Decía Italo Calvino que para saber si un texto es clásico basta con releerlo y saber si  sigue vigente, en la medida que nos ayude a entender las claves del presente. Los textos de Clara Campoamor bien podrían incluirse bajo esta denominación, aunque para ser honestas, es posible adivinar que no siempre tuvieron la difusión que merecían sus contenidos. Cuando escribió Revolución Española vista por una republicana, donde se exponían los antecedentes de los primeros meses de la Guerra Civil en Madrid, detallando las causas que debilitaron a las instituciones republicanas, este libro pasó desapercibido, incluso para los más implicados en el acontecer político. No resulta aventurado suponer, que el título “vista por una republicana” no actuó como la mejor de las acreditaciones de saber.

Hoy que estamos desarrollando el Anteproyecto de Ley Orgánica de Igualdad entre mujeres y hombres, es una fortuna releer a Clara Campoamor, porque su experiencia –en el sentido estricto del término: la unión de reflexión y acción- como defensora del sufragio universal, se convierte en un tratado de argumentos políticos indispensables para reflexionar sobre el alcance de la igualdad de trato y consideración. Clara estuvo sola en la definición de todas sus propuestas, la soledad propia de aquellas personas que se sitúan en las vanguardias de la opinión pública, que emprenden una senda cuyo recorrido, a pesar de no estar exento de críticas y agravios, cuentan con un horizonte irrenunciable. El de Clara se sustentaba en alcanzar la igualdad, como principio que habilitaba a las mujeres para poder formar parte de la voluntad general. No hay derechos, si éstos no son universales. Y el sufragio debía asumir esa condición: que  las ciudadanas y ciudadanos fueran los legítimos electores del poder político.

Con su gesta comprometida –no en vano mantuvo posiciones, contra todos y todas, hombres, mujeres y tendencias políticas-, Campoamor logra redefinir el contrato social del siglo XVIII; pero esta vez sin excusas: las mujeres son ciudadanas. Y entre sus derechos, caben aquellos que las conviertan en electoras disfrutando de la equivalencia de atribuciones que gozan los ciudadanos. Ahora, en el 2006, queremos extender la acreditación de ciudadanas, ya no sólo para que las mujeres sean electoras, sino también elegibles, en virtud de obligar, mediante Ley, la representación equilibrada entre mujeres y hombres. Y sabemos que la historia tiene la recompensa –o el defecto- de reproducir los mecanismos de resistencia ante la igualdad de oportunidades (de ahí que los textos de Campoamor, mantengan la definición de clásicos), porque la oposición es equivalente aunque se recurran a ejemplos distintos. Sin embargo, y al mismo tiempo, contamos con el privilegio de nutrir nuestras actuaciones a través de la memoria feminista de los escritos de Campoamor. Nunca sabrá lo útil de sus argumentos, de sus réplicas, de sus reflexiones; en suma de su ideario político, cuando tenemos que defender el principio de igualdad.

Si las Cortes Constituyentes aprobaron el sufragio femenino en 1931, hoy en día nos corresponde dar una vuelta de tuerca al concepto de ciudadanía para hacer efectiva la elegibilidad de las mujeres en todos los ámbitos de decisión. Entramos, como lo hizo Clara, en aquellos terrenos donde los privilegios tenían en la masculinidad su carta de naturaleza, que les posibilita establecer su mantenimiento y sus criterios de adjudicación. Me parece digno de reflexión, que ningún varón haya visto cuestionado a cualquier representante de su sexo por el simple hecho de pertenecer al género masculino, en todo caso, de acontecer determinadas circunstancias, éstas serán entendidas como razones “particulares” del individuo concreto, pero no imputables al  género que lo representa. En el caso de las mujeres, otras reglas entran en juego. Una de las más eficaces, es la descalificación de toda propuesta de la igualdad recurriendo al  cuestionamiento y la duda sobre la valía del conjunto de las mujeres. Persiste la  instauración de la ideología de la sospecha allí donde se vindica; por estos motivos se abren todos los interrogantes posibles sobre la acreditación de quienes demandan y, sobre todo, sobre la “oportunidad” del objeto de la demanda.

La igualdad siempre ha estado más vinculada al cambio de mentalidades, y a la madurez educativa –sensitiva añadiría yo- del resto de la población; mientras que otros derechos han contado con la prontitud y la normatividad que propician las leyes. La propiedad privada fue regulada, sin dejarla a expensas del buen entendimiento de los individuos sobre los límites que conlleva el respeto de los bienes ajenos. No caben dilaciones, se precisa la contundencia del legislador y de ahí que se sancione cualquier apropiación indebida, desde los orígenes del Estado moderno. Sin embargo, allí donde se quiera hacer efectivo el principio de igualdad, aparecerán portavoces femeninos y masculinos que recomiendan tiempos de espera y transformaciones más sosegadas para que no altere la escena social. La desigualdad no desaparece gracias a las recomendaciones morales, es una posición ética y bien sabemos que no hay una ética sin derechos.

Los repertorios de la sospecha han cambiado de contenidos, pero siguen siendo certeros en sus motivaciones patriarcales. Si a Clara le advertían del voto “conservador” de las mujeres (responsabilizando a la diputada del Partido Radical del resultado de las elecciones en el triunfo de la CEDA), en el presente se nos recuerda que los procesos de mérito y capacidad son “neutrales” y, por lo tanto, no aptos para incluir “colectivos” cuya admisión iría más de la mano del favor hacía el desigual, que de la convalidación de derechos. Si antes las mujeres no estaban “preparadas políticamente”, ahora no lo están “técnicamente”, en un círculo de advertencias que encierra un uso indebido del poder, claro ésta que sólo cuando éste ha de ser compartido con la mitad de la población.

Se ha acusado al Anteproyecto de la Ley Orgánica de Igualdad de “rejón de muerte para el diálogo social”, donde las metáforas están encaminadas para hacer de las mujeres, o de las materias que nos ocupan, las responsables de los mayores desastres que pudieran acontecer, como se le dijo a Clara ante su propuesta del voto femenino, que era “Una puñalada trapera contra la República”,  pero Clara tiene presente cuál es su compromiso, aunque la consecución del mismo le traiga consecuencias cercanas a la extradición política. Ella, por lo que se deduce del magnífico texto El voto femenino y yo necesita vivir el presente pensando en clave de futuro, de otra manera no lo hubiera resistido. Nos recuerda: Yo sabía que el tiempo justificaría todas mis tesis, y aún esperaba ingenuamente que al operarse esta justificación mis conciudadanos se inclinarían ante el fallo, pero no ha sido así, Han transcurrido cinco años desde las elecciones de 1933, en clara alusión al triunfo del Frente Popular, con el voto de las mujeres. Hecho que no trae consigo rectificación ni indemnización del daño causado, por ello se pregunta ¿Han enmudecido los misóginos políticos? La reparación no es habitual que se contraiga con las mujeres. Victoria Sau reclamó en un congreso en Barcelona que era el momento oportuno para pedir perdón por la violencia infligida a las mujeres víctimas de maltrato, a través de un gesto simbólico que significa una reflexión crítica capaz de propiciar, por el simple hecho de hacerse públicamente, un cierto cambio de percepciones sobre nuestra imagen.

Clara Campoamor nos enseña –desde la experiencia crítica y emancipadora- que en política, especialmente en los ámbitos públicos, es preciso que la razón prevalezca sobre el repertorio de perjuicios que cuentan con autorizados portavoces. Es preciso desvelar que el único propósito de quienes así se manifiestan, es mantener el uso exclusivo de los espacios de poder y decisión, con la mejor de las estrategias: mantener los derechos de admisión bajo su único criterio. Si Campoamor nos enseñó que la cuna es un origen y no un destino, o el reconocimiento de las criaturas habidas fuera del matrimonio, o el derecho al divorcio, queda que su recuerdo no se ciña sólo a la conmemoración del voto de la mujer, sino al compromiso político de ser intransigentes ante cualquier instancia que condicione la titularidad de las mujeres como ciudadanas. No hay venías que pedir, ni favores a los que acceder. Los tiempos deben ser otros, porque la igualdad es un principio democrático de carácter irrenunciable.

No me cabe imaginar cómo debieron ser sus últimos años en Lausanne, trabajando en 1955 en un bufete de abogados, cuando la memoria de una vida persiste como patrimonio personal, pero también emerge en forma de añoranza de aquellos tiempos de gloria de quien ha influido en el rumbo de la historia, sin que ésta traiga consigo el reconocimiento y la gratitud. Clara Campoamor es ante todo, una feminista republicana y no conoce el resentimiento. Quizás por ello, cuando muere en l972 desea que sus restos sean incinerados en San Sebastián, porque es el lugar donde ella vivía cuando se instauró la República.