No sé quién soy, pero sufro cuando me deforman. Witold Gombrowicz

 Las mujeres tenemos dos culpabilidades en casa y en el trabajo. (Presidenta de una cooperativa Textil)

 

I. ORIGEN DEL CONCEPTO GENERO: DE LA GRAMATICA A LA EPISTEME

INTRODUCCIóN

Justificar un material esperando que su disposición obedezca a las leyes de la asepsia investigativa, evitando cualquier modelo que actúe como “ideología”, es desconocer las marcas y herencias que acumula todo aquel que inicie una interpretación de un fenónemo o fragmento de la realidad.

Renegar de la influencia que el sujeto tiene en el objeto de investigación, se convierte en mero principio declarativo, o bien en la intención de constituirse en sujeto de conocimiento más que el sujeto que conoce, y se conoce a su vez en la medida que se aproxima a lo que intenta definir. Sujeto y objeto no se hallan desvinculados, todo lo contrario, se insertan en una operación dialéctica, cuya interacción hace inevitable sumar ambas categorías más que dividirlas apelando a un sujeto puro de conocimiento.

Desde nuestra posición resulta más “difícil todavía” escindir-nos; en otras palabras des-responsabilizarnos, primero porque formamos parte del objeto de conocimiento, y segundo, debido a la influencia que reporta todo aquello que hallamos en la aventura del saber, buscando la verdad o la validez. En cualquier caso, nos afecta de manera irreversible, por ello, más que separarnos de lo que pretendemos conocer nos transformamos según nos adentramos en sus conceptos, que a la vez, nos obliga a reconceptualizarnos. Desde este punto de vista, resulta del todo imposible no hacernos cargo del resultado.

El uso del término género no como signo de una división sexual-biológica sino como resultado de una interpretación cultural del sexo pertenece a un campo de reciente exploración. Perspectiva que será el hilo conductor de nuestra investigación porque la misma pretende arrojar luz sobre la dimensión socio-cultural que ha sustentado el género. Y porque no es difícil constatar que los sujetos con desventajas en la distribución de oportunidades, tratamiento y condiciones de trabajo, sean o no conscientes de su desigualdad, son mayoritariamente de un género y no de otro.

Las sociedades han designado un espacio doméstico bajo la   exclusiva responsabilidad de la mujer. Si bien la reproducción es por su naturaleza un hecho femenino, el cuidado y mantenimiento, más allá de las edades que lo requieren se trata de una designación, con el fin de ejercer un reparto de responsabilidades, funciones, espacios y tiempos, muy acorde con la especialización, fórmula que entraña la división como táctica de apropiación del trabajo, del saber, del ejecutar.

La división sexual de los órdenes público-privado es un marco válido para el análisis de las relaciones de género en todas las sociedades. La exclusividad del espacio doméstico, pero no como titular del mismo, de la gestión de lo cotidiano, no de las decisiones (patrimonio, testamento, etc). Emergen como elementos de un mecanismo de sometimiento que requiere explicarse a partir de las “ventajas” que ha reportado esta dicotomía en la convulsiva evolución de la civilidad.

Las definiciones de género señalan, en su forma elemental, un accidente gramatical que sirve para indicar el sexo de las personas, además de atribuirles características comunes. La diferencia sexual en el lenguaje queda simbolizada a través de esta categoría gramatical. La escueta referencia utilizada por los diccionarios en sus entradas, asocia sexo a género, con una fórmula común: “lo perteneciente a lo masculino-femenino”. Esta aséptica forma de expresarse que se apoya en el género como forma de nombrar lo masculino y lo femenino esconde bajo su apariencia neutral otros laberintos. El proceso semiótico-lingüístico presenta un “femenino” carente de cualidad autónoma dado que está obligado a derivarse del masculino -genérico universal-. Su identificación de tipo complementario con la acepción masculina le convierte sin remedio en una forma secundaria (VIOLI, Patrizia.[i]).

 El Diccionario de Símbolos de E. Cirlot se desprende del modelo gramatical y, sin saberlo, nos muestra las esencias de género en su entrada “Mujer”:

“Corresponde en la esfera antropológica, el principio pasivo de la naturaleza. Aparece esencialmente en tres aspectos, como sirena, lamia o ser mostruoso que encanta, divierte y aleja de la evolución, como madre, o Magna Mater, relacionándose con el aspecto informe de las aguas y el incosciente” [ii]

No nos detendremos en las designaciones gramaticales como un recurso neutro de concebir el género, nos interesa destacar las corrientes que lo sitúan más allá del signo de una división sexual-biológica. La prolífica bibliografía sobre el género no podría recorrerse sin soportar importantes omisiones [iii], nuestro objetivo no se basa en elaborar el estado de la cuestión sobre un tema tan amplio como debatido, únicamente tomaremos aquellos autores o corrientes que sirvan para clarificar las líneas maestras de las cuales partimos. La intención no es otra que dejar patente la operatividad de esta perspectiva, el alcance e importancia de esta categoría de análisis, como receptáculo de connotaciones ideológicas, mistificadoras de lo genérico, cuando éste se convierte en una interpretación cultural del sexo y sus efectos sobre el proceso productivo, subrayando los efectos que la definición y circulación de la categoría género contiene en la práctica de conceptos económicos-profesionales.

La categoría género se ha imbricado en tres etapas representativas.

l. SIMONE DE BEAUVOIR, cuestiona abiertamente la “diferencia”. Hombres y mujeres son resultado de una construcción cultural, no biológica: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Se derriba la supuesta inferioridad pero con la misma firmeza la supuesta superioridad, no hay cabida para detractores o idealizadores en el discurso de la igualdad.

2. La década de los años 60 y 70, período del descubrimiento de las desigualdades de raza, género y clase, presencia el resurgimiento del movimiento feminista, que en esta fase rescatará lo personal de lo particular, de lo íntimo para elevarlo al estatuto de público: “Lo personal es político”.

3. La enunciación del género como tal se debe a GAYLE RUBIN (1975) [iv], que lo denomina “sistema sexo-género” para explicar cómo este elemento es determinante en las relaciones de parentesco y matrimonio. El sistema “sexo-género” sirve para articular posiciones de partida, que analicen y den respuesta a una serie de problemas sobre los cuales otras teorías habían fracasado al no explicar globalmente los mecanismos de segregación sexual, quedando fragmentadas, o combinadas con otras categorías como: sexo, raza, clase.

Joan KELLY fue la primera historiadora en hablar de “relaciones de género”, asociado anteriormente a raza y clase. Se inicia, de este modo, un polémico debate durante los años ochenta, su mérito reside en dotar a la categoría de identidad suficiente para no quedar reducida a variable explicativa de segundo orden. Historiadora, también, Joan W. SCOTT situará el género como elemento constitutivo de las relaciones sociales y como una manera primaria de significar las relaciones de poder. Los objetivos se unen: crear un cuerpo teórico, una línea de investigación con sentido instrumental para interpretar de manera global los efectos de la construcción social que ha “opuesto” jerárquicamente lo masculino y lo femenino.

Las esferas doméstica y privada son fuente de discriminación.

“Para combatir la opresión de la mujer ya no basta con exigir únicamente la emancipación política y económica de éstas, también es necesario poner en cuestión la relaciones psicosexuales de las esferas doméstica y privada dentro de las que se desarrolla la vida de las mujeres, y a través de las cuales se reproduce la identidad de género” [v]

Para ROSALDO, como para las principales corrientes de la antropología social, la aparición de lo “público”, como entidad asignadora de espacios, data del siglo XIX, inicio de la separación del hogar y del trabajo. Nosotros hemos remontado su origen, situando en el siglo XVII, haciendo coincidir los comienzos de tales prácticas sistematizadoras con la aparición del Estado en cuyo transito naturaleza-cultura se fijan las representaciones sociales de los atributos ciudadanos, como las cualidades del sujeto de contrato social, sujeto masculino, con capacidad para representar y ser representado en los fueros políticos, de este modo los espacios público-privado se van gestando como el progresivo protagonismo en la vida pública, cuyo carácter exclusivo de un género, condena al otro género, por oposición, a la cláusula de la no participación.

II. ADVERTENCIAS SOBRE LOS USOS DEL “GéNERO”

A pesar de considerarla una perspectiva “útil” para los propósitos de nuestra investigación, la misma utilidad que en el campo de la historia le concede J. W. SCOTT [vi], no se pueden obviar la magnitud de los problemas con los que se enfrenta el “género” como categoría :

“Es una forma de referirse a los orígenes exclusivamente sociales de las identidades subjetivas de hombres y mujeres…una categoría social impuesta sobre un cuerpo sexuado…El género es un tema nuevo, un nuevo departamento de investigación histórica, pero carece de capacidad analítica para enfrentar (y cambiar) los paradigmas históricos existentes” [vii]

Para SCOTT, el desafío radica en conciliar la teoría de género con las reglas históricas, el sometimiento al contexto y la puntualidad cronológica, los resultados no han conseguido los objetivos, o son estudios “tan descriptivos que la teoría se oculta, o se encaja <forzosamente> en teorías universales”.

La tentación de inferir lo que se desea confirmar es difícil de esquivar en cualquier investigación que se preste a seguir un esquema teórico. De igual forma, atenerse en sentido estricto a la búsqueda de conceptos con “idéntico” sentido puede generar rigideces o cortapisas innecesarias. Por recurrir a un ejemplo, cuando SCOTT J.W señala como uno de los principales obstáculos para la instrumentación de la categoría género, que ésta no haya sido nombrada como tal hasta mediados del siglo XX, puesto que anteriormente los paradigmas históricos no reflejan en sus discursos tal concepto, [viii] está incidiendo en una advertencia fundamental: no yuxtaponer una teoría con pretensiones de validez a-histórica y recoger atentamente los signos que deparan cada formación social; pero añade una condición: únicamente aquellos que se ajusten a los contenidos de las categorías teóricas actuales podrán ser interpretados como tales.

Al atenerse a esta pauta se corre el riesgo de excluir la mayor parte de acontecimientos capaces de explicar dispositivos de poder en determinadas prácticas sociales. Creemos que, a pesar de que no se nombraba el género como tal, la construcción cultural que le determina cuenta con los materiales precisos para su formación. En el siglo XVII se perfilan evidencias sobre conceptos estrechamente conectados a la categoría género: la ciudadanía como atributo restringido, y en el siglo XVIII: la expulsión de la “razón”, o la transformación de la familia como modelo de gobierno [ix] (la familia suministra datos al Estado: asentamientos, epidemias, movilidad laboral, natalidad) y posteriormente como instrumento de gobierno (con el aumento de la población, se configura en segmento, en foco de gobernabilidad: prescripciones morales, sanitarias, jurídicas), elementos de secundarización de espacios y sujetos. No se nombra, se actúa, del mismo modo que la acepción “fuerza de trabajo” no se inicia a partir de su definición marxista del trabajo asalariado por cuenta ajena.

En otro ámbito de análisis, como el proceso productivo, también son detectables deficiencias en la perspectiva de “género”. Para la economista Verónica BEECHEY [x], no hay teoría capaz de mostrar la construcción del género dentro del sistema productivo. BEECHEY constata que su utilización dentro de la esfera de la producción es todavía rudimentaria y se centra, sobre todo, en señalar las diferencias entre hombres y mujeres.

Tres líneas de análisis pueden subsanar la limitación de su instrumentación: La revisión del concepto cualificación, detectar diferentes formas de “gobernar” dependiendo del género de los que producen y relacionar el proceso de aprendizaje con el mercado primario de trabajo.

El problema de rigurosidad que perciben las autoras, desde  diferentes intereses y disciplinas con respecto a la instrumentación de la categoría “género”, nos sirve de pretexto para exponer el uso que de esta perspectiva hemos dado en nuestro análisis.

Siguiendo el hilo de sus reflexiones, se perfilarían dos posibilidades, por un lado continuar la tendencia que “expurga” los paradigmas históricos en busca de indicios y sospechosas referencias para deducir posibles sesgos discriminativos (lo que SCOTT denomina estudios descriptivos) o bien, exponer un inventario de diferencias (de lo que BEECHEY acusa). Una tercera via supone conocer y adentrarse en la propia lógica de la corriente de pensamiento sobre el cual se construye un paradigma para someterse a la trama de su propia línea de argumentación. Así, por ejemplo, el “entendimiento contractual” marca la filosofía política del siglo XVII, en las propias reglas del Contrato Social hallamos materiales clave para nuestro análisis: l. Una condición de participación en el pacto social consiste en disponer de propiedad privada, 2. Para fundar una sociedad civil se ha de “ceder” un poder individual en beneficio de un poder social. (¿Qué sujetos se adaptan a estos requerimientos?).

Si nos centramos en la producción, la línea argumentativa se ajustará a los mismos parámetros, revisar la validez de conceptos económicos, no con la intención de añadir variables comparativas, sino de introducirse en sus propias formulaciones para conocer su alcance y contenido. De este modo, ante la categoría “cualificación”, no reflejaremos su indicencia en el índice de participación relativa de hombres y mujeres en el mercado de trabajo, serán sus definiciones, la formación histórica de su significado, su vinculación a un tipo de actividad y no a otras, sobre lo que obtendremos el cuerpo de datos más relevante.

Esencialmente nos interesa saber “QUIENES” son los destinatarios de los esquemas, condiciones, juicios y valoraciones que subyacen en las principales concepciones que han intervenido en delimitar dos espacios (público/privado -doméstico), y con su bifurcación, dos asignaciones sobre su ocupación por derecho propio. Veremos qué efectos registra esta oposición en el espacio público contemporáneo, definido especialmente por un mercado de trabajo cambiante, y cuya máxima participación parece borrar las diferencias entre dos espacios muy perfilados.

En síntesis y recapitulando, tomaremos el concepto privado para desacreditar su universalidad en base a su economía del tiempo y la disposición de sí mismo, en sentido más cualitativo del término, la recreación de una intimidad en singular.

Destacaremos la inoperancia de su uso en relación a conocer “la vida privada” de las mujeres, específicamente en relación a la esfera pública (la integración en el mundo laboral), y apuntaremos que el principio de igualdad puede fosilizarse como ideal regulativo en cualquier texto o recomendación sobre su aplicación, mientras la distribución de espacios permanezca inalterable y provista de una racionalidad técnica, económica o social.

Ni una se cultiva a sí misma por habitar un espacio configurado a tal fin, según rezan las definiciones más precisas al respecto, ni la reproducción biológica marca -en exclusiva- la actividad doméstica, sin cargas familiares se ejerce con igual destreza todo aquello que requiere la creación de un espacio, su confortabilidad, mantenimiento, y administración económica, donando un tiempo a aquel o aquellos que lo comparten, de cuya sustracción obtienen el tiempo excedente para su realización privada.

 Para establecer la lectura de los datos el Equipo de Investigación se ha guiado por aquellas teorías que mejor respondían a la comprensión y esclarecimiento de los datos obtenidos en el informe.

Partimos de la teoría de los roles, tal y como la evidencia la sociología del conocimiento, porque ella se especializa en el ejercicio de los papeles sociales dentro de un entorno inmediato: la cotidianidad. A esta perspectiva creemos importante añadir la teoría del individualismo, por entender que describe las condiciones idóneas para alcanzar el estatuto de sujeto. No se trata de presentar dos teorías, algo improcedente en un informe de resultados, sino de servirnos de sus principales conceptos para mostrar los modelos de interpretación que hemos seguido.

¿Porqué estos modelos? Porque a la luz de una primera lectura de los datos hemos observado la tensión que se produce, entre las aspiraciones de las mujeres encuestadas y sus acciones concretas, es decir, su comportamiento en el plano de lo real. Si bien pudiera parecer que existen contradicciones,  sabemos que resulta especialmente difícil para las mujeres conjugar ambas posiciones, porque en ellas se concitan las dos aspiraciones: ser persona y jugar apropiadamente su rol. No se trata de  un simple afán de ajuste ante el discurso social, sino porque el ejercicio de “su” rol ha sido ensalzado desde todos los ámbitos sociales, dispuestos a condenar toda “desviación” de los papeles que les corresponde ejercer a las mujeres.

III. LOS ROLES: IDENTIDAD Y CREDENCIAL [1]

La sociología del conocimiento parte de una premisa: que la realidad se construye, es decir, que la sociedad hay que interpretarla dentro de un momento histórico, de unas condiciones sociales determinadas. Y es, precisamente, bajo este esquema temporal como se despliegan todas las obligaciones y expectativas que contienen los roles sociales. Lo que era condenable puede, en un futuro, ser admitido, porque las circunstancias han asimilado cambios que permiten nuevas definiciones.

¿Cómo se conforman los roles? Peter Berger y  Thomas Luckmann son unos pioneros en complicar el mapa, y mostrar que no sólo se representa un papel, sino que funcionan como códigos de conocimiento (decir estoy casada, es una información escriturada de antemano en el ámbito social), además de proveerse de buenas reglas de actuación (estar casada, conlleva una serie de limitaciones que se saben determinadas exteriormente).

Convertir en ley, lo que podría ser pura arbitrariedad (cada “una” estaría casada a “su” modo) precisa de unos buenos ingredientes. Para empezar los roles están provistos de elementos tan  múltiples como certeros, porque para fijar una semejanza en el desempeño de los papeles que juegan las mujeres (y los hombres) han de cuidarse hasta los últimos detalles.

Primero, debe aprenderse a muy temprana edad. La primera instancia es una institución como la familia, en la cual se asimilan los significados sociales, en otras palabras, lo que el discurso social recomienda para comportarse como niños y niñas. No sólo a través del lenguaje, sino de actos cotidianos, como los hábitos, que les introduce en una articulación de espacio y tiempo a penas perceptible en las rutinas diarias.

Segundo, debe reproducirse sus mecanismos, repetirlos y extenderlos (la teoría de la reproducción social profundiza en estos aspectos). Las tácticas son impecables,  porque repitiendo las mismas acciones no se registra ninguna sensación de aprendizaje, se eliminan las dificultades, puesto que de existir alguna recomendación en el mundo del hogar, ésta siempre se remite a un hecho concreto: “no hagas”, “no toques”, “ten cuidado”; pero en ningún caso se sabe que se están interiorizando futuras formas de comportamiento.  Este dispositivo de internalización precisa de una observación en un contexto afectivo.

 Niñas y niños presencian en el hogar una distribución de tareas y de conductas que no son neutras, sino que están generizadas. Observan en la madre (y la red de mujeres de su habitat) organizar un espacio íntimo[2], como responsables del mismo, aunque tengan otras actividades de tipo remunerado. Mientras que vivencian la misma dosis de responsabilidad en el padre (o varones adultos) en un espacio situado “fuera” del recinto doméstico: el espacio laboral. Nos encontramos con una severa división de responsabilidades, que al ser “sexuadas”, se ha denominado división sexual del trabajo.

Tercero, una pasiva interiorización debe incluir todo el universo simbólico, es decir, el mundo de las imágenes, lo implícito. Lo simbólico se activa en los propios juegos y objetos que los contienen, cuentan con extraordinarias representaciones, donde el sujeto participa directamente. Cualquier cuadrilatero puede ser un fuerte, en una cocinita se preparan alimentos invisibles. A esta simbolización se suman las reglas y los contenidos del juego.

Respecto a la niña se registra una redundancia, como juego de simulación del espacio doméstico, cuyos elementos elige (y se le facilitan). En el capítulo de juguetes entran utensilios de uso habitual en el hogar, o de belleza personal, muñecos filiales cada vez más bebés, incluso con funciones fisiológicas incorporadas. El cuidado de los otros,  con todos sus “complementos”  (cochecitos, casitas, cunitas) que recrean los vínculos de una niña que aprenden a jugar a las mamás prematuramente.

Nosotros pensamos que la domesticidad es una actitud, no sólo se ciñe a la suma de tareas y la responsabilidad que conlleva, sino que se manifiesta como una predisposición para priorizar las demandas ajenas, frente a las propias. Una receta contraria al cuidado de sí misma, a la ganancia que se obtiene de la apropiación de sí. Ingredientes difíciles de hallar en las ofertas de juegos “para niños”, centrados en  la inventiva, el cálculo, la asimilación del riesgo, o bien,  el “como sí” de un conflicto, presupuestos que contemplan los diseños de los juegos orientados a la demanda infantil masculina. El niño establece una analogía con las reglas del mundo público, cuyos modelos de interacción que, para bien o a su pesar, le dotan de otros recursos.

Nuestra primera socialización no cuenta con mensajes explícitos. La cotidianidad no se piensa se actúa, y aquí reside su fuerza porque ninguna persona congela su vida diaria para reflexionar sobre sus acciones, simplemente sigue las pautas aprendidas. En virtud de este mecanismo, se llega a creer que lo que sucede todos los días, adquiere el rango de “natural”: lo que debe ser. Gracias a esta transacción, lo que hemos interiorizado, se objetiva, lo convertirnos en social, como si estos hechos no fueran producto de la actividad humana, sino totalmente externos a nosotros, algo que asumimos tal como se nos da.

El significado de responsabilidad doméstica, no se autopercibe como fruto de una división artificial, al internalizarse logra convertirse en un cometido ineludible. Las mujeres pagan un fuerte tributo cuando sienten que “delegan” sus responsabilidades, porque el sentimiento de culpa no tarda en aparecer, seguido de una sensación de extrañeza, de perplejidad por no adaptarse a “lo que otras mujeres hacen”. Una incertidumbre que no se resuelve apelando a los condicionamientos sociales, sino que se inscribe en el estrecho marco de lo personal, como si fuera un déficit individual, y no una poderosa pauta estructural, de ahí el malestar que se genera.

Si bien los roles no se eligen, es cierto que a medida que la biografía del sujeto gana terreno, se exponen a sufrir algunas modificaciones. Pero este paso no está exento de problemas. Para empezar, es necesario acreditar la propia experiencia, no depreciar lo que se siente esté, o no, conforme al debido cumplimiento del rol femenino. Pero el mecanismo que conforma el rol es sumamente sofisticado, porque mantienen un fuerte componente normativo, se rigen por reglas de actuación, este hecho implica que  “separarse” de sus máximas, expone al sujeto a un primer acto de deslealtad. En esta situación la tensón está servida: entre los mandatos de rol y sacar un mejor rendimiento de lo personal, potenciar lo que es de cada una.

Sin embargo, no podemos escapar a una pregunta ineludible ¿cómo puede articularse lo biográfico, autoafirmarse, cuando el ideal del amor propio ha sido vinculado a un rasgo egoísta…, en el caso de las mujeres?

IV. SER SUJETO O LA LEALTAD AL GÉNERO

Definida interaccionalmente, la lealtad supone la existencia de acatamiento ante las expectativas del grupo (la familia u otros sujetos) y del macrogrupo (el orden social). Frente a estas expectativas un sujeto adquiere el compromiso de asumir determinadas actitudes para cumplir debidamente los mandatos de rol, a cambio el grupo le reconoce, le otorga el mayor de los sentidos: la identidad.

De esta forma el rol se transforma en una señal de (re)conocimiento, puesto que si lo ejerzo según lo recomendado, garantizo la legitimación de su desempeño en otras mujeres y, al mismo tiempo, “me” garantizo socialmente ante los demás,  puesto que me identifican en función de “mi” rol. El sistema familiar, como otras instituciones sociales, son por naturaleza incompatibles con el sentido de propiedad individual.

Ser sujeto, es conservar lo particular, lo específico, lo singular, para negociar –no incorporar y acatar- los valores socialmente aceptados por todos. Ser sujeto, decía Agnes Heller, necesita producir un yo, para socializarse en virtud de su particularidad. Actuar desde la propia biografía representa validarse en un espacio. ¿Pero quién estima, valora el espacio? El orden social ha marcado una jerarquía con los espacios, público, privado y doméstico. El esquema es sencillo, se marca un referente predominante – lo público, lo político, lo laboral- lo objetiva (dicho de otra manera: tecnifica su valor) y lo pone en circulación con la misma estrategia seguida por los roles: apelando a la ciencia, a la naturaleza, al sistema de expertos (encuadrado en el momento histórico correspondiente). Todo vale para no cuestionar la artificialidad de este escenario.

La lealtad al género completa la identidad de rol femenino.  La naturaleza de género cristaliza en los discursos, en los enunciados. Lo femenino se ha poblado de signos que denotan su esencia: la veneración, la obediencia, la debilidad, la dulzura, la revalorizada capacidad de sentir la alteridad donde el sentido del “otro” está en el origen de todas las prioridades. Todos estos elementos son transversales a la activación de roles: esposas, hijas, compañeras, madres, en un extenso repertorio de papeles.

Si este es el escenario, habría que pensar en qué paradoja caen las mujeres cuando el amor propio entra como sinónimo de orgullo y vanidad, precisión que no afecta a la población masculina. Al hablar de individualismo, en ningún modo se instaura el confortable ideal del trono infantil de la autocomplacencia. De profundizar en su origen, ha sido una virtud griega, ilustrada, del utilitarismo del XIX, hasta la esencia de las democracias, siempre ligado a un principio moral que enfatiza no despreciar lo que sólo a uno le concierne. El individualismo ha sido tratado como una excelencia, como una virtud ética porque el reconocimiento de los demás precisa de una previa acotación de lo propio. Fernando Savater, llega más lejos y lo relaciona con el altruismo, porque sólo si uno se toma en cuenta no se transforma en una caridad mutilante para los demás (que, curiosamente, siempre son los que menos “se” tienen).

Decir esto no es una recomendación moral, es un requisito de integración en una comunidad más global, En el siglo XVII, ya el primer texto constitutivo del Estado (El levitham) se recordaban los beneficios de la propiedad de sí, como un fundamento del pacto social. Si bien ha pasado mucho tiempo desde que el filósofo Hobbes, ideara el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, es cierto que en el caso de las mujeres, tomarse en cuenta, en el doble sentido de autocuidado y autoreferencia todavía se desliza dentro de un esquema de culto hacia uno mismo, cercano a la onmipotencia o el narcisismo. Manifestar abiertamente el trato que deseo para conmigo misma va acompañado de una sensación de egoísmo culpabilizador.

Sin embargo, las mujeres cuentan con el significante “sus” como dispositivo de indentificación, califican como propio la práctica de funciones de cuidado, otorgándose el estatuto de cualidades que sólo la mujer puede sustentar, como si de atributos o dones se tratase. Dentro de la estructura matrimonial, la misión de esposa, cuyo rol social era cuidar del marido, junto con el sentimiento de pertenencia de los hijos, al rotular, ella misma, como “ayudas” las tareas que esta área asume cualquiera que no sea la responsable del hogar.

Des-aprender, de-construir, en una estructura social que ensalza y sanciona, de acuerdo a normas de rol, no es tarea fácil, aún así, resulta importante transgredir las lealtades de rol, tener consciencia de la sujeción que conlleva atenerse a los referentes dados, así como los beneficios que reporta esta acomodación.


[1] Estas reflexiones forman parte del Estudio Las Relaciones de Poder entre Hombres y Mujeres, realizado a instancias de la Federación de Mujeres Progresistas. Publicado por el Ministerio de Asuntos Sociales. En Madrid. 2001.
[2] Aunque no sea “su” intimidad lo que preserve, como he tratado de reflejar en mi texto el Mito de la Vida Privada: de la Entrega al Tiempo Propio. 1996. Madrid. Ed. Siglo XXI.

[i]. VIOLI, Patrizia. El infinito singular. Ed. Cátedra. Col. Feminismos. Madrid, l99l.
[ii]. CIRLOT, Juan Eduardo. Diccionario de Simbolos. Ed. Labor. Barcelona, l985.
[iii]. No se recogen aquellas teorías sobre el género como la de N. CHODOROV, que describe un proceso de transición edípica distinto entre el niño y la niña, con importantes consecuencias sobre la autoestima, o la aportación de C. GILLIGAN, sobre la diferencia de género en función del logro y de la imagen de sí mismos, forman parte de la abundante referencia al psicoanálisis o las teorías del valor moral, resumidas bajo la idea de “cultura de mujeres” que cuenta con tendencias postestructuralistas francesas y análisis de las relaciones de objeto. Para una visión de la incidencia del género en los planteamientos freudianos ver.: DIO BLEICHMAR, E. El feminismo espontáneo de la histeria. Ed. S. XXI. Madrid, l99l. que une la síntesis al factor género.
[iv]. RUBYN, Gayle. “The traffic in women: notes on the “political economy” of sex”, en REITER, R. (ed). Toward and Anthropology of Women. p: l57-210. N. York, Monthly Review Press. l975.
[v]. BENHABIB, Sheyla. “El otro generalizado y el otro concreto” en BENHABIB, S y CORNELL, D. Teoría feminista y Teoría Crítica. Edicions Alfons el Magnanim. Valencia. l990. pág. l48.
[vi]. SCOTT, Joan W. (1986). “El género: útil para el análisis histórico”, en AMELANG, S. J. y NASH, Mary (eds). Historia y Género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea. Edicions Alfons el Magnánim. Institució Valenciana d’Estudis i Investigació. Valencia l990. pp. 23-56.
[vii]. SCOTT, J.W. op. cit. pp. 28-29.
[viii]. “Esta ausente del importante conjunto de teorías sociales formuladas desde el siglo XVIII…aun reconociendo la “cuestión mujer”…en ningún caso hizo su aparición como forma de hablar de los sistemas de relaciones sociales o sexuales”. SCOTT, J. W. op. cit. pp. 42.
[ix]. FOUCAULT, Michel. “La gubernamentalidad”. En FOUCAULT, Michel et al. Espacios de Poder, Ed. la Piqueta. Madrid, l981. pp. 9-26.
[x]. BEECHEY, Veronica. “Rethinking the definition of work”. En JENSON, Jane et al. Feminization of Labour Force. Paradoxes and promises. Polity Press, Basick Blackwell. Londres, l988.