ser”.

La complejidad del Trabajo doméstico

  Como expuse anteriormente detallaré los indicadores en cursiva, sin poder desarrollarlos en un formato de ponencia, sólo pretendo que se logre reconocer la gama de informaciones que se presentan si acudimos a ellos.

Para empezar nuestro objeto de investigación: el tiempo doméstico (que abarca desde la infraestructura hasta la emotividad y el afecto) es excesivamente rico en matices como para tener un absoluto cuidado, como expertas y expertos, en no simplificarlo en aras a su formalización como ùnica vía de análisis[5]. Estamos ante un problema epistemológico, no gratuito, porque como instituciones especializadas emite una serie de resultados, fruto de sus investigaciones que sedimentarán el futuro suelo, sobre el que se erigirá una realidad construida a partir de nuestras conclusiones. En resumen nuestro conocimiento es preformativo. Aumentando los esfuerzos en la tendencia de contabilizar los servicios generados dentro de un trabajo no monetarizado, nos queda saber sobre motivaciones y actitudes que predeterminan su distribución, recursos para la contratación de servicio doméstico, densidad de tareas, entre otras variables.

Cómo se define la participación en el trabajo doméstico de hombres y mujeres.

Por estos motivos, es importante conocer qué conceptos son más problemáticos, o cuentan con un menor consenso. Por ejemplo cuando se pregunta a las mujeres por ciertas tareas relativas a cuidado, nos hallamos ante dos problemas. Primero, las tareas fácilmente identificables, por ilustrarlo más pensemos en las  tareas relativas a medicación, suministro, adquisición, junto a éstas intentemos calcular el desgaste que conlleva la responsabilidad del cuidado en cuanto a una tasa de tiempo que trasciende el concepto de tarea. Segundo, con una situación de cuidado que implica un alto grado de tensión emocional, por lo tanto, desagregar, contabilizar, estimar (dar un valor abstracto) a una tarea entra en contradicción con el vínculo creado entre cuidadora (en femenino, de manera habitual, pero no única) y la persona que requiere cuidados)

Distribución del cuidado: quién decide quién cuida.

Definición del cuidado: Cuidado de proximidad (relación afectiva, acompañamiento, apoyo emocional). O bien, cuidado infraestructural (tasa de presencia en labores relativas al, aseo, alimentación, otros cuidados).

 No es casualidad que organismos de salud pública (el Insalud por nombrar uno de ellos) tienen como objetivo cuidar al cuidador primario (aunque deberíamos decir cuidadora) aquel o aquella que soporta el peso de la enfermedad y es el que informa a los demás familiares, mantiene una relación prioritaria con el sistema sanitario, por lo tanto se va haciendo imprescindible en la constelación de cuidados que acontecen en una enfermedad crónica o aguda.

El cuidado, tiempo de atención ineludible para todas las mujeres si pensamos en la esperanza de vida, precisa no sólo del conocimiento de hechos materiales y definibles como tales, sino como el campo de las motivaciones, de las percepciones, como es lógico de una realidad menos visible y medible externamente, pero que estructura nuestra experiencia. Porque la subjetividad es lo que dota de sentido a lo que hacemos o vivenciamos en ocasiones se resisten a que las mismas sean categorizadas como tales, por estas razones aluden a “lo hago porque quiero” “sino soy yo la responsable no me quedo tranquila”, “no supone ningún esfuerzo”, “es mi padre”.

a. La relación de pareja

El problema es que nos encontramos ante un objeto de investigación extraordinariamente complejo: la distribución de responsabilidades, lo que conlleva espacios y tiempos en una relación que no admite una homologación con otro tipo de relaciones: la relación de pareja.

Al margen de tipos de contrato matrimoniales o la ausencia de los mismos, con una pareja de tu mismo sexo o de sexo opuesto, pero con un elemento común: deben gestionar una convivencia, es inevitable encontrarse con lenguajes, formas, comportamientos, mutuas expectativas que no se verifican en otro marco interactivo (familia, trabajo, asociaciones). Es una alteridad de nuevo cuño, con cada relación se experimentan  se actúan a través de prácticas cotidianas que no siempre se sirven del pacto, o tratos internos, del mismo modo pueden asumirse tareas o responsabilidades por inercias de pautas de rol y género.

Cómo se definen “nuestros” respectivos roles cuando se inicia una convivencia

Qué expectativas –relativas al ámbito doméstico- se juegan en la relación de pareja convivente.

Por lo tanto, tenemos palabras que introducir en nuestra investigación:

1. ¿Cómo se mide la responsabilidad?

La  responsabilidad no se solventa con la suma de tareas; a diferencia de aquel sujeto que, ocasional o regularmente, asume una tarea doméstica, se sabe que la ejecución de la misma no dispensa del ejercicio de la responsabilidad (las constantes llamadas telefónicas a trabajo contratado doméstico, o familiar que ejecuta una tarea, se encaminan a su “supervisión”). El sujeto doméstico responsable equivale a decir: planificación, resolución. Las tareas no bastan para definir el orden doméstico, son una parte del mismo, parte sustituible, contratable, delegable, pero en ningún caso informan sobre la responsabilidad.

Sobre quién recae la planificación, supervisión, la coordinación o atención a demandas ajenas del espacio doméstico

Cómo se ha ejercido. ¿Es fruto de una decisión?¿siempre ha sido así?

 Dicha responsabilidad parece surgir como acuerdo de un pacto social: la división sexual del trabajo, gracias al ejercicio de unos roles, donde unos y otras pueden reproducirlos, o bien, aquilatarlos a su propia experiencia. Por ejemplo aquellas mujeres que saben que ser “buenas” madres no equivale a una tasa de presencia en el hogar absoluta, de esta forma adaptan el rol materno a la particular interpretación de su experiencia (laboral, personal, producto de su reflexión).

2. ¿Cómo se mide el espacio?

El orden doméstico no es únicamente un territorio provisto de coordenadas, ni un calendario de tareas; la función de atención al “otro” trasciende los escenarios espaciales, para transformarse en función. El sujeto doméstico puede serlo también en la oficina, en el lugar de trabajo. De hecho la mujer recrea su espacio público-laboral de aquellos símbolos que “mejor” representan su espacio doméstico: dibujos infantiles, notas de aviso sobre tareas domésticas inaplazables, fotografías. Su ausencia no es radical, aunque se inscriba en un tramo horario determinado. Cuando se habla de conciliación o de compatibilidad  espacio doméstico y espacio público, es a efectos de clasificación experta. Yo considero que el espacio de las mujeres responde más a una globalidad, a un continuo proceso que a una fragmentación.

¿Cómo se ha pautado una  doble, o triple jornada, en sus relaciones familiares?

¿Reconoce que disfruta de actividades, de espacios de relación, de espacios de encuentro que sólo repercuten en usted?

 3. ¿Cómo se mide el tiempo?

Aún a riesgo de repetirme [6] la diferencia de tiempos, cuando nos interesa profundizar en aquellos temas, más de tipo relacional que concreto –la medición de tareas- nos obliga a pensar en la dedicación de un tiempo propio, pensado para realizar aquellas tareas, actividades o gasto de tiempo que sólo repercuta para sí misma y un tiempo doméstico, un tiempo especializado en atender aquellas demandas que son ajenas a las de una misma..

El sacrificio no reporta ni gloria ni virtudes. Integrarse en el espacio público precisa una dedicación de tiempo que ha de conciliarse con el tiempo doméstico. Es decir, cada sujeto no incapacitados, ha de autoprocurarse la infraestructura necesaria para su bienestar en un contexto de cooperación. Por lo tanto, aquellos individuos convivientes en un hogar que deleguen su cuidado (desde la alimentación, arreglo, cuidado hasta la crianza de sus hijas e hijos) en una red de mujeres: hermanas, hijas, madres, esposas, expropian un tiempo femenino para incrementar su tiempo propio.

Cuánto tiempo puede definir como absolutamente suyo. ¿su tiempo está marcado por los tiempos de los demás? Ocupa los “huecos” que le permiten sus actividades o defiende su tiempo propio.

Gracias a su esfuerzo respecto a la responsabilidad doméstica, cuántos miembros del hogar ven aumentar su tasa de tiempo disponible.

 Un eficaz reparto de la responsabilidad doméstica deberá empezar por cuestionar la división sexual de la responsabilidad en los espacios públicos y domésticos, para rescatar la idea de sujeto. Porque ser sujeto es la base inexcusable de un pacto entre iguales. Un pacto que no se encuentre mediado por los roles, por las inexcusables tareas y expectativas que deben tener hombres y mujeres, tal y como son definidos socialmente, para dejar paso a la individualidad.

CONDICIONES DE NEGOCIACIÓN INTRAFAMILIAR

Una vez que contamos con la voluntad explícita de manifestar nuestros deseos, una vez que se define el problema a tratar, y una vez que se está en disposición de buscar soluciones comienza el proceso de negociación. Así se describe, en síntesis, el propio proceso de negociación[7]. Ahora bien, han de darse las siguientes las siguientes condiciones:

l. Que la negociación se produzca entre dos sujetos y no entre dos roles. Dado que resulta especialmente difícil calibrar las aspiraciones individuales apelando a su categoría de individuo, cuando las inercias sociales señalan el rol como el primer supuesto de conocimiento y re-conocimiento.

Uno y otra, se sitúan como responsables de respectivos espacios. Lugares que representan muchas veces una serie de tiempos coercitivos. Cuando el tiempo no sólo regula, sino que oprime, los tiempos de cada uno deberán ser tema de negociación al objeto de flexibilizarse (reparto de tareas, distribución del tiempo libre, del familiar, del particular) como parte de una nueva estrategia familiar.

Des-aprender, de-construir, en una estructura social que ensalza y sanciona, de acuerdo a normas de rol, no es tarea fácil, aún así, resulta importante transgredir las lealtades de rol, tener consciencia de la sujeción que conlleva atenerse a los referentes dados, así como los beneficios que reporta esta acomodación.

2. Se precisa pasar del intercambio a la reciprocidad. La reciprocidad actúa como una regla de interacción. La reciprocidad es un tipo de relación social que adquiere sentido porque, primero no se basa en el intercambio, segundo, las transacciones que se producen pueden no ser equitativas, inclinándose del lado de los significados que los criterios de utilidad (recoger un volante médico sería útil –hecho concreto- estar presente en un momento difícil, estaría del lado de los significados).

La reciprocidad mantiene un punto débil (o fuerte, según se mire) en relación a sus compromisos, en el sentido de que éstos son vagos o, simplemente implícitos.

Por estas razones, apostar por las interacciones basadas en la reciprocidad, si se desea hacer explícito el mecanismo, debe entrar en un espacio emergente que implique la negociación entre dos sujetos que, paralelamente cuestionan sus obligaciones y deberes de género.

Los contenidos que entran en un pacto serían, primero saberse mutuamente interlocutores, lo que implica pactar de igual a igual, de sujeto a sujeto. Pactar es igual a repartir los sacrificios, establecer un consenso, administrando una simetría en la relación, hacer público quién gana y quién pierde. Para evitar relaciones de deuda, haberes y deberes, donde uno y otro pueden cercenar una queja a partir de comodines de lenguaje: “yo no te pedí nada”, “porque te gustaba”, “jamás supiste dar las gracias”. En una espiral que marca las inercias de roles y la deficiente capacidad para superponer la categoría de sujeto por encima de la de género.

Las instituciones, los expertos y expertas, gozamos de una posición de privilegio, desde la cual “irracionalizar” las adjudicaciones de roles y géneros, conlleva invitar a pensar como individuos. Y la categoría de individuo goza de un tiempo, de un espacio y de una autonomía que permite una equidad en el disfrute de recursos personales, culturales y políticos.


[1] Profesora Titular de Sociología. Métodos de Investigación Social. Universidad de Salamanca. smurillo@gugu.usal.es
 [2] Los conceptos de explicación y comprensión pertenecen a la filosofía de la ciencia, fueron desarrollados después de las leyes universales de Francis Bacon, para introducir términos como “valor” “ideal” “propósito” por Wilhelm Dilthey (l833-1911), posteriormente Emile Durkheim y Max Weber sistematizarían esta división: por un lado el hecho social y por el otro el actor social. La metodología cuantitativa y cualitativa atienden esta relación de complementariedad en el conocimiento.
[3] El trabajo extradoméstico es un concepto de origen técnico. Esta categorización sirve para lograr un consenso en la comunidad científica respecto a su sentido: actividades remuneradas fuera del hogar. Pero fuera de éste sistema experto no encuentra equivalente en la doxa (en el hablar común) de las mujeres.
[4] Si hay que buscar responsables en nuestro país de la propuesta de una nueva contabilidad encontramos las grandes aportaciones de Cristina Carrasco, María Angeles Durán, Lourdes Benería, y Paloma de Villota entre otras.
[5] Los excelentes trabajos de Cristina Borderías, por citar sólo uno: Entre Líneas. Trabajo e Identidad Femenina en España, logran unir una reflexión cualitativa (las historias de vida) con la reflexión cuantitativa.
[6] La diferencia entre tiempo privado y tiempo doméstico, fue analizada en mi texto: El mito de la Vida Privada: de la entrega al tiempo propio. Madrid. 1996. Ed. Siglo XXI.
[7] Kresell, K; Pruitt, D.G. Mediation Research. The process and effectiveness of third party interventions. San Francisco. Jossey Bass. 1989.

Bibliografía

  • Pruitt, D.G. Negotiation Behavior, New York. Academic Press. (l986)
  • Bernal. T. La mediación. Colex. Madrid. 1998.