NEXOS Y DIFERENCIAS EN LAS POSICIONES DISCURSIVAS

 EL ESPACIO PÚBLICO

En todos los grupos de discusión se observa como el comportamiento y organización de un espacio define a los demás. Pero existe una relación muy especial: la que se verifica entre el espacio público y la esfera doméstica, debido al tipo de requerimientos procedentes del entorno laboral, profundamente dispares con las demandas del hogar.  El reloj mercantil no entiende de límites ¿se imaginan un mercado de trabajo que tuviera que planificar su organización del tiempo en función de las cargas familiares de sus trabajadores? Para empezar no existe tal dilema, porque otros sujetos ceden su capital “tiempo” y, diariamente, al final de la jornada, un hogar -ya organizado- es el punto reparador por excelencia. En esta línea, las servidumbres de género, en cuanto a la cantidad de tiempo que conlleva conciliar ambos espacios, se expresan abiertamente en todos los grupos de discusión [i]. El solo hecho de la presencia de cargas familiares, o la expectativa de tener hijos, limitan seriamente las oportunidades de entrada y continuidad en el empleo:

A nuestra edad es muy difícil, ya ves los anuncios de prensa; a los 35 años y con hijos dicen: “Vaya María que nos ha caído y no siguen mirando curriculum” (GD-3)

“El que a una determinada edad se te ocurra prepararte, es un problema, van y te dicen: “Se te ha pasado la edadde eso guapa” y tienes que apechugar con esa historia, la de ser tía y haberte ocupado de otras cosas, aunque la historia en la que estás tampoco sea segura” (GD-2)

La reproducción actuará como un dispositivo potencial, o fáctico, de oposición al entorno laboral, especialmente integrada en los segmentos de producción más desfavorecidos, dado que los colectivos de media alta (GD-3) y alta cualificación (GD-4) contratan, en distintas modalidades, el servicio doméstico.

Excesivamente separadas -en cómputos de dedicación- el espacio doméstico y laboral, su compatibilidad genera serios problemas. Por estos motivos, la mujer se “multiplica” en tiempos y responsabilidades, lo cual puede hacerse coyunturalmente, pero si se mantiene semejante dinámica durante un período de tiempo prolongado, el rendimiento máximo excluye otros horizontes, en una espiral difícil de sostener.

“No tienen en cuenta ni que tengas hijos, ni que tengas familia. La mujer aparte de ganar menos que el hombre tiene la carga familiar, ¿quién lleva siempre el niño al médico?” (GD-1)

“El otro día, me llama mi madre diciéndome que tenía que hacerse unas pruebas y le dije, sin pensarlo dos veces: ¡ahora, ni se te ocurra ponerte mala! Ahora estoy tan agobiada, que no puedo con otra responsabilidad” (GD-5)

Las políticas de empleo, así con las normas que rigen los sistemas de contratación se dirigen a un tipo de colectivos muy específicos. En éstos, junto a la definición de la trayectoria profesional, se proyecta el perfil idóneo para recorrerla [ii]: aquella donde el varón encuentre un ajuste perfecto de tiempos y sin sufrir interferencias ajenas a su proyecto laboral. Por lo que respecta a las mujeres, resumir las reglas implícitas y explícitas del espacio público-laboral nos lleva más allá de su lógica productiva, no debe ser tratado como un sistema, sino en constante interacción con el espacio doméstico.  

 Los efectos de habitar un espacio masculino

Todo orden social produce representaciones, normas y pertenencias. La integración de la mujer en el espacio político, al no contar con raíces históricas, ni con un presente que legitime su presencia (aún hoy, precisa fundamentarse la demanda de cuotas), provoca la tensión de una transición entre espacios y funciones [iii]. Evidentemente, este aspecto de permanente “integración” en el espacio público, en una suerte de eventualidad constante, repercutirá en el significado del trabajo para las mujeres, como algo más que una actividad retribuida. Un espacio que ha reconocido, tradicionalmente, un concepto de identidad laboral, construida sobre una única referencia: el obrero adulto o joven, pero varón [iv]:

“Somos el 75% de mujeres, sólo hay un 25% de hombres en mi empresa, pero ellos son los que ascienden, estoy un poco quemada en este aspecto. Y es lo que yo digo, si además de trabajar puedo llevar una casa, ¿dónde está la incapacidad? (GD-2)

“En los bancos, cuando colocan a una mujer como máxima responsable, ves cómo su misión es, fundamentalmente, hacerse cargo de los jubilados, de los pequeños ahorros, pero ¿cuántas hay en Cuzco, en las Centrales?, donde se maneja el dinero de verdad” (GD-5)

A pesar de la “incondicional” depositación de confianza en el varón para llevar los asuntos económicos de gran envergadura, nos encontramos con que no siempre se acepta, por parte de la trabajadora, asumir funciones que conlleven altas dosis de responsabilidad. Su resistencia se explica por el gasto de tiempo que implica su ejercicio. Uno de los enunciados más persistentes en el grupo de trabajadoras cualificadas (GD-4), reside en denunciar la “falta de ganancia” real, por el desgaste personal que implica ocupar puestos de dirección, pensados para sumarse a una permanente carrera contra reloj, elementos conectados a los criterios de competitividad:

“La competencia resulta muy desagradable, además de poco operativa pero los varones están acostumbrados a medirse y se ha convertido en un logro, en un éxito; ya me dirás tú qué ganamos nosotras con semejante historia”(GD-4)

Con la misma severidad, el grupo de mujeres sindicalistas valoran los puestos de decisión como lugares privilegiados de reconocimiento, donde se premia, sobre todas las cosas, la fidelidad a la firma, aun a costa de comprometerse en otro tipo de “transformaciones”:

“Las mujeres que ocupan un puesto de responsabilidad hacen de hombrecitos y se transforman en uno de ellos, ya no son iguales a nosotras” (GD-4)

“Las mujeres que tenemos una visión diferente somos las que no llegamos a Tatcher, las que llegan es porque asumen un papel masculino y se conforman con él, aunque lleven blusas con lazos” (GD-5)

Precisamente estos grupos que gozan de una alta cualificación, o negocian a diario las reglas internas del mercado de trabajo (GD-5), son los primeros en rechazar los parámetros de tiempo y dedicación, cuya métrica horaria está pensada para un trabajador varón con una fuerte  disponibilidad presencial. Los grupos más cualificados lo cuestionan abiertamente, y con una sobrecarga de adjetivos (“devoran”, “consumen”, “despotismo”) destituyen el rango de valores que sustenta el trabajo remunerado. El resto de los grupos se conforma con relatar las características puntuales de su empleo y, frente a esta dedicación abusiva, anteponen “otra” mentalidad, en una suerte de mérito “femenino”.

“La mujer tiene una concepción de vida diferente a la del hombre, quizás por cuestiones culturales, no biológicas, por supuesto; pero el caso es que tiene una proyección diferente y el criterio de competitividad no entra en sus planes” (GD-3)

 “A mí me han ofrecido un puesto de mayor responsabilidad y no lo he querido aceptar porque supone aceptar una concepción del trabajo basada en el entreguismo; quizás es que nosotras tengamos una mentalidad más pendiente de otras realidades y nos lo pensamos más” (GD-5)

Con dicha advertencia, estos grupos inciden en la excesiva dedicación full time que demanda el mercado primario de trabajo; en el que, por contener importantes características de género, se construye un modelo de dedicación incondicional. Las mujeres más cualificadas insisten en cambiar las reglas de representación:

“Hay una opción más o menos consciente en decir: mantengo esta situación, me quedo en mi puesto, en el decorado, y que la película siga; o resulta que quiero mover el decorado porque estoy muy atrás, y yo quiero un papel en el que se me vea más” (GD-4)

Mientras tanto, algunos escenarios parecen impermeables a los cambios, el mundo laboral connota todas las diferencias (femeninas) a la baja (a efectos de promoción) y a la alta para aquellas tareas que exigen meticulosidad, paciencia, o bien para los puestos de control de calidad. Pero la clasificación de habilidades es arbitraria, porque “Ser mujer” contiene otras características no tan rentables. Aquellas que resultan disonantes con la cultura empresarial:

“No sabes con qué baza quedarte, o vales para la microelectrónica, porque como nosotras ninguna; o no vales precisamente por lo mismo: porque así somos las mujeres” (GD-3)

Cualquier signo femenino visible fuera de los procedimientos productivos, se contemplará en una suerte de elemento discordante y, a modo de defensa, se desencadenan adjetivos que las alejen de su entidad como trabajadoras. El lenguaje es muy hábil en inventar barreras simbólicas y construir características:

“¿Y esas pequeñas cosas que te marcan?, cuando oyes comentarios de tus compañeros: Que si os pintáis.. esa forma de hablar en las empresas. La “niña“, la “señora“, pero ¿es que una no tiene nombre propio” (GD-3)

“En el metal, que yo conozca, no se dan estas cosas.. no sé. Lo que sí existe es un cierto paternalismo, te hablan como si no entendieras o necesitaras aprenderlo todo, lo que pasa es que tú crees que es cortesía y no lo ves como discriminación” (GD-5)

El trabajo como actividad masculina, constituye un emergente común en todos los grupos de discusión; los ejemplos varían en sus aportaciones. El más ilustrativo procede de la resistencia a aceptar los signos fisiológicos. La flaqueza de la menstruación no tiene cabida en una estructura productiva que niega toda característica femenina (GD-2):

“Si tú tienes la regla, no es igual que trabajar con esta presión que no puedes ni ir al lavabo. Porque si tú tienes la menstruación dolorosa, por muy jilipollas que le parezca al señor de personal, no puedes estar ocho horas de pie”

Las mismas mujeres participan de esta designación masculina del espacio laboral, como lo demuestra la confianza que depositan en los representantes sindicales masculinos (GD-5), o en rechazar las presiones derivadas de la disposición de un tiempo sin límites (GD-4). Pero uno de los efectos más notables de la “interacción” en un espacio perceptible como masculino, se refleja en el grupo de mujeres (GD-5). Su presencia dentro de un sindicato les introduce directamente en el espacio público. La connotación de menores, con que los compañeros califican a las mujeres trabajadoras sindicalistas, las encierra en un juego de restas. Una técnica consumada de la negación: hagan lo que hagan no logran equipararse, menos aún si lo que ganan es un “salario familiar”:

“Nos llaman “locas“, como tenemos marido en casa que nos da de comer.., ahora es el marido antes el padre, de cualquier manera seguimos siendo las “locas”.    

Nos llaman menores, cuando no locas”. Alusión al punto más subjetivo y menos controlado, porque toda locura inhabilita y desautoriza la palabra de un sujeto. Sus acciones carecerían de sentido mientras no osen mantener posiciones de poder, y la primera instancia amenazada sería su propio sindicato; pero el grupo es muy generoso con sus respectivas organizaciones y se lamentarán sólo de lo más inmediato: el discurso de sus compañeros. Curiosamente, no es la única locura que ha surgido en los grupos. En una empresa de servicios informáticos (GD-3), se describe un proceso, en relación a la organización de una “protesta” y sus resultados:

“Un día estábamos hartas. Lo más triste es que te quejas pero le das más rápido a la tecla del mosqueo que tienes… entonces llamó el jefe y nos pidió que acabáramos un trabajo en una hora.. le dijimos que no y conseguimos retrasarlo. Estábamos como locas, hicimos lo que teníamos que hacer, tenemos un dolor de espalda increíble; pero no pagan nada mal, y encima hay tanto paro fuera

El hecho de llegar a tomar una decisión común, vuelve la unanimidad tan sorpresiva que la perplejidad empaña la acción. Su sentimiento de disgusto ante sus condiciones de trabajo, no viene avalado por una seria demanda, sino por una queja airada. Motivo por el cual, la empresa aprovecha para responder en el mismo registro discursivo: una posición paternalista y punitiva (las mismas participantes relataron, a continuación, el volumen de la “regañina”). Por su parte, el grupo critica la indefensión y acude a otros “padres”, los sindicatos, para solicitar un incremento de su presencia en empresas de pequeño tamaño. Pero se da la circunstancia que de “regañinas” también entienden las mujeres sindicalistas:

“A un hombre siempre le echa la bronca el encargado cuando hace algo mal, a una mujer es una regañina… a las mujeres se las llamaba “las niñas”, y las niñas son de treinta y tantos años para arriba, sin embargo, el trato de niña influye en la regañina” (GD-5)

No obstante, en todos los grupos se mencionan acciones simbólicas contra los abusos laborales, en las cuales se detecta la necesidad de sabotear los modelos de rendimiento. El uso de verbos en infinitivo no dejan lugar a dudas sobre su fantasía de inmediatez:

     “Meter un virus al ordenador y acabar con el disco duro”     (GD-3)

“Hacer todo al revés en un diseño, pero cuando tengan un importante pedido” (GD-2)

     “Dejar la chaqueta sólo hilvanada” (GD-1)

     “Desconectar fax y modem, y todos aislados” (GD-4)

La percepción en las mujeres, del grado de depositación genérica [v] que recae sobre ellas es unánime, aunque oscila entre la “abnegación” (GD-1, GD-2) y la “justificación” (GD-3, GD-6).

“No tengo contrato, pero se trabaja muchísimo, es un trabajo de lo más inferior, de los peor pagados, pero lo aceptamos así.. y di algo y verás” (GD-1)

“Es un consuelo, te piensas que trabajas en sitios horribles y luego resulta que los hay peores (GD-2)

“Al principio resulta duro que te paseen de un lugar a otro en el trabajo, porque parece que sirves para todo, pero el caso es que yo me levantaba todos los días a trabajar y otros están en la calle” (GD-6)

Al margen de este tratamiento diferencial, se agudiza el perpetuo ajuste de tiempos derivado de la conjugación entre espacio doméstico-espacio público, que conforman estrategias de inclusión y exclusión [vi], las cuales no pueden limitarse a ser explicadas según criterios de competencia individual, o meramente profesionales.

Los beneficios del trabajo remunerado, frente al doméstico

La presencia femenina en el mercado de trabajo debería originar un cambio de actitudes de la población, respecto a los roles sobre los que se han organizado los diversos ámbitos de la esfera laboral, doméstica y privada. Por este motivo, cada grupo conjuga sus opiniones en función del cambio que supone el “trabajar fuera de casa”. Una de las consideraciones más extendidas estriba en su “conciencia” como población ocupada, sobre la cual los tipos de empleo, tramos de edad y cualificaciones quedan fuertemente condicionados por sus hábitos de cuidado y atención en el espacio doméstico. Saben que pertenecen a las escasas capas sociales que acceden al mercado de trabajo. Enuncian el acusado divorcio de intereses entre ambas instancias (pública/doméstica).

“No es que valga más el trabajo fuera de casa que en la familia, es porque la mujer se siente más útil, se siente más útil a todos los efectos, y al final sabes que vales para muchas cosas” (GD-2)

Semejante depreciación social de la “domesticidad” es imprescindible para comprender como los grupos subrayan su fuerte identidad como asalariadas. El trabajo retribuido, a juzgar por el número de las intervenciones, conlleva un cambio decisivo en el horizonte profesional y personal de la mujer. Lo doméstico y lo público se articulan en el doble criterio de obligación y utilidad, pero reporta ventajas innegables.

“Tienes más aliciente, porque tú realizas un trabajo y ves que está bien hecho, que es útil, que te lo agradecen y que encima es remunerado. El otro trabajo no te lo consideran, no te lo agradecen porque además se creen que es tu obligación” (GD-3)

Los grupos de baja, media-baja y media cualificación (GD-1, GD-2 y GD-3) a pesar de no disfrutar de empleos acordes con sus aspiraciones, o exentos de condiciones de trabajo seguras, expresan abiertamente las sólidas recompensas del espacio público (salariales o derivadas de un sentimiento de “utilidad”) que, inmediatamente, comparan con su posición en el espacio doméstico. Lugar tan exigible como el laboral, pero subsidiario por su falta de visibilidad monetaria (desde el P.I.B a los indicadores de medición: la E.P.A). Además tener un empleo ofrece beneficios tangibles en lo que respecta a su propia valoración de sí.

“Parece una tontería, pero mi trabajo lo hago por mí, porque veo los resultados, no para los otros que ni te ven, hagas lo que hagas” (GD-2)

“Sé que con mi sueldo no voy muy lejos y aunque tengo un trabajo muy duro <sala estéril de un laboratorio>, no estoy condenada a no ser nadie (GD-1)

Aquellas mujeres de alta cualificación (GD-4) completan las cualidades que reporta un trabajo remunerado, al que suman anécdotas sobre su dedicación y modos de sacudirse la pereza. Han invertido grandes dosis de tiempo (en preparación) para hacerse merecedoras de su empleo. La consecución de su proyecto, dadas las dificultades que han tenido que vencer, constituye una excepción: “Podríamos decir que todas las que estamos aquí somos un colectivo verdaderamente privilegiado, en sectores privilegiados”.  

 Otros modos de segregación: la sospechosa tolerancia con lo doméstico

La segregación no sólo se percibe en función de las categorías, o las condiciones de trabajo, sino también en el propio tratamiento concedido por el orden laboral a la dedicación doméstica. La condescendencia que muestran los centros de trabajo con respecto a las “prioridades” familiares, cuando éstas reclaman una atención sin demora, es más indicativa, aunque parezca lo contrario, de la falta de identidad como trabajadora, que de la asimilación de “sus” responsabilidades. No obstante, de ningún modo los grupos reclaman una diferencia para las mujeres; más aún, experimentando día a día la tensión de dos espacios antagónicos, no se muestran dispuestas a rebajar un ápice su entidad laboral y son las primeras en desvelar la trampa “discriminativa” que se oculta tras la facilidad de ciertos permisos:

“Hay mujeres que faltan semanas con facilidad sin preocuparse, trabajar es secundario. También faltan ellos, porque no es privativo de la mujer, pero los jefes son más indulgentes con ellas. Este es un fallo estructural de la propia Administración”  (GD-4)

“Llevamos poco tiempo en esto, pero cuando a una la dan facilidades, es seguro que luego no van a contar con ella, aunque recupere con creces su trabajo después de faltar un día” (GD-3)

No todos los sectores registran estas cotas de “sensibilidad”; depende directamente de la estabilidad en el empleo, además de las categorías a las que se dirija: los colectivos de secretarias y auxiliares, segmentos en los que se verifica una fuerte feminización de la actividad, o en sectores como la Administración Pública, donde los horarios favorecen mayor compatibilidad con el espacio doméstico, son los más permisivos.

“Una nube de mujeres en la base y luego las mujeres disminuyen entre los subdirectores y subsecretarias, ahora nos han puesto algunas ministras de adorno”(GD-5)

Pero esta indiferenciación (nube) de las mujeres repartidas entre administrativas y auxiliares, no representa sólo la base de la pirámide ocupacional; en su cima se observa un tratamiento similar. Las ministras cumplen una función simbólica, sus decisiones no son estratégicas en la vida política y económica del país; además, sus carteras contienen una “suspicaz” continuidad con los mandatos de género femenino (se refieren a las anteriores ministras de Asuntos Sociales, Cultura y Sanidad). Sobre la instantánea negativa dibujada por el grupo de alta remuneración, se sobreimprime la idealización de sus condiciones de trabajo para aquellos grupos que aspiran a conseguir empleos con una escueta planificación horaria (GD-3 y GD-2):

“Si tuviera tiempo, me metería de lleno en una oposición de la Administración, es la única posibilidad de que no te agobie la casa” (GD-2)

Deseo compartido por unanimidad. Estos grupos, dada su cualificación, media y media-baja, les permite concebir esta movilidad social con el empeño -explícito- de minimizar su ausencia del hogar, o lo que es lo mismo, obtener una mayor compatibilidad de su doble jornada. Otro claro ejemplo de cómo lo social “facilita” la conjugación entre espacio doméstico y espacio laboral, lo hallamos en el trabajo a tiempo parcial. Modalidad de contrato que afecta a los jóvenes, pero especialmente a las mujeres. Definida, para ellas, por una benevolente mezcla de motivos facilitadores de la inserción laboral femenina.

“Encima cuando te ofrecen un contrato a tiempo parcial te lo venden como si fuera un favor” (GD-2)

Curiosamente, esta fórmula se aplica en aquellos sectores donde existen escasas recompensas sociales (retributivas y/o de prestigio), ante los cuales se ofertan de manera “electiva”, a modo de una “opción” encaminada a incrementar el tiempo libre de la trabajadora, es decir, su dedicación doméstica. Por el número de mujeres que se acogen a esta modalidad, cabría plantearse una lenta y progresiva institucionalización de una modalidad de contrato sexuada [vii]. La precariedad en la contratación se camufla en un empeño acomodaticio para el colectivo centrado en la organización familiar, lo que avala un proceso que instaura relaciones de poder, categorizadas en el espacio laboral y camufladas por las leyes de parentesco en el espacio doméstico.

 La contrapartida del salario para decidir sobre los gastos

Si el trabajo retribuido obliga a sustraer horas al tiempo libre (GD-4), o merma la presencia en el hogar (el resto de los grupos) proporciona, además de su aportación funcional y monetaria, una legitimidad individual para decidir sobre la distribución del gasto familiar. De su cómputo total es la capacidad de orientar el consumo en beneficio propio, la cualidad más valorada por los grupos:

“La independencia económica facilita las relaciones personales, salir más a menudo, es algo fundamental” (GD-2)

“Cuando tú estás trabajando el dinero es de los dos, y si te vas a comprar cualquier cosa, bien que se lo comentes, pero no le pides permiso (GD-3)

Gracias a este binomio retribución-autonomía, se sacuden la incómoda subordinación marital. Y sin necesidad de contabilizar el valor real del salario, su naturaleza fomenta la recuperación de la individualidad, vinculada a dos escenarios de los que no tiene que dar cuenta: las relaciones personales y un gasto despegado de la necesidad.

“Tendrías que entrar a las taquillas de mi fábrica, la ropa interior es de Christian Dior y aunque yo me las pongo, no las luzco. Cuando trabajas te puedes dar el gustazo de comprar cosas que no son de necesidad (GD-2)

Otros grupos rescatan del empleo sus rasgos instrumentales, uniendo a la independencia de criterio la necesidad de acreditarse, mediante una permanente demostración de la profesionalidad en su puesto de trabajo. Este es el caso del grupo de mujeres sindicalistas. Para ellas, la legitimidad de su palabra está estrechamente ligada al criterio de eficacia; de lo contrario sus actuaciones militantes se resentirían, al perder identidad como trabajadoras. Lo que se produce sin remedio, en el preciso instante en que se atiendan otros ámbitos:

“Para que te escuchen tienes que demostrar día a día más profesionalidad que ninguno, de lo contrario este sería nuestro punto flaco y nos acusarían de no saber de qué hablamos” (GD-5)

Si la contribución a la renta familiar representa, en sí misma, una cualidad fructífera para restablecer mayores cotas de equidad familiar, en el caso de las mujeres que están apunto de ser despedidas (GD-6), la cuantía de su baja incentivada genera el sorprendente resultado de eliminar el efecto frontera entre empleo y desempleo:

“Ahora mi marido no puede decir que no trabajo, porque tengo asegurado como cinco años de trabajo en el banco”(GD-6).

“Cinco años de trabajo”, o la simulación de una retribución, la estimada por la suma total de la baja incentivada dividida en mensualidades. La actividad queda acotada por el volumen de capital, y de esta forma su prolongación depende de el tiempo que permanezca innovilizado su dinero. Dicha afirmación nos remite a la sujeción e invisibilidad que contamina lo doméstico. Contra ella se defiende mediante una transacción bancaria.

Ganar dinero y ganarse el apelativo de “persona”,

Los grupos, sin excepción, señalan cómo incide la posición en el mercado de trabajo con respecto a la instrumentación de la categoría de persona, utilizándose como un emblema autoafirmativo en función de la aportación salarial; pero esta posibilidad de pensar en sí, en contraste con el espacio doméstico, viene avalada por dos elementos: En primer lugar, por su clara percepción de asalariada:

“Yo pienso que la mujer es persona y, como tal, tiene derecho a trabajar. Cuando tuve al niño me quedé en casa y se me caía encima”(GD-5)

“He pasado muchas fatigas, pero lo pasó peor mi madre, trabajando en el campo o en el negocio familiar, por no tener jornal, no tenía ni derecho a opinar (GD-1)

El calificativo de “persona” parece elevar la condición de “mujer”, tratada en el discurso social como un sujeto muy cercano a los deberes y con escasos derechos. Este ejercicio de depreciación, como modelo disertativo, no es ajeno para las participantes de los grupos, por ello no resulta extraño que se produzcan disociaciones entre ambos conceptos (mujer/persona) dado que perciben claramente sus dimensiones complementarias: “Si como mujer tengo mis obligaciones, como persona tengo también derechos (GD-3)

En segundo lugar, la distinción mujer-persona alude al repertorio de credenciales que se desprenden de cada espacio. La decisión de trabajar “fuera” implica articular otros sistemas de recompensas; por esta razón, cuando la modalidad de empleo se subsume en el mercado secundario de trabajo, se vacía parte del contenido laboral y afecta, sin remedio, al estatus de persona:

“No hace falta que les digas que estas limpiando; con que estés sentada en una silla ocho horas cosiendo, ya eres una persona nula” (GD-2)

Más que reflexionar en términos de flexibilidad laboral o estratificación social, se experimenta un enorme rechazo interno por la marginalidad que impregna este tipo de trabajos. A pesar de estas dificultades, el empleo consigue incrementar la autoestima, más perceptible cuánto mayor sea el volumen de la cuantía salarial y la actividad; significados sociales que redundan en favor de una misma:

“Sé lo duro que es trabajar todos los días, pero el hecho de salir, de ver gente, de tener un salario.., es la pescadilla que se muerde la cola: “relaciones-dinero-trabajo”. Y es que al final lo haces por ti” (GD-4)

“Ser persona” se inscribe, para los grupos de media y alta cualificación (GD-3 y GD-4), en el proceso educativo. En ellos se evidencia la importancia de la trasmisión de valores familiares en la conquista de la individualidad. La  categoría “persona” se ve favorecida por un lento proceso de conciencia, ganado pulgada a pulgada por el grupo de mujeres sindicalistas (GD-5). En efecto, en uno y otro caso, todas las participantes recrean su necesidad de asegurar esta cualidad, como un imperativo de interacción en todos los ámbitos. Así se expresa una participante del grupo de alta cualificación (GD-6), a propósito de sus relaciones afectivas:

“A mi no me compensaba su ayuda, yo he sido educada para estudiar y desarrollarme como persona, no me iba a enredar en palabras y disgustos. Pero, estaba claro que no podía renunciar a mi estatus” (GD-6)

Si la invisibilidad de lo doméstico arrastra consigo a la mujer que lo ejerce, en cambio, el trabajo retribuido le autoriza y le otorga credibilidad. De las ventajas de incorporarse al espacio público-laboral son plenamente conscientes todos los grupos de discusión. Pero lo más sorprendente, acontece en aquellos grupos de baja y media cualificación (GD-2, GD-1), donde unas duras condiciones de trabajo no empañan su voluntad de proclamar sus habilidades laborales. En una suerte de principio ético, cercano a la “satisfacción del deber cumplido”, logran de este modo, cualificar la tarea gracias a su interés. Consiguen, en virtud de esta estrategia, además de restar penosidad a la actividad, aumentar su valor (el know-how) mediante un buen conocimiento de su oficio:

“Es una satisfacción darte la vuelta y ver el despacho limpio y ordenado, te sientes más profesional (GD-1)

Lo que importa es que lo que vayas a hacer lo hagas bien, lo mío, lo tuyo, lo de la otra. Ella tendrá que coser, la otra que vender un seguro o limpiar una sala, pero está bien hecho” (GD-2)

 El absentismo masculino y femenino: su distinta valoración

Otro ejemplo de segregación se fija en los argumentos sobre el grado de implicación en el trabajo. No existe una homogeneidad en su valoración, pero este hecho también se presta a una taxonomía de los trabajadores más óptimos: los que se implican en la tarea sin distracciones, quedando en el otro polo, aquellas que “tienen la cabeza en otro sitio”. Las puntuales ausencias del lugar de trabajo “para resolver asuntos propios” tienen distinta calificación para la cultura de empresa, en atención al género del ausente. El varón soluciona problemas de distinta índole que la mujer (bancos, arreglos de vehículo, trámites administrativos). Sus contenidos establecen una suerte de contigüidad con el ámbito público. En cambio, la trabajadora asume actividades que la sumergen en un espacio antagónico, la antítesis del entorno laboral:

“La única diferencia es que si tú sales, vuelves con las bolsas y se te ve el plumero, ellos no se sabe dónde han ido, ni para qué” (GD-2)

La empresa dispuesta a mirar de manera puntillosa a sus trabajadoras, lo hace desde el mismo proceso de selección. En éste se evalúa con distintos parámetros, bien sea hombre o mujer el próximo candidato. El fin no es otro que chequear la modalidad de un futuro absentismo; maternidades, familiares convivientes, enfermedades, juegan en contra de su integración. La mujer, al concitar sobre sí una doble presencia, en el espacio público y doméstico, aparece como la principal sospechosa, en relación al grado de absentismo laboral [viii]. El problema para los grupos estriba en la cualidad, no en la cantidad, de algunas ausencias. Todo depende de cómo se puntúen éstas, por muy cotidianas que sean.

“Te cronometran el tiempo que estás en el servicio; en mi fábrica, cuando vamos nosotras es para perderlo, ellosnunca harían nada semejante. Los hombres en el almacén se van al lavabo y no los controla nadie, y se pueden ir dos de la misma sección, pero nadie piensa que pierden el tiempo” (GD-2)

“La mujer se toma rápido el café y, entonces aprovecha para hacer la compra, entonces a la que realmente se la ve, la que se queda al descubierto, es a la que entra al despacho con las acelgas” (GD-3)

Según los datos del estudio sobre absentismo [ix], las causas aludidas por hombres y mujeres se justifican de distinto modo, pero en ningún caso puede hablarse de un colectivo más proclive al absentismo. Los sectores también representan un papel decisivo.

“Mi marido trabajaba en la administración de la empresa y desde llevar el coche al taller, hasta solucionar los problemas del banco; el caso es que le llamabas y nunca estaba. Si estuviera en una fábrica no podría despistarse ni un segundo” (GD-3)

Tiempo para las relaciones informales

Podríamos pensar que el tiempo laboral se agota en la jornada de trabajo, pero otros acontecimientos se dan cita fuera de la misma. Atender compromisos en lugares de ocio (cenas, copas de empresa) conforman unos espacios frontera entre lo privado y lo laboral, las denominadas redes informales. Sabemos que la forma de medir el grado de adhesión a la cultura de empresa se articula a través de la participación en estos actos. Las relaciones laborales precisan de la confianza y la lealtad, componentes necesarios para calibrar la integración del individuo en el sistema organizativo. El varón, carente de doble responsabilidad, acumula mayores posibilidades de participar en las mismas [x].

“Te llamaba por teléfono a las cinco y te decía: “hoy tengo una cena, además viene fulano”, y punto. Cuando he sido yo la que debía salir a cenar, a la que no podía faltar, yo no le llamaba a él, recurría a mi madre o mi hermana; y, ya digo, sólo cuando era absolutamente necesario” (GD-4)

Para la mujer trabajadora el final de la jornada representa activar el cronómetro doméstico. Los traslados, suman horas en su haber, dependiendo sin remedio, de la red de transportes y las distancias relativas entre el domicilio y su lugar de trabajo. Si la trabajadora pretende participar en las redes informales de su empresa, deberá organizar una sustitución, o saberlo con la antelación suficiente para administrar todo lo necesario durante su ausencia. Así se sentirá tranquila, porque es consciente de “su” responsabilidad; por ello la domesticidad les acompaña allí donde vayan.

“Cuando hemos tenido una reunión en el sindicato, algunas compañeras iban con los niños, porque sino no te quedabas conforme. Yo no he visto eso entre mis compañeros. No te quitas de encima la obligación, ni para seguir trabajando” (GD-5)

 La reorganización del tiempo de trabajo, una medida urgente

La vida profesional se desarrolla en un lugar especializado, dentro de un tiempo especializado, siguiendo las reglas de la organización empresarial. La promoción, tal y como está contemplada, precisa de una disposición para la formación, hasta cubrir los imperativos de un reciclaje continuo. Esta rentabilización del tiempo implica una “secundarización” de los deberes familiares, o delegar en otro los tiempos no productivos. En suma, una total adaptación a la cultura de empresa [xi] demanda un escrupuloso dominio del tiempo en la esfera doméstica. No es una novedad afirmar que la doble jornada (retribuida y gratuita), incide en la tasa de empleo femenino y en la modalidad de contratos utilizados, algo que aparece como inevitable en aquellas economías más afectadas por la crisis económica, pero la persistencia del fenómeno nos permite hablar de un grave déficit en la igualdad de oportunidades.

“Lo grave es que no se trata de un empresario, con él mantienes más distancia, es tu marido, tu hija, tu hermana, todos te recuerdan qué es lo primero” (GD-5)

No es la variable clase o estatus la que neutraliza estas prácticas sexistas, el mismo fenómeno se observa en sociedades muy avanzadas [xii], por lo que el dualismo genérico sobre las formas de empleo, como resultado de la división sexual del trabajo, transciende los modelos de producción específicos.

El control del espacio público respecto a la atención de necesidades domésticas: “talón de Aquiles” de la mujer trabajadora

La presión social de la mujer por encontrar una posición en el mundo del trabajo, incide, una vez que lo ha hallado, en asegurar su mantenimiento, aun a costa de soportar graves situaciones de desprotección laboral, carencias extensibles a otros colectivos, como por ejemplo los jóvenes. Sin embargo, es posible detectar una singularidad en cuanto a los mecanismos de control pensados para las trabajadoras. En esta línea de “especificidad”, los grupos expresan un tipo de control, al margen de la regulación del tiempo de ejecución y el rendimiento: la vigilancia ejercida sobre las llamadas telefónicas de tipo personal, las cuales se prohíben, o regulan, como medida de presión por parte de la empresa (GD-3, GD-2 y GD-4).

“En mi empresa es igual, no hay un teléfono público, llamas desde la oficina delante de todos, pero hasta te cronometran el tiempo que estás en el lavabo; a los hombres no, ellos no tienen fama de charlatanes” (GD-2)

“Han prohibido a las secretarias salir a tomar cafés a la máquina por causa de dos niñas que se pasan el día hablando por teléfono, que también nos lo han quitado, no podemos llamar a no ser que se lo pidas al jefe” (GD-3)

Si en mujeres de baja cualificación, la acusación que recae sobre las compañeras parece marcar decididamente un arquetipo: charlatanas, en el grupo de media cualificación se recurre al prejuicio (“son peores que”), tomando a las trabajadoras como causa legítima de la sanción. Su minoría de edad se pone al descubierto: “las dos niñas”. En ningún momento, la dinámica grupal se hace eco del abuso de poder por parte de la empresa al transgredir tales derechos, las “responsables” parecen ser sus compañeras.

Hemos de pensar que el teléfono sirve de mediación entre lo doméstico y lo público, exorciza la ausencia, mantiene la vigilancia y la cautela, por lo que cualquier limitación en su uso atenta directamente contra esta responsabilidad continuada. El contenido de las llamadas, de carácter doméstico, se interpreta en el ámbito laboral, como otro de los signos inequívocos de menor identificación con los objetivos de la empresa. De nuevo, lo doméstico enturbia el espacio público, como señala el GD-4:

No es lo mismo llamar por teléfono preguntando por el descongelado o el niño, que llamar al banco, o interesarte por la bolsa, aunque sea para seguir tu propio fondo de inversión y no en relación con temas de la empresa”

El discurso de los grupos se debate entre dos mecanismos de defensa: primero, ante una lógica laboral negadora -por definición- del cúmulo de necesidades que registra el espacio doméstico y, segundo, ante su rol de trabajadoras asalariadas, cuyas ausencias o demandas son imputadas como faltas. Para evitar semejante argumento, los grupos concluyen lo siguiente:

l. Información sobre sus derechos laborales. Relativa a las modalidades de contrato, condiciones de trabajo, son reclamadas, con mayor contundencia, en el grupo GD-2. En este se demanda una decidida participación de las trabajadoras para conocer sus derechos y ejercerlos. De lo contrario, sólo se percibe la realidad inmediata: el binomio casa y trabajo. Pero toda apelación a la participación, tutelando la aplicación de derechos, queda soterrada en los grupos más desfavorecidos ante la amenaza de pérdida de empleo. El grupo sabe que se transgreden “sus” derechos, pero su consciencia les deja a salvo de toda rebelión.

“Yo trabajo en soldadura en la rama de electrónica, abriéndole la tripa a los aparatos. Arrastro un paro increíble, ahora estoy con contrato de seis meses, hice F.P. de la misma especialidad, pero sigo eventual, pero sé lo que me corresponde y cuándo se abusa; por eso se lo recuerdo -medio en serio medio en broma, pero no me toman por tonta” (GD-2)

“De nosotras se aprovechan porque estamos sólo enteradas de lo que es la casa y el trabajo, de la doble jornada,que se llama, que es como tener dos trabajos” (GD-3)

Las mujeres sindicalistas (GD-5), como parte de su tarea militante, expresan el objetivo de extender la información al resto de las trabajadoras, vincula su actividad pública (representantes de un sindicato) y genérica (las mujeres no siempre conocen las reglas laborales). “Difundir la información”, se configura como la espoleta que las legitima y refuerza en su actuación.

2. Modificar el concepto de “Trabajo”. Desde las reclamaciones sobre mayor flexibilidad en los horarios de entrada al trabajo (la armonización con los colegios es otra medida pendiente), hasta el componente de cambio más ambicioso, protagonizado por las mujeres de alta cualificación (GD-4): las modificaciones de un modelo económico que niega el tiempo de la vida y del cuidado. Sus relatos atentan contra una sociedad fragmentada, división en la que no participan las mujeres, por ello su demanda es ambiciosa: “cambiemos el decorado”. Estas variaciones incluyen los tres espacios: público, privado y doméstico.

“No estamos aquí para seguir el mismo guión; además, desde nuestro puesto gozamos de capacidad de maniobra, pero también en casa, en el despacho y donde haga falta…aunque cueste hacerse entender” (GD-4)

2. Asegurar un puesto en el futuro: el de hijos e hijas

Los grupos con ingresos menores, inscritos en la economía informal, no pretenden activar medidas sobre las acciones irregulares del medio laboral. Su acción cautelar no reside en ellas por el efecto paralizante de la notable tasa de desempleo; del mismo modo, no se perciben autorizadas para incidir en el proceso de contratación. Las “alternativas” desplazan su concreción a las siguientes generaciones.

“Me levanto a las seis y media pensando en que ellos no tendrán que hacerlo” (GD-3)

La educación de hijos e hijas: del sacrificio a la movilidad social.

“Dar estudios” u “ofrecerles las mayores oportunidades” constituyen los horizontes que se reservan para hijos e hijas. Superar las condiciones sociales vividas por los padres y las madres es una aspiración común en los grupos. No obstante, la elección de una determinada modalidad de estudios transcurre paralela a la idea de favorecer el acceso al mercado de trabajo. Por lo tanto, es el criterio de cualificación el que arraiga a la hora de elegir (e invertir) en los itinerarios educativos para las futuras generaciones. Pero como primera advertencia, surge, ligada a la educación, la necesidad de proteger a las hijas. Ellas no deberían mutilar su destino para caer en una relación de dependencia, o en una doble jornada:

“Ellos no van a terminar como nosotras porque les vamos a ayudar, con los estudios o con lo que sea” (GD-1)

“Las hijas, que se pongan a trabajar, y luego se casan..¡No señor!. Hay que educarlas como si cada uno fuera a realizar una función totalmente pareja, pero igual” (GD-3)

Educar es ayudar: “ayudar a progresar”. Aunque no existen certezas sobre el futuro profesional, los grupos muestran dos posturas. Aquellos con un menor respaldo económico, o de estabilidad en el empleo, se debaten entre los estudios superiores, que si bien representa un gran esfuerzo en la renta familiar, aportan un nuevo estatus a la familia, al introducirse en un espacio de prestigio vedado para las anteriores generaciones. La Universidad simboliza la integración en un esquema de éxito:

“Yo lo llevo muy bien porque el mayor ha entrado en la universidad y la pequeña está haciendo COU y dice que quiere seguir estudiando” (GD-2)

Mientras que en los grupos de calificación media y media-alta, se defiende la posibilidad de optar por la formación profesional. Esta no cuenta con las credenciales de los estudios superiores, por haber sido tratada de manera subsidiaria en los planes educativos en nuestro país, pero se le atribuye cualidades “operativas” cercanas al conocimiento de un oficio. Los grupos la presentan como una opción realista y práctica. Una buena elección para neutralizar una notable tasa de desempleo, de la que no se liberan -en una equiparación a la baja- los que han conseguido acceder a estudios superiores.

“Ahora hay muchos con los estudios terminados que están de brazos cruzados y en cambio un fontanero gana un buen dinero” (GD-3)

“En mi empresa hay una chica abogada y es igual que yo, porque hace lo mismo que yo. Si no apruebas una oposición ¿de qué te vale estudiar?” (GD-1)

 El salario familiar

El salario como “ayuda familiar”, configura otro de los nexos de unión entre la esfera doméstica y el entorno laboral. Su tratamiento difiere de otras retribuciones al estar mediatizado por su naturaleza suplementaria (el de la trabajadora), frente a un salario que sustenta el principal gasto del hogar (el del proveedor). La igualdad distributiva se quiebra ya desde su marco referencial: la familia. Los hombres, como prescribe su rol, invierten en su trabajo tiempo y formación, por su parte, la empresa (y los sindicatos si los hubiere) le protegen, en mayor grado, al ser el principal sustentador. En cambio, el salario femenino carece de la identidad necesaria como retribución, por no ser el principal medio de subsistencia familiar. Se reduce a un salario individual bajo el cual no hay responsabilidades que cubrir. Su distinción, en términos de suplemento, agudiza la dependencia de la mujer, restándole autosuficiencia:

“Los propios sindicatos, siguiendo la costumbre de los antiguos sindicatos de oficio, todavía consideran que el tema del salario familiar, el del cabeza de familia era el único que primaba”. (GD-5)

De esta forma estar “casada” significa quedar “respaldada” por un salario mayor, por lo que las medidas de protección al empleo femenino se debilitan, cercando las posibilidades de autonomía y, sobre todo, reforzando unas leyes de parentesco seculares, tan poco permeables a los nuevos estilos de vida.

“Cuando se está sujeta al sueldo del marido, se está sujeta también a él, quieras o no” (GD-3)

“Se les concede a los hombres las posibilidades de promoción, porque son padres de familia y necesitan de esas treinta mil pesetas, más que la mujer” (GD-2)

El salario familiar es considerado por las propias mujeres como un ingreso añadido, un plusvalor de los ingresos totales. Aunque en un principio sirve para: “pagar las letras del piso”, como puntualiza el grupo de mujeres con bajas incentivadas, también oscila entre el incremento de la renta familiar, y la elevación de la calidad de vida: “vivir desahogadamente con dos sueldos” (GD-3). Ahora bien, la cara oculta de la presencia femenina, como grupo avalado por un salario mayor, queda recogida en la discusión del grupo de alta cualificación, al reflexionar sobre “otros” efectos en la unidad familiar, como resultado de disponer de una renta bisalarial.

“Hoy en día no se vive igual: ni se asume el tipo de trabajo que tienes, ni se asume el tipo de función que deberías llevar en casa, con lo que se produce una gran insatisfacción entre las mujeres trabajadoras, incluso entre las más conformistas” (GD-4)

Surgen nuevas unidades de significación en un constante cambio que genera, a su vez, distintas pautas ideológicas y de comportamiento, en una carrera para lograr el máximo ajuste, así lo enuncian varios grupos. El siguiente fragmento proviene del grupo de mujeres sindicalistas:

“No sé qué ocurre, pero todos estamos un poco sorprendidos de cómo vivimos hoy en día, cómo nos organizamos a diario. Nada que ver con lo de antes”

EL ESPACIO DOMÉSTICO

Ya dijimos, en numerosas ocasiones, que el espacio público es el lugar de la “visibilidad”, disvalor que perciben las mujeres trabajadoras, sabiendo, con idéntica certeza, de la “invisibilidad” que acontece en el espacio doméstico. El mecanismo que institucionaliza [xiii] esta jerarquía no ha cesado. Las mujeres participantes en los grupos no se redimen ante esta dicotomía y rechazan la asimilación a un único espacio doméstico.

La actividad doméstica devalúa a quien la ejerce.

Emergente reiterado en las sesiones de grupo, las participantes son conscientes de la aguda depreciación que sufre lo doméstico. Esta limitación explica que las mujeres que han sufrido una reconversión (el grupo de bajas incentivadas, GD-6) emprendan una fuerte resistencia, y hablen en pasado atrincheradas en su antiguo papel de empleadas, reclamando las credenciales del espacio público mediante una estrategia de negación:

-“No somos amas de casa, de eso nada”

-“Para nada, sólo estamos sin empleo, que es distinto”

-“Aunque ahora nos quedemos en casa somos diferentes     porque hemos trabajado” (GD-6)

Las mujeres sindicalistas (GD-5) se debaten entre dos espacios antagónicos. Entre su representatividad sindical, por el lado de la producción, y un trabajo intenso y, a la vez, excluyente de otras valoraciones sociales, como el que realizan diariamente en su entorno doméstico.

“Recuerdo que muchas mujeres, yo misma, empezaron por hacerse eco de los problemas de los trabajadores, pero una vez que sabes que sólo es una discriminación más, el tema de la mujer te resulta más difícil, porque tú misma estás de lleno en el ajo” (GD-5)

“Cuando yo les digo a los míos lo que estoy haciendo, me miran como si fuera marciana, pero cuando he metido una chica, el día que yo hago la comida les gusta lo que hago, eso me da que pensar” (GD-6)

El aislamiento de lo doméstico se subsana mediante el trabajo retribuido, aunque esta fusión implique la penosidad de la doble jornada. Los grupos se previenen de encuadrarse en una única escena, en todos se evidencia el riesgo de inscribirse en la domesticidad, como el principal espacio de identidad. Uno de los temores más verbalizados radica en la intromisión de los miembros de la familia extensa en los asuntos privados, en otras palabras, cuando lo doméstico facilita la vulneración de los límites personales, difuminando el territorio de lo privado (GD-6, GD-2).

“Cuando tuve la baja por maternidad, decía “¡qué bien! voy a jugar a ser una Mari Pili”; luego la casa se me inundó de gente, no tenía un momento de tranquilidad y dije: “Ni hablar”, menudo alivio volver al trabajo, a la normalidad” (GD-2)

“En la familia de mi marido mis cuñadas no trabajan y ahora que voy dejar la empresa, ya empiezan a meterse donde no las llaman, no digo que lo hagan con mala intención, pero no estoy acostumbrada” (GD-6)

La dignidad del trabajo doméstico

Otra forma de sortear el permanente riesgo de pasar

inadvertidas, de no significar, se cifra justo en una maniobra contraria: apelar a la revalorización de lo doméstico, sobreestimar sus tareas, tan “dignas” como las actividades retribuidas (GD-3, GD-2, GD-1). Con esta intención, se despliegan un cúmulo de calificativos para escapar a un mecanismo de ocultación por parte de una sociedad, que no quiere aceptar su volumen ni los servicios que se derivan del mismo.

“Coger una fregona no es nada denigrante… ningún trabajo es deshonroso, porque se puede ser ebanista y ser un buen ebanista, y lo mismo para casa” (GD-3)

Al sobreestimar las tareas domésticas como capacidades cercanas al oficio, se otorga un tipo de tratamiento menos devaluativo que el propiciado por el espacio público y social. No obstante, cabría señalar la contradicción en la que se incurre al intentar, por un lado rehabilitar el trabajo doméstico, con un tratamiento cercano al oficio (proveedor de servicios) y, al mismo tiempo, que dicha petición surja de la responsable exclusiva de su ejecución. Por eso los grupos de debaten entre dos posiciones, la autovaloración y la demanda de estimación externa del trabajo doméstico:

-“El problema es que yo vivo en este mundo y, entonces, como atender la casa no está considerado.. o, cuanto menos no te pagan”

-“Estás ofendiendo a la mujer que se queda en casa”

-“Yo no, son todos los demás” (GD-2)

La valorización de lo doméstico, aún basada en un modelo de intercambio salarial (Deberíamos cobrar por lo que hacemos en casa”, como menciona el GD-3), resulta un primer mecanismo de salvaguardia contra la irracionalidad social que niega su importancia (ni lo paga, ni lo prestigia es una queja universal en el resto de los grupos). Si bien, es una táctica inteligente positivar la domesticidad, ésta baremación quedará anegada sin añadir un reparto intrafamiliar de las tareas domésticas. De lo contrario, la mujer quedará atrapada fatalmente en una paradoja: calificará aquello que la descalifica. Los grupos no muestran sólidas estrategias para incentivar la cooperación en el hogar. Son las anécdotas las encargadas de mencionar el repertorio de ayudas puntuales, que reciben ¡ellas!; Sabemos (póngase el ejemplo que se quiera) que sólo ejecutando una tarea se tiene conciencia de su complejidad, o del tiempo que precisa su realización. Sin embargo, en las sesiones no se manifiestan emergentes que apunten a un progresivo abandono de “su” responsabilidad. La solución está fuera: serán la educación y los cambios de mentalidad, los factores encargados de desprogramar la pertinaz división sexual del trabajo.

Compatibilidad e imcompatibilidad del espacio doméstico

Si las funciones se articulan por la costumbre en una incesante cadena de legitimaciones sociales, cualquier tentativa de ruptura con este orden, se convierte en un proceso lento y difícil. A pesar de registrarse una pluralidad de estilos de vida en la constelación familiar (convivenciales, bisalariales, familias monoparentales), y de disponer de mayores avances tecnológicos, la organización y resolución de problemas cotidianos quedan a cargo de la mujer. El espacio doméstico ocupa una importante zona de significación en el discurso, a pesar de que el emergente de partida ha sido la esfera laboral y no se ha mencionado el ámbito doméstico, pero éste configura una experiencia imposible de aislar en la vida de la mujer trabajadora. Sus emergentes pueden resumirse en los siguientes:

 

     – “Trabajar por obligación”, es uno de los argumentos para fijar el orden de ventajas, derivadas del incremento de la renta familiar, asegura otro tipo de intercambio: el acceso, con mayor independencia, a unas prácticas de consumo particulares (GD-2 y GD-1):

“No considero que el puesto de trabajo sea una liberación para la mujer, pero te permite hacer cosas”.

Un empleo se mantiene con mayor firmeza mientras no interfiera en las obligaciones familiares, en una suerte de comodidad horaria que permita mantener ambos roles: de trabajadora y de ama de casa. Los grupos lo presentan como una opción, sin connotaciones de obligatoriedad:

“Yo, porque tengo el trabajo cerca, y luego que me creo en el deber de no ser una carga para nadie” (GD-3).

En los grupos de media y alta cualificación, a pesar del grado de compromiso y dedicación, su discurso reconstituye el privilegio de disponer de un volumen importante de dinero, o el lujo de una independencia, posible o real (GD-4, GD-5).

 

“Si me siento agobiada, pienso en los beneficios de tener una nómina holgada, o me comparo con otras mujeres. Rápidamente me recupero” (GD-4)

     – Trabajar, origen de conflictos en la estructura familiar. Cuando la trabajadora se percibe solicitando “ayuda” en las tareas domésticas, ella misma se reconoce verbalizando la demanda en tono de queja, lo que la coloca en un papel disciplinario e intransigente, de esta forma  desgasta e invalida cualquier reparto de tareas a largo plazo. Los grupos de baja y media-baja cualificación no pueden prescindir del grado de participación doméstica, porque su propia jornada de trabajo remunerado ya resulta intensiva (GD-2, GD-1).

“Me agoto, empiezo pidiendo, luego grito y no tengo resultados, encima me tachan de amargada. No es justo que lo que es de ley, se tenga que pelear en casa

En el caso de reclamar decididamente una participación que supere el concepto de tarea, el hecho de no obtener colaboración, o voluntad de entendimiento, provoca graves conflictos en las relaciones de pareja (ansiedad, separación matrimonial) GD-4 y GD-3.

-“Cantidad de mujeres, absolutamente valiosas que han plantado batalla, como tú dices, se han visto solas, es decir, que no hay muchos hombres dispuestos a participar en la organización de la casa”

-Ni en otras cosas, no quieren comprometerse” (GD-4)

Toda cambio en los “guiones” de comportamiento genérico, altera el reparto de funciones que estipula la normatividad social. El conflicto es inevitable siempre que se rechacen las adscripciones sociales, y los grupos sí han reparado en los “precios”, o consecuencias, que acompañan todo proceso de apropiación de una misma. Sobre todo, cuando se enfatiza la demanda con mayor grado de firmeza.

“No pienso consentir que para una cosa que hace me lo venda como favor, porque es su obligación, como yo tengo las mías. A veces, me veo pidiendo un traslado a una filial de provincia para poner tierra por medio, sobre todo, ahora que la niña todavía es pequeña” (GD-5)

Una tensión común registrada en los grupos, se concreta en la percepción de un tiempo ocupado. La incompatibilidad horaria se ve compensada gracias a la contratación de servicio doméstico (GD-4, GD-6). Si la renta no lo permite lo habitual es demandar ayuda a la red de mujeres pertenecientes a la familia (GD-1, GD-2, GD-3). Redes que además de un recurso, representan un aumento de tiempo disponible ante las eventualidades que puedan producirse. No obstante, trabajar remuneradamente genera, con matices, un poderoso sentimiento de desatención respecto a la crianza.

“Toda mi vida de casada he tenido una mujer, pero ahora que he dejado de trabajar, no sé como me las voy arreglar, porque eso de la casa no es para mí, aunque sé que los niños notarán que están más tiempo con su madre” (GD-6)

“Yo siempre he tenido a mi hija con personas extrañas, porque mi familia es de León, y no tengo aquí a nadie”

(GD-3)

REPRESENTACIÓN DE LO FEMENINO-MASCULINO: El debate entre la igualdad y la diferencia

Las jefas

Las actitudes en los grupos se dirigen a dos tipos de mujeres trabajadoras, aquellas que se inscriben como compañeras y las que ostenta un poder, un cargo de responsabilidad, de decisión o supervisión: las jefas. Ante ellas se despliega una postura ambivalente, por un lado defraudan, al no responder “como mujeres” rompen los sutiles vínculos de identificación primaria, lo que provoca un relato de culpa y decepción:

“¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado!. Las mujeres jefas, también son guapas. Cuando piensas que una mujer va a ayudarte a ti, o a otras mujeres, estás equivocada” (GD-4)

Por otro lado, el hecho de que promocionen a una mujer genera el beneplácito de la equiparidad: “Cuando ascienden a una de nosotras me parece que yo tengo más posibilidades” (GD-5), en una suerte de movilidad social no restringida por la variable género. Simbólicamente los logros se comparten.

Las compañeras

En un plano más simétrico, ya respecto a sus pares, resulta sorprendente como se intercalan dos posiciones. Primero aparece el reproche y la descalificación (GD-3) sustentada por los estereotipos al uso: charlatanas, o seductoras. Sin profundizar en los orígenes de un código que cataloga las formas de vestir (falda, escote, arreglo) cercanas a la provocación, cuando es el mismo código quien define a las que no hacen gala de “estas artes”: las decentes y honestas. Cara y cruz de un mismo referente. Encerrarse en esta dicotomía les deja al margen de un discurso que no se origina en la mirada femenina, sino en otro sujeto. El único sujeto capaz de medir la virtud de “las” compañeras: el sujeto masculino. La interiorización del discurso social se traduce en este “distanciamiento”, no ya del que evalúa, mira y califica, sino de las que son evaluadas:

“Yo no critico cómo van vestidas, aunque me dicen: “Te has fijado cómo viene, qué minifalda, seguro que viene así para que”.. En fin, para lo que sea…, no me meto, pero yo prefiero no tener relación con ninguna” (GD-3)

No deja de resultar sorprendente que el espacio laboral escriture más de una regla con respecto al vestir de sus trabajadoras. Desde modos de arreglo personal improcedentes, en el sentido de romper con la austeridad masculina, como nos relatan las trabajadoras de sectores tradicionalmente masculinos, hasta variar la secuencia y transformar en incentivo, lo que antes era una perturbación del orden laboral. El imperativo de austeridad se torna arreglo -en sectores femenizados-; se reclama, incluso, como parte inherente al oficio, especialmente en aquellos empleos “de cara al público”:

“A mí no me gusta pintarme y me tengo que maquillar para ir a trabajar: ¿por qué no te pones un poquito de colorete? o cuándo vas a la peluquería? Quedas más mona con una faldita. En el comercio no vendes sólo un producto, vendes tu imagen” (GD-3)

Lo evidente, en ambos casos, es el poder del que juzga. Un orden social del que se hacen participes muchas mujeres al ejercer una vigilancia intensiva respecto al arreglo personal de sus compañeras. Cuando esta serie de connotaciones negativas, van unidas a la permanente lucha por el reconocimiento en el centro de trabajo, se cae en una poderosa contradicción. Por un lado se demanda mayor valoración como “trabajadoras” y, a la vez, se activan mecanismos que atentan contra esta identidad (GD-3, GD-2) al mantener inalterable el control sobre las formas de “ser y estar” de las mismas trabajadoras. Una misma provocación actúa como reclamo al cliente, cuando no parece ser causa de distracción para el compañero.

“Es que hay chicas que van provocando y utilizan estas armas con los jefes y compañeros, y eso no es” (GD-3)

La imagen del movimiento feminista

Contra los dispositivos de segregación no parece mostrarse muy útil el movimiento feminista, identificado con el mantenimiento de posiciones radicales que ensombrecen su carácter de movimiento reflexivo y emancipatorio. Así se manifiestan los grupos de alta cualificación (GD-4), o las que conocen la representación política (GD-5). En ningún momento olvidan los beneficios de legislar la igualdad, pero recuerdan el techo de cristal para concretarlos en la vida cotidiana:

“Además del artículo 14 de la Constitución, o de nuestros compañeros progresistas, las mujeres están ahí, luchando de puertas adentro, luchando con sus propias tradiciones” (GD-4)

De otro lado, en los grupos más desfavorecidos (en dinero o prestigio) (GD-1 y GD-2) no se debaten las reivindicaciones feministas; sin embargo, discrepan en incluir el empleo como el cenit o la única solución a todos los problemas. No es una utopía que pone a salvo de cualquier emboscada doméstica. Para las participantes, éste es el lugar donde se libran las grandes batallas:

“Mis dudas están en si hemos avanzado o hemos retrocedido, porque ahora se trabaja en dos sitios y encima, no estás contenta con lo que haces en ninguno” (GD-3)

“Las mujeres tenemos dos culpabilidades, desde que nos hemos espabilado” (GD-2)

Otra valoración, procede de asociar Movimiento Feminista a confrontación abierta con los hombres. Suposición que parte de los medios de comunicación (no se señalan otras fuentes de conocimiento en los grupos) en los que suele aparecer una feminista catalana. El grupo de mujeres sindicalistas acusan los efectos nocivos de este tipo de discursos radicales, al instrumentarse como un arma arrojadiza en su lugar de trabajo:

“Estás tú, poquito a poco haciendo lo que puedes, y luego sale en la tele Lidia Falcón, y te fastidia todo. Al día siguiente, tienes que oír en la fábrica los comentarios, ese de que estamos en contra de los hombres“. (GD-5)

En virtud de esta información mediática, la “parte” define al “todo”, y la parodia del discurso feminista (estrategia preferida de los mass media) esconde la diversidad de logros jurídicos sobre la igualdad de las mujeres, entre ellos, la integración de éstas en el mercado de trabajo. Sólo parecen recoger del feminismo, aquel estereotipo que las colocaría justo en contra:  “Cómo vamos a discriminar a los hombres, si somos madres” (GD-1). Si se trata de señalar cambios, se generan a partir de las actitudes personales. Desde este escenario, y como producto de una decisión individual, se advierte la presencia de una revolución silenciosa: el descenso de la natalidad (GD-4).

“Las mujeres, a la chita callando, hemos dicho que no, que primero nos labramos un futuro profesional pero no vamos a depender de una relación para mantener a nuestros hijos. Para mí, eso es una revolución silenciosa

La esencia de las esencias: la maternidad

La autopercepción como portadoras de valores exclusivos, propios de la femineidad, se manifiesta, cargado de metáforas, en el grupo de mujeres muy cualificadas (GD-4), mientras que el resto de los grupos cifra sus diferencias respecto al varón, sin otorgarse emblemas y atributos de virtudes femeninas. Si fuera posible señalar la máxima coincidencia en los distintos emergentes grupales, en el grado intensidad y emoción, ésta sería la función maternal y su exclusividad para desarrollarla.

 La maternidad en singular.

Si para la mayoría de las participantes las tareas domésticas se ejercen con mayor o menor grado de tolerancia, la función materna no admite fisuras. La percepción de competencia absoluta se argumenta en base a una suerte de “fusión”, a la que se suma valorar la reproducción biológica como una deuda, no como un déficit en la vida de la trabajadora:

“Aunque su padre y su madre trabajen, los niños necesitan de la madre, le cuentan más cosas, la echan de menos” (GD-1)

“Nos condiciona a que necesitemos tres meses para volver a incorporarnos al trabajo, y entonces la empresa se retrae a la hora de contratar. Pero si no tuviéramos niños, no habría trabajadores para el futuro” (GD-2)

En este sentido, hay que señalar la ausencia de emergentes discursivos en los grupos de discusión, respecto a la necesaria incorporación del varón a la crianza, no así a las tareas y la responsabilidad. Sin embargo, la maternidad, a la vez que se ensalza, se sabe que condena a la permanente elección entre familia y trabajo. Las participantes de los grupos (excepto el GD-5 que no la menciona en este sentido) perciben la maternidad como una poderosa cualidad de entendimiento y proximidad afectiva, convirtiendo al hijo e hija en un ser que otorga un fuerte sentido a su existencia: “son lo más importante”. Su delegación en el padre es forzosa en todos los temas relativos a la salud y cuidado de los hijos: “Lo puede llevar al médico, pero tú eres quien le miras la boca, o le tomas la temperatura” (GD-3), no así en la educación. La ausencia de la madre, único sujeto competente en el ejercicio del cuidado. El padre sólo se justifica apelando al coste de sustitución (GD-6): “Es cuando no tienes más remedio, a mí me fastidiaba tenerla todo el día con  gente extraña”, prefiero a mi marido”.

Asistimos a la constatación de una doble naturaleza (masculina y femenina), duplicidad que ha favorecido decisivamente un reparto de funciones y espacios. La maternidad recibe valoraciones cercanas al innatismo, con lo que la parentalidad queda subsumida en labores de colaboración. Ya vimos en la primera parte como en nombre de la naturaleza femenina, se excluía a la mujer del espacio público. Así como el argumento naturalista no resiste la prueba de la realidad, los grupos de discusión se debaten entre la “adhesión” a un arquetipo femenino, quejándose a la vez, del repertorio de servidumbres que entraña hacerse partícipe de sus contenidos.

“Me dicen “¡que suerte tienes!, un marido que se queda con tu niño por la tarde”, si se me ocurre ir al cine; pero aél nadie le felicita por irse al fútbol” (GD-4)

LAS EXPECTATIVAS DE CAMBIO: LOGROS O DESEOS

El elemento esencialista de la diferencia entre hombres y mujeres (o la apelación al “instinto”) es el único capaz de generar un fuerte sentimiento de grupo (GD-4, GD-6, GD-3). No obstante, cada vez que se planteaban alternativas en las sesiones de grupo, las posibilidades de cambio, aun deseadas y verbalizadas, eran desplazadas a las siguientes generaciones. Hijos e hijas darían cuenta de una progresiva mentalización social, actuada al margen de su particular experiencia doméstica-familiar, como se desprende de una visión de futuro donde ellas no aparecen:

-“A lo mejor mis nietos, porque mis hijos serán distintos a mí y vivirán en un mundo más nivelado

-“Yo creo que eso va en la conciencia de la persona”

(GD-3)

Dicho elemento de habilitación, al delegar los cambios a las siguientes generaciones, concita importantes contradicciones que los grupos no resuelven, porque en ningún caso se responsabilizan de las “trayectorias sexuadas”(como diría Martine Chadron [xiv]) del reparto de oportunidades. Evitar que se transmitan estereotipos y modelos no corre de su cuenta, se delega fuera de su influencia, a modo de deseo. Será en un futuro y motivados por fuerzas extrañas, por lo que los grupos no se sienten corresponsables de las prácticas de socialización. Más bien se rinden a su realidad cotidiana:

-“Es muy difícil cambiar las cosas, yo tengo un marido que, por su edad, tendría que volver a nacer, o tendría que ser muy sutil.. Sin embargo, en matrimonios jóvenes, que uno llega a casa y mientras uno está con el niño, otro pone la cena..”

-“¿Has visto alguna vez que lo haga porque sí, sin cena de por medio?, o peor aún, ¿alguien conoce a un señor que limpie el cuarto de baño?”(GD-2)

Por todo lo anterior, la discreta influencia que creen ejercer las mujeres trabajadoras de los grupos enmascara la difícil tarea de otorgarse el estatuto de individuo y emprender acciones con un sentido emancipador, fuera de las designaciones de género. Es evidente que la individualidad es menos propensa a someterse que las posiciones ontológicas. La apelación a una naturaleza distinta, respecto a hijos e hijas, implica sumergirse en uno de los atributos de género, no como constructo cultural, sino como instancia biológica e identificativa, portadora de valores femeninos:

“Entre mi hija y yo nos lo ventilamos todo en un momento (GD-3).

“A mi propia hija le da por agradar a su padre, haciéndole su plato favorito” (GD-4)

“Yo no tengo esos problemas <una joven soltera>. Ayudo a mi madre por la mañana y tengo todo el fin de semana para mí” (GD-2)

Los peligros de revalorizar la domesticidad: cuidar y pensar en las necesidades de los otros, no sirve para legitimar un reparto. Y desde la obediencia a los atributos de género, las maniobras en aras de alcanzar mayores cotas de individualidad están vetadas. Porque desterrando la reflexividad, es decir, la posibilidad de pensar en una misma, se desestima con ella la capacidad de decisión y de cambio.

EL HOMBRE EN EL ESPACIO PUBLICO Y PRIVADO

La imagen del hombre en los grupos transcurre por los siguientes significantes: administrador y proveedor (GD-1, GD-2) así como las de seductor, jefe o compañero (GD-3). Sus capacidades técnicas y gestoras no son puestas en duda. Especialmente en el grupo trabajadoras con baja incentivada (GD-6) que delegan en el cónyuge o compañero la gestión y administración de su cuantía, por ser una fuerte suma de dinero.

El papel de proveedor: ventajas e inconvenientes en su aceptación

Ya se ha dicho que la adquisición de bienes, condicionada por la variable salarial, permite dosis de independencia. Pero sus posibilidades de autonomía dependen, también de las estructuras de parentesco. El contrato matrimonial, cuando las mujeres tienen empleos precarios, desvela la naturaleza del pacto de sujeción:

“Con lo que ganamos la mayoría no nos da para independizarnos” (GD-1)

“Tengo muy claro que sólo con su sueldo, es que ni me planteo que haya diferencias y trago más porque no tengo donde ir” (GD-2)

“Tengo una compañera que su marido no la deja hablar con nadie. Cuando se enfada con su marido, éste, ni corto ni perezoso, repite la misma canción: “pero con dos niños ¿dónde te crees que vas”? (GD-5)

Los argumentos contingentes (cuantías, alquileres, gastos, mantenimiento de hijos e hijas) pierden relevancia, ante la cualitativa diferencia de poder expresar desacuerdos y alcanzar pactos en una posición más igualitaria. Cuando las participantes relatan sus experiencias como “amas de casa” y sin empleo, experimentan la sensación de hallarse a expensas del único proveedor, investido, además, como el cabeza de familia. Esta situación resultaría insostenible, por lo que cualquier trabajo tiene el efecto de nivelar un difícil equilibrio. Una mujer soltera, con el privilegio de la distancia, fija así su posición:

“Pienso que utilizamos económicamente a los hombres, yo quiero conservar mi trabajo y promocionarme, no quiero depender de un hombre y estar con él por tener un piso o tener hijos” (GD-3)

Es, precisamente, en este grupo (GD-3), donde una participante aporta un modelo de contrato interno con su cónyuge, el cual recoge entre sus cláusulas medir tiempos y marcar, de una manera clara, los límites del trabajo doméstico con el fin de que éste no resulte una “jornada interminable”:

“Antes de casarme he hecho firmar un contrato a mi marido: si el trabajaba, porque yo entonces no tenía trabajo, cuando él llegara a casa, ambos descansábamos y el resto de las tareas se comparten. Además dividiríamos el sueldo entre los dos: “Mi trabajo vale tanto y el tuyo vale tanto, vamos, que si no firmaba, yo no me casaba” (GD-3)

El mismo grupo, donde la participante manifiesta la explicitación de trabajo con igual valor, se ve anulado no en virtud de su original alternativa, sino de la suerte excepcional de contar con un interlocutor capaz de asumirlo. Por eso los riesgos de perder tal posición magnánima por parte del varón anulan la naturaleza del contrato: “Te va durar poco, porque cuando una se casa es para ser la criada”. La connotación positiva ante semejante proeza, no aparece y, en su lugar, se restaura el orden social. Sólo una mujer soltera celebra la ocurrencia. Ahora bien, para establecer un contrato ha de preexistir una relación de simetría, además de la intención de pacto por ambas partes, dispuestas a otorgarle validez.

Un destino imprevisible: el novio, futuro ¿cónyuge y/o copartícipe?

La distribución de edades de los grupos de discusión se ha realizado en el segmento de 25-40. Esta amplitud responde a la intención de poder detectar la influencia de los distintos segmentos, respecto a las instancias pública, privada y doméstica. Desde este punto de vista, era lógico hallar mujeres solteras en los grupos. No obstante, cabe puntualizar que no se captan grandes diferencias en el discurso de las mujeres con estado civil o edades diferentes. Si bien no experimentan el peso de la doble jornada, saben qué significa un destino difícil de eludir. Las mujeres solteras aprovechan la tregua de su celibato, hasta que el destino les depare un cónyuge, sobre el cual no recaen demandas concretas, ni peticiones de equiparidad en la responsabilidad doméstica. El futuro comportamiento de su marido se deja al azar, o a su espontaneidad:

“Yo prefiero aprovechar ahora, porque luego no sé con quién voy a caer” (GD-3)

“Ahora vivo con mis padres y la verdad, muy bien, aunque sé que esto es sólo porque soy soltera. Ya veremos luego, de momento a mi novio no se le nota machista” (GD-6)

La falta de entrenamiento, como explicación de la falta de cooperación doméstica masculina

Las valoraciones sobre la escasa ayuda intrafamiliar reciben un tratamiento desigual -o bien se justifica, o bien se critica abiertamente-; en cambio, la adscripción a la domesticidad en relación al cuidado y atención, cuenta con una aceptación mayoritaria en el discurso de los grupos. No se profundiza sobre el origen de la atribución de esta competencia femenina, únicamente se discuten los diversos grados de implicación y/o la falta de cooperación en el entorno familiar.

“Es que salen así. Mi marido llega a casa y todo son exigencias”

Los grupos toleran de modo desigual la ausencia de participación. Tratándose de las hijas, la colaboración se convierte en inexcusable y si no se verifica es siempre motivo de reproche. Abrigados bajo el dispositivo de la ley de género se halla el varón (hijos o cónyuge). Cuando éste entra en la escena de la cooperación, sus resistencias se interpretan desde fenómenos inmutables: la falta de costumbre, o las fallas en la educación de los varones. Por ello, los grupos, excepto los que más recompensas reciben del espacio público, (GD-5 y GD-6) recurren a la herencia y el aprendizaje, no a nociones de privilegio, para explicar la desidia masculina respecto a la colaboración en el hogar. Desde este esquema, cambiar las reglas del juego precisa de un temprano adiestramiento:

“Lo mejor es cogerlos de pequeños, cuando todavía estás a tiempo  (GD-2).

-“No les han enseñado nada y no están acostumbrados

-“Yo vivo con un hermano y no hace nada, sólo su cama y porque le he acostumbrado” (GD-1)

“Ir mentalizando a la gente, porque no se leen periódicos, ni libros, sólo se ve la televisión, hay que educar a los niños desde pequeños” (GD-3)

A pesar de señalar la importancia de una educación, connotada como el grado de adquisición cultural, no se realiza acercamiento alguno a los sujetos encargados de asumir esta tarea. Se olvida que, precisamente, es en el ámbito doméstico donde se fijan y refuerzan los roles y sus respectivas cargas. Los silencios, o los esfuerzos de expresión de los grupos, evidencian la complejidad de este tema. Esquivar el presente pensando en el futuro “pone a salvo” a sus compañeros e hijos. “Ya cambiarán” será la sorprendente resignación en la que caen los grupos de menor cualificación. A mayor nivel de renta se agudizan las negociaciones, o pactos, en el ámbito doméstico al objeto de activar mayor cooperación masculina.

Su papel de administrador de grandes sumas de dinero.

El dinero representa, en nuestra cultura, el poder, el elemento de distinción en el espacio productivo. “Ganar dinero” es una cualidad asociada a la faceta emprendedora de un hombre inmerso en el mercado de trabajo. Una marca indudable de su éxito profesional, lo que implica seguir una carrera sin límites hacia la cumbre -conforme a sus asignaciones de género-. Por ello, él, como “triunfador”, conserva para sí esta cualidad, en ningún caso transferible con las mismas connotaciones a la mujer. Si existe una “triunfadora”, ésta se “travestirá”, como subraya el grupo de mujeres cualificadas (GD-4):

-“Como sigas haciendo lo mismo que ellos, al final te conviertes en un travesti

-“Cuanto más suben, más se transforman en hombrecitos”

(GD-4)

La acotación del espacio privado, su literalidad unida a ocio, o a las actividades de formación al margen de las demandas ajenas, se logra gracias a la posición de proveedor (el que se paga -merecidamente- su descanso). Este hecho viene avalado por la distribución interna del dinero en la familia, cuya administración es sexuada, como se encargó de definir Clara Coria [xv]. Por un lado, el dinero destinado al consumo cotidiano, al mantenimiento familiar, es una contabilidad depositada en la esposa o compañera:

“Aunque trabajes, siempre piensas en los demás y la última eres tú, sólo si tienes una boda, o cosas así, entonces te compras un traje a tu gusto, pero si no, te quedas para después” (GD-2)

“A veces es difícil llegar a fin de mes, los colegios, la compra general, tú tienes que organizar dos sueldos, y yo tengo suerte, porque cuando cambiamos de coche me pidió mi opinión, aunque al final fue a gusto de mi marido y mi cuñado, por no sé qué” (GD-3)

Frente a un gasto no enfocado a las pequeñas inversiones, se halla el gasto mayor, aquél que legitima la posición del varón como cabeza de familia (en convenios, censos y subvenciones). Desde esta posición tutelará la gestión del dinero “importante” con el único fin de mantener la seguridad de los suyos; su posición de garante está asegurada, mientras que la trabajadora es consciente, de acuerdo con el esquema de la ayuda familiar, de su contribución complementaria. No obstante, es en el grupo de mujeres con bajas incentivadas donde más tiempo se ha concedido a la administración del dinero, en concreto respecto a la cuantía que recibirá la trabajadora y su inclusión en la renta familiar [xvi]. Este grupo se debate entre dos posturas. La primera, cuando el control del gasto se somete a las necesidades colectivas:

-“Lo que cobre lo pondré a la disposición de la casa”

-“Ese dinero es para mi futuro, o por si surge una necesidad” (GD-6)

La segunda postura reconoce la legitimidad del marido sobre las relaciones entre la renta familiar y las instancias financieras: “Como mucho le acompaño al banco, aunque él es el que tiene la última palabra”. La delegación, por criterios de eficacia, llega a despersonalizar la intervención de la trabajadora, no sabe de temas financieros aunque se trate de su aportación (su baja incentivada): “En los temas de dinero no entro. Mi marido está más capacitado que yo”, si bien no renuncia a su propiedad (es “su” dinero), sin embargo, su destino no le pertenece.

El concepto de “ayuda”, o la socorrida colaboración en las tareas

En todo caso, la participación masculina en el espacio doméstico se circunscribe en el más puro azar, dada como factible en ocasiones de clara necesidad y, debida a su marginalidad, considerada siempre como una “ayuda” extraordinaria (GD-1, GD-2, GD-3). Su papel será más visible, cuando se haga responsable de los arreglos caseros, de las habilidades electrónicas, en una suerte de paraíso técnico: “Con mi marido, en mi casa no entra un técnico” (GD-6), que le aleja de las funciones más próximas al mantenimiento del hogar (limpieza, elaboración de alimentos, etc..). Es preciso recordar la diversa naturaleza de las tareas y en función de las mismas: unas son de tipo complementario (arreglos del vehículo, declaraciones de Hacienda, etc), y otras están sujetas a la regularidad del mantenimiento del hogar.

“Mi marido es joven y se compadecía de un compañero: “fíjate el pobre Mario que tiene que ponerse a planchar” y resulta que lo poco que me hace a mí lo pone por las nubes. Menos mal que mis hijos me ayudan” (GD-3)

La “ayuda” representa la modalidad de participación más extendida y gracias a su significado “auxiliar”, el más adecuado para que cumplan hijos y cónyuge, lo que se consigue es reforzar el rol de ama de casa. Lo que explicaría aseveraciones, como las que le brinda su marido a una participante de los grupos:

“Pues no va y me dice: “Te voy a comprar un lavavajillas ahora que trabajas” (GD-2).

Las demandas de “ayuda” se matizan a través de regañinas, vividas como fracaso en aquellos grupos con menor cualificación. En ellos, se intercalan bromas para poder relatar lo intolerable: la permanente demanda de atención mediante un mecanismo, tan desacreditado e ineficaz, como la queja.

“Lo que no soporto es verme a mi misma desencajada pidiendo que no sean unos desastres, yo termino haciéndolo todo y encima cabreada” (GD-1)

En caso de lograrse la “deseada” participación, ésta es un asunto que ha de privatizarse, ha de resguardarse de la mirada ajena. Por ejemplo, cuando se reciben visitas, como espacio fronterizo entre lo privado y lo público, el hombre que ha podido colaborar en tareas claramente femeninas, retrocede a una posición de anfitrión. En el temor de desprestigiarse, respecto a su esquema de comportamiento genérico:

“El mío hace cosas, pero cuando viene gente se corta, en especial, cuando es su familia, como si la madre y sus hermanos vieran que no está bien atendido” (GD-2)

“Mi marido no es de los machistas, encima me puedo dar con un canto en los dientes, me ayuda, aunque le molesta que vaya con el cuento fuera” (GD-3)

Las mujeres sindicalistas extienden la exigencia de reflexión más allá de las inmediatas condiciones de trabajo, y se colocan, en una prologación de su papel, en una suerte de “espoletas” para sus compañeras. Pero “la ayuda”, al ser un tipo de colaboración, escueta y puntual, está demasiado imbricada en las prácticas cotidianas, por consentida puede ser oída sin levantar suspicacias.

“Muchas veces por pincharles <a mis compañeras de trabajo>, les digo: “Te ayuda, ¿verdad?. Y me lo pueden repetir cuarenta veces que sí, que no caen. ¡La ayuda!, cuidado con la frasecita. Es la palabra -no si a me ayuda, se porta bien- ¡Pero bueno!” (GD-5)

En un estudio cualitativo “Las actitudes de los varones ante el cambio familiar” [xvii] cuando se ha preguntado a éstos sobre el espacio doméstico, aluden a la falta de criterio organizativo del trabajo doméstico, añadiendo la deficitaria distribución del tiempo, como la principal causa de una extensa la jornada en el hogar. Resulta muy curioso que un sujeto que sólo mantiene una relación de “ayuda”, conozca los secretos de la eficacia y la instrumente para descalificar los modos de planificación femeninos: “sólo es cuestión de organizarse” parecen concluir. En todo caso, hasta la “ayuda” requiere de una previa negociación, relativa a planes de sustitución y asignación de tareas (GD-6, GD-3). Su concreción está condicionada al estado civil, la delegación doméstica, dentro del matrimonio (o de convivencias con muchos años de estabilidad) aporta su reparto de roles y la delegación doméstica en la mujer es una de la más persistentes. Su justificación, la menor aportación salarial:

“El marido te exige: “Tú fuera, tú dentro” que yo ya he hecho mi jornada, y no es que una se esté tocando las narices, es que el sueldo al ser mayor, parece que se trabaja más” (GD-3)

“Se comparte más en pareja que en matrimonio, cuando te casas, se acabó; y es muy difícil dar una vuelta de tuerca” (GD-6)

En ocasiones, la falta de “ayuda” o “colaboración” ha supuesto un conflicto abierto, cuya resolución ha derivado en una demanda de separación (GD-4 y GD-2). En una aproximación, provista de un gran sentido práctico, una mujer del sector de hostelería, hace un balance de su convivencia:

“Tengo dos hijos con doce meses de diferencia, él no hacía absolutamente nada, lo único que he perdido es su dinero, lo demás no, porque no lo tenía” (GD-2)

EL ESPACIO PRIVADO

La representación del espacio privado sí registra diferencias en el discurso de los grupos, incluso pueden observarse dos concepciones divergentes. Ambas englobarían matices sobre las formas de organizar tiempos y conciliar espacios al margen de los modelos de rendimiento que imperan en la esfera pública y doméstica. Estas distinciones serían, primero, la necesidad de crearse un mundo propio, favorecedor de la identidad personal, otros criterios “complementarios” a la permanente disposición a los demás y, en segundo lugar, se detecta una negación de todo elemento de privacidad, al objeto de facilitar, a cambio, el universo privado de los demás. Los argumentos aducidos son de diversa índole y dependen del volumen de recompensas salariales (o de organización del tiempo laboral) derivadas de su trabajo remunerado.

Tiempo laboral y tiempo doméstico, es una combinación tensionante, motivo de contratación de servicios domésticos (GD-4). Porque en el caso de no poder recurrir a esta “ayuda”, se genera una grave intensificación de la jornada diaria para la mujer trabajadora (GD-1, GD-2, GD-3, GD-5). Sin embargo, lo que parece inevitable, en una suerte de destino, es liberarse de compatibilizar ambas instancias [xviii]. Lo que supone la pérdida de todo recurso para idear actividades que reviertan en una misma. De aparecer son tentativas frustradas.

“¿Prepararme?, ya me gustaría a mí, pero no tengo tiempo”  (GD-1)

La primera asimilación: privacidad igual a tiempo de ocio

Cuando el espacio privado del hombre confluye en el espacio doméstico, ésta intersección se traduce en compartir una misma “territorialidad”. No obstante, la distintas “formas de estar” en el hogar, o en una relación afectiva (parejas bisalariales sin cargas familiares), se confrontan radicalmente. La diferencia estriba en los privilegios que se obtienen (o se pierden) en el preciso instante de saberse poseedor o poseedora de un tiempo privado. En otras palabras, cuando se posee un tiempo no sujeto a mediaciones. El hombre -marido o compañero- hace coincidir para su descanso el mismo espacio en que la mujer organiza y resuelve (GD-3, GD-4, GD-2, GD-1): el hogar.

“Mi marido llega a casa y se pone a descansar, él ya ha cumplido, pero yo vengo de trabajar y no valgo, como dices tú <refiriéndose a una compañera que ha propuesto dejar de preocuparse por el desorden> para volver la vista, porque lo único que consigo es que se me acumule el trabajo” (GD-2)

El tiempo de ocio queda asimilado a tiempo de descanso en relación a una actividad regulada y retribuida, la acepción de “no labor” ha suplantado al “ocio”. La opinión predominante en los grupos de alta cualificación (GD-4) y el compuesto por mujeres sindicalistas, resalta el hecho de que las mujeres tienen mayor propensión que los hombres a marcar los límites entre una actividad y otra. Ahora bien, esto no significa que de esta capacidad de “generar fronteras” entre ambos espacios (público y doméstico), se extraiga un “tiempo propio”, sino más bien lo contrario:

“Tengo la impresión de que las mujeres utilizan el tiempo de ocio en ser, con mayor fuerza, el soporte de la institución familiar, pero no lo utilizan en beneficio propio” (GD-4)

Aunque no abandonen su papel de responsables en la organización doméstica, en relación al cuidado, a mayor cualificación y niveles salariales la saturación de las demandas domésticas propicia algunos “huecos” para constituirse recintos particulares, o actividades planteadas para un disfrute personal, bien se concrete en una “hora” dentro de su hogar, o fuera, en la asistencia regular a cursos, gimnasios. Aún así es muy valorable que proceda de una decisión individual:

“Cada vez hay más mujeres haciendo cosas, sus cursos. Yo escucho a muchas mujeres decir: “Me voy a dedicar al menos una hora para mí… hacer esto o aquello, o sencillamente estar en casa leyendo un libro” Esto sí se está dando, yo lo estoy viendo” (GD-5)

Privado como “propio”

      En primer lugar, la privacidad, se asocia a un concepto que restaura su sentido en su afiliación al de privacidad: la persona (GD-5, GD-6, GD-4). Para estos grupos, saberse “persona” y no sólo “mujer” (entendido como la voluntad de superar el genérico), es una ecuación necesaria para alcanzar la privacidad. “Ser personas” no es una petición ahogada (propia de la queja), se trata de la recuperación de una existencia para sí. Representa, además, atentar contra el significado de “cuidado”, cuya voracidad merma la obtención de un tiempo propio y, sobre todo, logra una homologación directa con el universo masculino. El mérito de una equivalencia (la distribución y uso del tiempo libre) representa un importante factor en el universo de oportunidades. Aunque, como toda deslealtad al discurso social, se ciernen sobre ella los enunciados de la designación:

“La mayoría lo viven con amargura porque tienen que pelear con el marido, porque tiene que haber un reparto de tareas y no las hay, porque tienen que compaginar el tema de los niños y sus necesidades personales, su ocio, su tiempo, el hacer esto, aquello, el cursillo que nos hemos planteado y poco menos que te llaman “marimacho” o “egoísta” porque abandonas tus tareas” (GD-5)

El espacio privado como la voluntad de pensar, hacer y planificar, teniéndose una misma como fin, facilita la construcción de una individualidad, la aprehensión de un territorio de interioridad incompatible con la rígida atribución de roles, propuesta de la división sexual del trabajo. Para las participantes de los grupos en mejor disposición laboral, configurar un universo particular, supone rechazar la fuerza natural de la costumbre, la misma que ha legitimado la domesticidad. No obstante, recuperar “la primera persona”, no solamente a través de los propios recursos personales, sino esperando lograr un apoyo del sistema familiar, se convierte en una tarea heroica (GD-5).

“Cuando tenía problemas con mi marido por su falta de cooperación, en tareas escolares, en que nunca iba con los niños a ningún lado, mi madre y mis hermanas eran las primeras que no entendían de qué me quejaba yo, con lo bien que vivimos” (GD-5)

El apropiarse de una misma implica rechazar la heterodesignación de lo doméstico, impedir la disolución del estatuto individual, para convertirse sólo en función: esposa o madre (GD-4). Sobre este punto, se suceden las fórmulas más diversas (disminución de las horas de descanso, acumulación de tareas en un corto período de tiempo, etc..); o bien, el recurso al pacto familiar, explicitado abiertamente en los grupos, como se pone de manifiesto mediante un “contrato interno” (GD-3). O acordando un tiempo libre adicional para actividades de formación, sean o no viables (GD-3).

Cuando este mecanismo queda inscrito en los estrechos marcos de un proceso personal, sin ser aceptado por su sistema familiar, se provoca un grave conflicto; al comprobar la intolerancia que despierta la demanda de obtención de un tiempo propio. El enfrentamiento se opera a partir de dos tiempos privados incompatibles: el masculino y el femenino. Una vía de solución es recurrir a la sustitución de la presencia doméstica, mediante la contratación de servicio externo, (GD-4, GD-6).

“Yo no digo nada a nadie, sólo a la chica, la pago unas horas extras y puedo disponer de más tiempo para salir con mis amigas, porque mi marido tiene cenas de trabajo habitualmente” (GD-4)

Un claro ejemplo de la importancia concedida al tiempo privado lo representan las mujeres trabajadoras que se acogen a la baja incentivada (GD-6), preocupadas por evitar una rápida asimilación al espacio que le esta reservado a la mujer desempleada: “sus labores”. En este orden de significado se inscriben las metáforas estigmatizantes que definen al “ama de casa” (“Maruja”, “enchufadas a la TV”, etc..). La insistencia en no confinar su presencia de puertas adentro, les obliga a recrear un afuera y dotarle de contenido.

“Estaría bien que volviéramos a vernos en otra reunión, dentro de un año, por ejemplo, para saber cómo nos lo hemos arreglado, qué cosas hemos hecho fuera para quedarnos como simples amas de casa” (GD-6)

 Privado como “privación”: la alternancia entre el hogar y el tiempo de ocio

La actividad doméstica no registra posibilidad alguna de plantear una interrupción similar a la laboral, no registra “excedencias”. Por ello, cualquier perspectiva de estudios se asocia a la suspensión del empleo, nunca a un posible paréntesis en “sus” obligaciones familiares. En cualquier caso, la obtención de un tiempo libre ha de ser pactada [xix] con el cónyuge o compañero (GD-5, GD-3).

“Yo le podría decir a mi marido “mira, ¿qué te parece si de aquí a un año me preparo una oposición? ¿Lo intentamos? ¿Nos lo jugamos?. Pero hacemos como si yo estuviera trabajando, tú recoges al niño y, hasta las cinco que lo traigas a casa, yo aprovecho para estudiar” (GD-3)

La simulación “como si” pretende redefinir el tiempo de permanencia en un espacio, donde se aproxima a lo ilegítimo sustraer un tiempo para realizar una actividad no doméstica. Fuera de este ámbito, la ayuda se reviste de significados laborales (“como si estuviera trabajando”). Y por el trato de favor que reviste, es acotada en el tiempo (hasta las cinco). No siempre se está dispuesta a pactar con tanta cautela, el hostigamiento del acuerdo satura las relaciones personales. En aquellos grupos con alta cualificación, se evidencia cómo no se sale indemne de la exigencia de conseguir la reciprocidad:

“Cuando presentas batalla y no te callas y cantas la gallina, porque haces balance, normalmente la pareja se rompe” (GD-4)

La domesticidad implica asumir una pluralidad de demandas, incluyendo, tanto las de índole cotidiano (los miembros de la familia) como las excepcionales (enfermedades, cuidados a personas mayores); mientras que las actividades expresivas o de ocio precisan de un excedente de tiempo. En este caso, la mujer, en singular, ha de rescatar un tiempo propio del cómputo total del tiempo diario; de este modo, ella ha de organizar dos realidades tan opuestas y, sólo si logra articularlas escrupulosamente, podrá extraer un tiempo privado:

“Antes de salir tienes que dejar todo organizado en casa y arreglar la hora de vuelta con la chica, no te digo nada si se complican las cosas, como rematar un trabajo pendiente o asistir a unos cursos de formación, que siempre son después de la jornada”  (GD-3)

Por lo tanto, establecer una analogía entre lo “privado” y lo “doméstico” como un valor equivalente, significaría acotar su sentido hasta pervertir el referente original y conformarse con el sentido de “privación”, entendida ésta como expropiación de un tiempo singular. Pensar en un tiempo excedente pautado en función de los “huecos” que se deriven de los tiempos ajenos (escolares o laborales), es volver al esquema del descanso, a la interrupción de las obligaciones domésticas, al denominado tiempo improductivo. Aún así, “suspender una actividad” no implica, necesariamente, procurarse un recurso personal, ni la afirmación de la soberanía de sí. Resulta tan imprevisible y escaso un tiempo acotado a los demás, que conseguirlo procura un alto grado de bienestar. Así nos lo describe, desde la primera persona, una dependienta de comercio:

“El único momento que tengo para mí es cuando me quedo un momento sola y hago… os vais a reír, pero me encanta, pañitos de ganchillo; o restauro algún mueble viejo, aunque me lleva tiempo, lo voy haciendo en los ratos libres” (GD-2)

Lo privado corre el riesgo de quedar en un segundo plano en función de los requerimientos familiares. Ni siquiera en su acepción de “tiempo libre” coincide con los períodos de descanso de los demás miembros familiares. Los fines de semana (GD-2 y GD-3) se administran como un tiempo forzoso sometido a la recuperación de tareas, que aguardaron su realización para este período de “descanso”.

“Y el fin de semana, el fin de semana todo el mundo está muy cansado, tú también… pero te darás cuenta de que para ti, los fines de semana es lo mismo, o peor que los demás días” (GD-1)

“Es como las vacaciones, pero ¿para quién son las vacaciones? Yo me niego a ir a un apartamento, aunque tenga que salir sólo diez días yo me voy a un hotel, porque, si no, trabajo el doble” (GD-3)

Tenemos información de un tiempo privado mediante el volumen de su carencia. Aunque sólo se inscriba en el relato, y quede cercenado por el principio de la queja, el emergente: “¡No tengo tiempo para mí!” es un componente discursivo recurrente en los grupos. La negación de un tiempo en primera persona se constata como absoluta, precisamente, en aquellos grupos (GD-1 y GD-2) sometidos a unas prolongadas jornadas laborales, a las que se suman las domésticas. Una vez repartida la jornada de trabajo (doméstica y laboral) no es posible detraer un tiempo excedente del que hacer uso en beneficio propio; por una parte se es consciente de las condiciones de trabajo y de la baja retribución; pero la inexistencia de unas horas que hagan posibles cambiar un itinerario profesional, las condena a permanecer en su empleo, hasta sumergirlas en una espiral de resignación:

“Intenté ir a estudiar por las noches informática, a ver si así era posible mejorar un poco, pero como me levantaba tan temprano y tampoco tenía mucha ayuda, pues sólo duré dos meses, estaba agotada, era un calvario. Así que lo volveré a intentar cuando la niña sea más mayor” (GD-2)

La poca atención que reciben los efectos que producen las intensivas jornadas domésticas, en relación a la salud laboral, constituye una prueba más de la desestimación del trabajo doméstico como actividad, salvo en aquellos análisis macroinstitucionales [xx]. No podemos obviar, que las mujeres cuando mencionan el ámbito privado se circunscriben a las redes afectivas con las que “disfrutan” de su tiempo libre, las cuales se componen de sus miembros familiares, o de su pareja, pero rara vez de amigas o amigos propios entra en escena. De ello participan varios grupos (GD-1, GD-2, GD-3).

-“Lo que peor llevo es que desde que me case <cinco años> he ido perdiendo a mis amigas”

-“Ya verás como al final te rodeas de familiares o, con suerte, tenéis amigos matrimonios” (GD-2)

La privacidad depende directamente de la inserción en el espacio público, en cualquiera de sus facetas. Hasta el hecho de participar en una asociación vecinal significa la recuperación de unas horas, o la suspensión de la actividad doméstica.

“Aunque no hago nada especial, no quiero dejar la asociación de vecinos, me obligo a salir de la obsesión: fábrica-casa; casa-fábrica” (GD-3)

Sólo en aquellos grupos (GD-6, GD-5, GD-3) donde la aportación de una cuantía implica un mayor respaldo para tomar decisiones se perciben con mejores condiciones para negociar su privacidad. Hecho que resultaría inviable fuera de su participación en el espacio público, es decir, para aquellas mujeres denominadas “inactivas” (según sigue definiendo la EPA). Por estas razones hay que celebrar la existencia de nuevos recintos fronterizos, entre lo privado y lo público, como las asociaciones de amas de casa que, por su composición genérica y el tipo de actividades que realizan, gozan de mayor consentimiento por parte del sistema familiar, pero suponen, sin lugar a dudas, una conquista importante por representar nuevos ámbitos de privacidad.


[i]. Manneke Redclif y Thea Sinclair enfatizan el rasgo genérico que subyace en la lógica del mercado de trabajo, criticando a la vez las teorías relativas a la segmentación del mercado (que resaltan la dialéctica existente entre el rol del trabajador y sus itinerarios formativos, antes de la entrada al mercado del trabajo) y la teoría dual. Las autoras consideras ambas corrientes como insuficientes porque olvidan explicar el papel de los trabajadores una vez que éstos forman parte del escenario del trabajo donde ya no actúan como meros espectadores. En Working women. International prespectives on labour and gender ideology. Routledge. Londres, l99l.
[ii]. Si las participantes de los grupos se detienen en el marco personal para explicar los efectos de la discriminación secundarizando la incidencia de las estructuras sociales; Maurice, Sellier y Silvestre, oponiéndose a la Teoría Neoclásica del Trabajo el Análisis Societal, muestran cómo el proceso de selección se verifica previamente a las puertas del mercado de trabajo. En, Maurice, M; Sellier, F y Silvestre, J.J. Política de Educación y Organización Industrial en Francia y Alemania. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Col. Economía. Madrid, l987.
[iii]. Judith Astelarra lo resume de este modo: “Las opciones de acceso de la mujer al poder político, y social en general, se encuentran regidos por un mecanismo de doble vínculo, que hace que tales opciones sean percibidas como pérdidas con respecto a otras”. En, Las españolas ante la política. Investigación realizada por el Instituto IDES. Instituto de la Mujer, Serie Estudios. Madrid, l988. pág, l06.
[iv]. Sobre los arquetipos masculino-femenino, Adele Pesce sostiene una hipótesis relativa a las modificaciones que introduce la mujer en el mundo laboral masculino que tradicionalmente separa el trabajo de la vida. Pesce señala que la mujer, en cuanto trabajadora, representa una desviación a la norma en el espacio masculino. En “Los conflictos de sexo en el trabajo. reflexiones a partir de una investigación empírica en Italia”. Revista de Sociología del trabajo. Primavera 88. (pp: 35-64). Aunque esta diferencia de espacios masculino-femenino no significa la exclusión de las mujeres de la actividad salarial sí la modifica. En Scott Wallach, J. Gender and the politics of history. Colombia University Press. New York, l988.
[v]. Crompton y Sanderson, analistas de la teorías de la estratificación, recuerdan los métodos comúnmente empleados para analizar la “estructura de oportunidades” del mercado de trabajo. En ellos figuran, preferentemente, otros indicadores (técnicos: como la cualificación) o sociales (raza, nacionalidad) sin contemplarse en ningún caso la categoría género. Desde este principio analizan el fracaso del marxismo y el weberismo con respecto al género a pesar de haber sido, con planteamientos radicalmente diferentes, buenos conocedores de la lógica del sistema capitalista, siendo el feminismo quien aporta las primeras reflexiones sobre la variable género. En Crompton, R. y Sanderson, K. Gendered jobs & social change. Unwin Hyman. Londres, l990.
[vi]. A este respecto, Anne Witz , establece, bajo unos criterios de género, un balance sobre la composición del mercado de trabajo, denominando estrategias de exclusión a las prácticas que un colectivo más amplio, el social, ejerce con respecto al colectivo de mujeres -cualificadas o no- en la administración de recompensas y oportunidades de trabajo que se reproducen en el mismo mercado de trabajo. En “Patriarchy and professions: The gendered politics of occupational closure”. Sociology. Vol. 24, nº 4. noviembre l990. pp: 675-90.
[vii]. Albert Recio lo sitúa en el marco de la contratación como una forma feminizada que refuerza los roles domésticos y en modo alguno atiende las necesidades subjetivas de la mujer. En RECIO, A. Capitalismo y formas de contratación laboral. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Col. Tesis Doctorales. Madrid, l988.
[viii]. La advertencia de Paul Edwards y Hugh Scullion sobre aquellos materiales basados en suposiciones, pueden ocultar las verdaderas razones del absentismo. Motivos por los que sostienen, la dudosa veracidad de que las mujeres no se “entregan” dado su necesidad de tomarse tiempo libre para atender otras responsabilidades, pero para demostrar que existe una relación entre lo uno y lo otro, sería necesario realizar un estudio sobre el colectivo de trabajadoras con diversas obligaciones. En La organización social del conflicto laboral. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Colección Economía del Trabajo. Madrid, l987, pág, 136.
[ix]. En El absentismo laboral de la mujer: estereotipo cultural o realidad cuantificable. Realizado por ALEF, S.A. para el Instituto de la Mujer. Madrid, l99l.
[x]. Kathy Cannings puntualiza: “Los empleados masculinos están más capacitados que las mujeres para implicarse en las redes informales, sobre todo, en cuanto a establecer relaciones con el supervisor. En cambio, ellas no logran incluirse con éxito en las redes informales”. “The Earnings of Female and Male Middle Managers”. En The Journal of Human Resources. Diciembre, l988. pág, 39.
[xi]. Tomaremos una definición muy general y operativa de la misma en relación a los recursos humanos: “Por cultura queremos señalar los valores o suposiciones básicas que las personas de una sociedad u organización determinadas mantienen acerca de cómo debe uno pensar o comportarse. Estas suposiciones son a menudo implícitas y se pueden deducir de los niveles de comportamiento esperados” En. Spector, B y Beer, M. Gestión de Recursos Humanos. Perspectiva de un Director General. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Madrid, l989. pág, 36.
[xii]. Joan Acker ha puesto de manifiesto el dudoso beneficio del Estado de Bienestar sobre las mujeres en el modelo sueco, demostrando en sus investigaciones la profunda y creciente discriminación salarial en sectores de transformación. En Acker, J. “Gender Contradictions in the Swedish Welfare State”. Montly Review. diciembre, l993.
[xiii]. La “construcción social” de la esfera privada como ideal doméstico ha sido tratado por Allan Grahan y Crow Grahan quienes rompen con la distinción entre lo público y lo privado ofreciendo una reconstrucción histórica para demostrar como se institucionaliza la división sexual de las relaciones entre lo privado-doméstico y lo público. En Grahan, A y Grahan, C. Home and Family: Creating the domestic sphere”. Basingstoke. Macmillan, Londres, l990.
[xiv]. Martine Chadron, al puntualizar cómo queda dividido el trabajo de reproducción entre hijos e hijas de manera netamente diferenciada. A los hijos se les reserva el porvenir económico, mientras que las hijas se harán cargo del porvenir demográfico. En, “Sur les trayectoires sociales des femmes el des hommes. Strategies familiales de reproduction et trayectoires individuelles”. En Le sexe du travail. Structures familiales et Systéme productif.Grenoble. Presses Universitaires de Grenoble. l984.
[xv]. A este respecto, Clara Coria, plantea los distintos modos de administrar el dinero: “Administrar este dinero es administrar un dinero “invisible”, que no deja rastros, porque su destino es ser consumido por las necesidades más perentorias“. El sexo oculto del dinero. Formas de la dependencia femenina. Argos. Barcelona, l987. pág, 103. Coincide con este planteamiento Jan Phal, quien atribuye una mayor participación de la mujer sobre la economía familiar cuando las rentas eran bajas, en cambio, debido a los nuevos sistemas de remuneración (fondos de inversión, participación en beneficios) y a los distintos gastos de la familia, el varón continua gestionando su gasto, como figura que provee y gestiona. Ver Phal, J. Money and Marriage. Basingstoke: MacMillan, l989.
[xvi]. Lydia Morris y Sally Ruane añaden una descriptiva reflexión sobre la diferentes tipos de investigación doméstica, relacionando los sistemas de administración con la distribución y control de la renta, que influyen poderosamente en las actitudes de los hombres y mujeres. Morris, L y Rruane, S  Household Finance Management and the Labour Market. Aldershot Gower, l989.
[xvii]. Escario, P; Alberdi, I y Berlin, B. Actitudes de los varones ante el cambio familiar. Instituto de la Mujer. 1988.
[xviii]. Roland Barthes resume espléndidamente la conjugación de la producción y la reproducción a propósito de las mujeres escritoras, subrayando la fuerza de la designación social respecto al ámbito de lo doméstico. De esta manera interpreta el doble mensaje que se lanza sobre las mujeres, siempre que éstas se aventuren en el espacio público. En “Novelas y niños”. En Mitológicas. Siglo XXI. Madrid, l983. pág, 59.
[xix]. Sobres los pactos entre hombres y mujeres, los lugares donde se manifiestan, resulta imprescindible profundizar en este espinoso tema a través de las excelentes páginas de Amelia Valcárcel Sexo y Filosofía. Sobre “Mujer” y “Poder”. Anthropos. Barcelona. l99l, (pág, 149 y siguientes).
[xx]. Sobre los amplios compromisos extra-laborales y la distribución del tiempo de las mujeres como causas del estrés de las mujeres, tratadas como una “invención sociológica” en la medida que no existe una justificación biológica que sustente una división de tareas desigual entre hombres y mujeres. Ver. Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo (CEE). El Stress físico y psicológico en el trabajo. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Col. Informes. Madrid, l987.