La semantización del cuerpo femenino

Clave: A. Revista de Salud CAPS. Centro de Salud Catalán.

Generalitat de Cataluña.  Barcelona 2002 (pp.: 25 -36)

¿Cómo hace para conservarse tan joven?
– Estar en buena compañía; interesarme por las opiniones de los demás y, sobre todo, reír.
Djuna Barnes. Nueva York. 1988.

Sabiendo que lo primero que se pone en juego en una relación, desde la primera interacción, es el cuerpo, los medios de comunicación no han escatimado metáforas  y  figuras para hacer del cuerpo femenino, la primera y más rotunda ambición de las mujeres, pero no para cuidarse sino para examinarse a la búsqueda de un defecto que subsanar. Las revistas especializadas tienen la virtud de presentar a las mujeres como prototipos fijos, al margen de su edad y condición, cualquiera de nosotras está en condiciones de aspirar a un cambio de imagen. El grado de la transformación buscada dependerá de cada “bolsillo” particular para la adquisición de pócimas mágicas, porque el deseo –que sí debería ser particular- ya viene formateado por los medios. De cómo se realiza este proceso y, sobre todo, de la manera en que se congenia este banquete de posibilidades que venden las revistas, con el sentirse ciudadana, será el eje que guíe las siguientes páginas.

¿Pero, qué relación tiene el cuerpo con la ciudadanía? Los signos que tienen en común nos los ofreció en el siglo XVII un viajero como Thomas Hobbes, quien en su afán de construir una comunidad pacífica y ordenada,  nos daba la pista para hacernos todos filósofos mediante el siguiente esquema: filosofar es igual a razonar y gracias a nuestra capacidad para apelar a la razón podríamos utilizarla con el fin de dominar la naturaleza. Para razonar, el cuerpo se convertía en imprescindible, por ello le dedica una obra De corpore, l655, donde explica que la vía de conocimiento se basa en la experiencia y ésta, a su vez, es sensorial. ¡Gran hallazgo!, el conocimiento no es incorpóreo (como rige en la Edad Media, al ser un don procedente de un Dios), todo lo contrario: sé gracias a mis sentidos.

Además, sólo de nuestro cuerpo se verifican las acciones (en este caso, anticipa los  cimientos para la investigación natural). No obstante, cuando el cuerpo adquiere un significado cercano al dominio es a partir de su obra magna, el Leviathan. En ella no hay concesiones: para ser ciudadano hay que ser dueño de uno mismo y propietario de su cuerpo.  Atrás queda la negra Edad Media, donde los hombres no se pertenecían a sí mismos, sino a un señor feudal fuerte y territorial. Pero, hoy en día, nos pertenecemos, marcamos las reglas de nuestro cuerpo, o además del tiempo, también nos han expropiado la imagen singular para que aspiremos a un rostro y cuerpo estandarizados.

Me pregunto, volviendo a este siglo global e informatizado, si han perdido vigencia las recomendaciones de Hobbes, especialmente si pensamos en el tratamiento de un cuerpo secuestrado por una ingeniería que diseña imágenes serializadas, “todas las modelos comparten rasgos semejantes”, pero adquieren un status mágico cuando por medio de unas estrategias oportunas, los medios de comunicación ponen a nuestro alcance todos los signos que, de consumir el producto adecuado, bastaran para cincelar nuestra apariencia. Aquí no hay nada improvisado, primero se presenta un ideal, con los suficientes puntos en común para que la identificación este asegurada, en un discurso cercano al: “no me parezco, pero puedo intentarlo”. Lo que después observamos en el papel couché es un cuerpo cuya fachada es un icono[1], todas las mujeres de papel se parecen entre sí, entonces ¿quién establece la diferencia?: las mujeres que “de carne y hueso” (más de “carne” que de hueso) que al observar y comparar-se, las mitifican. Nada es casual: las lectoras somos mujeres, compartimos anhelos y realidades comunes, por lo tanto, es viable que intentemos emular un arquetipo al que vemos más perfecto, cuanto más imperfectas nos percibamos. Es un juego de espejos, donde hay ganadoras y perdedoras.

Las revistas postmodernas: Cosmopolitan, Elle, Vogue, Marie Claire, entre otras, no escapan a este esquema,  distribuyen trucos que “aumentan” la autoestima, cuando no “elevan” pechos, o “refuerzan” culos: Siempre más alto, mejor, excelente. Sin embargo, lo real, por el sólo hecho de serlo, está repleto de imperfecciones, de particularidades, en virtud de las cuales un individuo registra las características que lo revelen como único. En cambio, el icono es una tentativa que representa un modelo clónico: delgadas, jóvenes, sumamente atractivas, pero arropado en la diversidad de una amplia gama de estilos, que nos convocan para no parecernos a nadie, genuinamente única entre todas las mujeres.

Si bien, cualquier sujeto que no logré alcanzar un modelo propuesto está expuesto a generar cierto resentimiento o actitud envidiosa, propio del discurso de la “falta” frente al de la complitud, el lenguaje gráfico y discursivo de las revistas de moda sabe como evitar semejante riesgo. Primero multiplican sus ofertas, la  belleza, comparte espacio con los consejos para las mascotas, la jardinería, las recetas japonesas, o el punto caramelo; en puzzle sin final, de esta forma se evita que la oferta sea demasiado específica, además para impedir que nadie deserte antes de tiempo se ofrecen  todas las vías posibles bajo el prisma de la extrema sencillez: simple y entretenido. ¿Quién da más? ¿Cómo sustraerse a la plenitud, cuando es tan fácil llegar a conseguirla?: Adelgaza cinco kilos en una semana;  Esculpe tu cuerpo en 10 movimientos; Trucos verdes para dormir de un tirón; Resalta lo mejor: cremas correctoras, en una cadena interminable que cada lectora puede completar.

Saberse ciudadano, no en el sentido otorgado en el siglo XIX, que fue testigo del establecimiento del sufragio y  la democracia política, sino en la peculiaridad cotidiana de la participación que hoy se reclama, parece no ser compatible con la paulatina, aunque exitosa confiscación del cuerpo de las mujeres. La ciudadanía se ejerce en un microcosmos como la pareja, el hogar, el trabajo, y en un marco político con mayúsculas. Y sus ingredientes apuntan a los nuevos pactos, a la inevitable necesidad de realizar negociaciones particulares, especialmente si pensamos en los nuevos cambios que día a día afrontamos en cualquiera de estos ámbitos.  La atención y obsesiva designación que se deposita en cuanto a las formas, en un juego constante de ofertas sofisticadas, es capaz de provocar un poderoso extrañamiento, un percibirse “incorrecta”.  “gorda”. “flaca”, “vieja”, en todas aquellas que osen comparase con la imagen propuesta. Les resta energía, aunque lo más horadante, es que les niega la propiedad sobre sí mismas, porque “tenerse” precisa de una primera aceptación, sin dejar de lado los avances y retrocesos pertinentes, todo sirve para construirse. En todo proceso de crecimiento existe una alianza entre la experiencia y mi saber, pero si todo este proceso debe cribarse en aras a una autoobservación, no en el sentido de auto-contemplarse (que buena falta les haría a las mujeres) sino de precipitarse al auto análisis de lo que “no tengo”, se entra en un discurso deficitario que toma el cuerpo como el lugar del especialista, de la interacción.

Resulta una paradoja proclamarse ciudadana, cuando el cuerpo es un campo de correcciones y se transforma en un lugar del que me distancio para adaptarlo, o volverlo del revés, como se (re)quiera. Es cierto, que habitar el propio cuerpo, con el sentimiento de sentirse dueña del mismo, es un hecho reciente para las mujeres. Si ha existido un consenso entre pensadores, médicos, sacerdotes, no importaba clase y condición, éste se ha basado en la persistente sospecha sobre la malignidad del cuerpo femenino.  Sus discursos no regatean explicaciones “científicas” para validar sus teorías,  armadas bajo una única recomendación: precaverse de la conducta de las mujeres. El cuerpo femenino ha sido blanco de las más sofisticadas afrentas: la Sofía de Rousseau, la deshonra cristiana, el puritanismo, la teoría freudiana (y su catálogo de envidias) , la doncella mancillada,  la perfecta casada, todas estas prescripciones nos llevan a una severa petición: separarnos de nuestro cuerpo para domesticarlo, porque nosotras somos las primeras guardianas de sus fronteras.

Hoy en día, en el vanagloriado siglo XXI, el mercado ha capturado el cuerpo, la industria de la cosmética, la moda y la cirugía ha destacado en primera fila a sus mejores profesionales para, bajo un precio –en cuenta o financiado- garantizan la mistificación de un cambio total, por esta razón, provocar la ilusión de una completa transformación está al alcance de cualquiera. La razón ha perdido su dominio para ceder su papel a los prodigios: el acceso a esa imagen distinta y alternativa que obstinadamente me obliga a la comparación, ante la cual es imposible “resistirse”.

EL MERCADO RECOMIENDA

Primera regla: El Auto-examen

No se trata de reflexionar sobre algunas características sobre una misma, sino sobre el cuerpo con el propósito de obtener la máxima nota. ¿Dónde está el modelo? ¿Cuáles son las claves que me permiten el acceso al canon recomendado? Para empezar cambiemos la identidad que surge de la propia biografía, de la práctica cotidiana, y prioricemos la búsqueda de una imagen que esté en venta. Pongamos el acento en nuestra apariencia, y convirtamos la misma en la única tarjeta de presentación, capaz de otorgarnos una posición lo más cercana posible al icono recomendado. Gracias a esta estrategia de negación de lo propio, la sociabilidad queda presa de la mirada ajena. Una mirada que sujeta y “me” sujeta al modelo establecido, cuya paradoja radica en venderme la idea de hacerme única: “pensando en ti”.

Entiendo la identidad, en la línea que propone Michael Foucault, como una relación de diferencias, no de semejanzas: lo que me separa de los otros. En definitiva, tener presente  “mi” singularidad, fruto de mi trayectoria personal. La definición que se percibe de una misma es producto de dos dimensiones. Primero, de la ratificación del entorno, resulta imprescindible que me asegure en virtud de la imagen que me devuelven los demás, gracias a lo cual me confirmo.

Y, por otro lado, la construcción de significados sociales que me vienen dados (la idea de familia, de maternidad, de ejercicio de roles) ante los cuales se establece un proceso de negociación, entre el deber ser y lo que me dicta “mi” experiencia el ser, o sentido que doy al ámbito social. En otras palabras,  un permanente ajuste entre lo que me recomienda el discurso social y, lo que producto de mi sabiduría vital, asumo como propio. Basar la identidad en la exigencia de una imagen corporal, implica desacreditar lo que de singular hay en mí para permutarlo por los requisitos de una nueva credencial: la belleza.

Segunda regla: Detectar y corregir

No es oportuno percibirse “entera”, perderíamos recursos en forma de receta porque optimizar la observación pasa por desagregar, pormenorizar todo lo posible. El objetivo no admite dudas, habremos de escrutar, parte por parte, la totalidad de nuestra corporalidad. Antes hemos de saber muy bien cuál es la diferencia entre el cuerpo autopercibido y el cuerpo deseado, esta lógica forma un excelente binomio sobre el que mirar, catalogar, anotar y comenzar el proceso –laborioso, pero fácil- del cambio prometido.

No se lee, o se escucha un medio, es un ejercicio comparativo. El repertorio de significados es elemental y se ha de empezar del siguiente modo:

1º: No me gusto a mi misma,

2º: No me parezco a las mujeres de papel couché.

3º: El convencimiento de que “puedo” hacerlo

4º: La disección: brazos, caderas, culo, senos…; añadan lo que deseen.  Una vez  que cada una se vivencia “preparada” para iniciar el recorrido de perfectibilidad, sólo queda localizar, clasificar y corregir.

Fijándonos sólo en los signos alimenticios, observamos el orden que se precisa para completar con éxito la tarea:

1. Anotar lo que se come, o no se come. Confeccionar un diario de la ingesta.

2. Suplantar  los alimentos por equivalencias, un alimento remite a un significado que no es el propio alimento, sino las calorías contenidas en cada uno.

3. Juegos de sustitución: mejor el té que el café, mostaza en vez de mayonesa.

4. Disciplinarse, organizarse, autoconvencerse.

Los ejercicios, no importa que sean o no satisfactorios, implican una decisión  constante y actúan –también- sobre un cuerpo fragmentado; las máquinas de los gimnasios trabajan discriminadamente sobre cada parte.

La fragmentación bajo la exploración de la mirada fémina, detecta lugares, no son las caderas, sino su dimensión lo que hay que reducir, o ampliar. Parches sobre parches, hasta formar un bello Frankenstein.

La piel no queda excluida de la gran aventura. La mitología de las sustancias cada vez más cercanas a la microbiología, o los fluidos primigenios: placenta, seda, proteína, vitamina, construyen un escenario mitológico, lleno de hadas madrinas que exorcizan el tiempo del rostro, del cuerpo. Su especificidad es cada vez más extremadamente sofisticada: cuello, párpados, labios, codos, antebrazos, escote; con las cualidades pertinentes a cada zona: reafirmar, hidratar, nutrir, modelar. La piel ha perdido su efecto frontera, las cremas son ultrafinas, ultrapenetrantes, no se notan, no engrasan. Por si no fuera suficiente, las marcas luchan por abrirse paso en la elección de la clienta; de la propia marca surge un ser social, no es sólo un producto, es una línea de autocuidado, un estilo de vida. Quien la consume se sabe poseedor de sus efectos pero no de la paradoja: ‘le ofrezco una marca para “sobresalir” del resto’, pero al hacerlo entro en el juego de las semejanzas, lo exclusivo se ha estandarizado.

Tercera Regla: Ocultar los arreglos y los defectos.

De todas formas, si con esta legión de propuestas, aún no se detenta el aprobado sobre nuestro cuerpo, si nos fallan las cremas (no es el es producto lo que se cuestiona, sino nuestro soma) por esta razón, se recurrirá a métodos más invasivos, como la cirugía. Por añadir sólo un ejemplo de la importancia del icono sobre el sujeto mujer, pensemos que los cirujanos especializados en senos, bien reduzcan o aumenten, priorizan en su intervención la función mamaria de la paciente, no importa su edad o condición, su papel reproductor es infalible. La sensibilidad no está garantizada, lo erógeno cede su lugar a la función nutricia.

La cirugía estética, como la estilística, aplica el principio de confidencialidad, las cicatrices se ocultan y “nadie hace nada” por estar tan guapa. Baudrillard nos dio la receta de la seducción y la publicidad de todos estos productos nos seduce. Pensemos que seducir es una cualidad que implica ocultarse, sólo es válida a cambio de no ser descubierta, de no ser expresada. Disimular, velar, desorientar, no ofrecer signos que destapen el juego. Los cuidados del cuerpo son secretos, como los de la belleza, ninguna desvela sus formas de mantenimiento. Para seducir hay que desertar del propio querer y detectar que quiere el otro que yo quiera. Eso es lo importante. Es un juego de apariencias y espejos. Fernando Savater sostiene que para mantener cualquier relación –de cinco horas a cinco años- hay que mantener un egoísmo plenamente lúcido y consciente, es decir, pensar en mí.

Las revistas para mujeres, jóvenes o no tan jóvenes, añaden a la fragmentación corporal, la búsqueda del placer, pero no del propio, otra contrariedad para seguir fieles a la ciudadanía, sino del placer ajeno. El repertorio de trucos es inconmensurable, pero todos tienen una coordenada común, objetualizarse, es el otro quien decide, cómo, dónde y cuándo, y el que se reserva la nota final. No queda hueco para la interlocución, me gustaría sólo enunciarlas reglas que guían cualquier interacción, soy consciente que son muy sencillas de enumerar, y muy complejas de concretar en lo real:

Primero, es una comunicación entre dos sujetos. No entre un sujeto y un icono. Es decir, para conceder la palabra a otro, primero la tengo que tomar yo, en otras palabras, saber que “me tengo”

Segundo, debe existir la máxima reciprocidad, los dos muestran cara y cruz de su estar y pensar. Defectos y virtudes comparten mesa y mantel.

Tercero, reconocimiento de la autodeterminación. Shopenhauer decía que el problema no es hacer lo que quiero, sino saber si soy libre de hacer lo que quiero. Quien vive éticamente, tiene como tarea hacerse a sí mismos.

El consumo de imágenes e iconos es una carrera de obstáculos, cuando creías que casi eras perfecta, aparecen nuevas semantizaciones que definen la realidad, la construyen y la ponen en circulación: la piel naranja, o la superwoman, no existían antes de que la industria hubiera centrado su campo de marketing en el cuerpo de las mujeres. El desfallecimiento de no lograr alcanzar el prototipo significa estar centrada en los demás, desde la propia disciplina. Las mujeres deben tener presencia –así lo asevera el mercado de trabajo- y mantenerse siempre jóvenes.

Sabemos que el cuerpo del varón no caduca, gracias a que lo prioritario no está en su apariencia, sino en sus bienes materiales o inmateriales (el prestigio incluido). Ellos conocen el poder de la ostentación, y son los bienes los que muestran su primera credencial ante su entorno. En cambio, el cuerpo de las mujeres asume otro proceso, se deteriora, marchita e invisibiliza paulatinamente. Muy pocas mujeres “maduras” comparten su deseo con hombres más jóvenes, porque las claves de la seducción masculina no depositan en lo material su erotismo, es el cuerpo femenino el dueño de la relación, mientras que hombres con un cuerpo ajado, sin preocupación por ocultar su envejecimiento, sí encuentran cuerpos jóvenes que se muestren enamorados.

Bien es cierto que las mujeres, así lo ha recomendado el discurso social dominante, han creído tener su identidad garantizada ejerciendo su rol. Un rol que se superpone a su condición de sujeto. Es por el rol, por el que se la identifica, en una primera y segunda instancia. Siempre está presente, siempre se les (nos) recuerda.  Las mujeres no aparecen en los medios sólo por lo que hacen, junto a sus éxitos profesionales, se subraya que no han perdido las cualidades de esposa, madre o estabilizadora de conflictos, cualquier medio es “sensible” a estos atributos “femeninos”, “sólo” femeninos.

El vinilo fue un material virtuoso con el registro musical en tiempos pasados. Cuando titulo mi ponencia, mujeres de vinilo, es por utilizar una metáfora que aluda a la necesidad de cambiar de materiales, de ingredientes en la definición social de las mujeres. El vinilo está tan gastado como el rol, y si antes se solicitaba de las mujeres el puritanismo, ahora se las demanda luchar contra-reloj con su propio cuerpo.

Un sujeto mujer debe desentumecerse de las imperfecciones, desembarazarse de la industria que se obstina en señalarlas y, al mismo tiempo, ofrecerles cualquier remedio de efectos prodigiosos. Porque las faltas (no propias, sino creadas por el nuevo mercado) actúan a modo de obstáculos a la propia autodeterminación, que si bien es una palabra instrumentada por los nacionalismos, en el caso de las mujeres parece urgente incluirla en nuestro vocabulario. Con un cuerpo fragmentado, la dinamita está servida, la estética ha reemplazado la ética, y tratándose de mujeres, la ética de una misma es una cuestión inaplazable. Ser ciudadana, en el sentido clásico del término, es lo único que no debe pasarse de moda.

 


[1] El icono se opone al símbolo. Ambas son figuras que se basan en la relación que mantiene el signo con la realidad exterior. Por ejemplo, el símbolo mantiene una relación puramente convencional: la cruz que designa la creencia cristiana, mientras que el icono experimenta una relación de semejanza: la blancura de la nieve.