He visto mujeres que han estado luchando contra los kilos y luego cuando se separan se hunden. Se han hundido físicamente… se han muerto de dolor.
Marina Subirats.

1. Un cuerpo cautivo

Durante el siglo XVIII nos secuestraron la razón. El producto estrella de la Revolución Francesa. De nada servia haber luchado durante la contienda porque calmados los ánimos, ser mujer no permitía acceder a la gloriosa condición de ciudadano. El siglo XIX se concentró en aquellas recomendaciones que hacían de nuestro deseo un lugar de pecado y culpa. Para saber sobre la honorabilidad de un varón, no se le interrogaba a él. No importaba su conducta, sino la de sus hijas y esposas, quienes podrían mancillar el apellido familiar si se dejaban llevar por sus instintos. En el siglo XX, una vez que hemos participado en la democracia censitaria a través de nuestro voto, nos vemos insertas en una persecución de nuevo cuño (no utiliza requiebros, injurias o exclusiones), sino que se obstina en facilitarnos todo aquellos consejos, productos, y magias que podrán mejorar nuestro cuerpo. Un cuerpo que siempre a la luz de las recomendaciones observadas, parece ser de una imperfección crónica. ¡Hagas lo que hagas, hay un remedio para mejorar!

En todo proceso de crecimiento existe una alianza entre la experiencia y mi saber, pero si todo este proceso debe cribarse en aras una auto observación, no en el sentido de auto-contemplarse (que buena falta les haría a las mujeres) sino de precipitarse a un duro examen: lo que “no tengo”. De esta forma se entra en un discurso deficitario que toma el cuerpo como el lugar del especialista. Un cuerpo que siempre saca mala nota. Porque no cumple la regla fundamental: prohibido caducar.

2. Estrategias de persuasión.

La publicidad ha convertido a las mujeres en las portavoces de dolores y problemas (Blanca Muñoz, lo cuenta muy bien: “padecemos en silencio las almorranas”, “nuestra dentadura no se mueve. “Me siento libre y segura”) y en el mismo instante, se ofrece una ingeniería capaz de diseñar imágenes en serie de unos cuerpos (las modelos, sanas y jóvenes) que se presentan como referentes a imitar.

La primera estrategia es presentar un ideal, un cuerpo que dista mucho del que porta la mujer que observa la imagen propuesta. El ideal debe incorporar los suficientes puntos en común con la que mira, para que ésta intente “parecerse”. La regla es complicada, primero buscar la autoexploración: “la” contemplo para luego “examinarme”. Segundo, superada esta prueba, debe surgir una mujer que rete al tiempo y, sobre todo –ahí está el problema-, se rete a sí misma. Las desertoras están prohibidas. Hay que seducir al máximo. Gracias a un lenguaje cercano, utilizando el propio código “femenino”, un discurso maternal, incondicional. Te veas, como te veas, puedes cambiar: yo estoy contigo.

Si bien, cualquier sujeto que no logré alcanzar un modelo propuesto está expuesto a generar cierto resentimiento o actitud envidiosa, propio del discurso de la “falta” frente al de la complitud, el lenguaje gráfico y discursivo de las revistas de moda sabe como evitar semejante riesgo. Primero multiplican sus ofertas, la  belleza, comparte espacio con los consejos para las mascotas, la jardinería, las recetas japonesas, o el punto caramelo. Un puzzle sin final, de esta forma se evita que la oferta sea demasiado específica, además para impedir que nadie deserte antes de tiempo se ofrecen  todas las vías posibles bajo el prisma de la extrema sencillez: simple y entretenido. ¿Quién da más? ¿Cómo sustraerse a la plenitud, cuando es tan fácil llegar a conseguirla?: Adelgaza cinco kilos en una semana;  Esculpe tu cuerpo en 10 movimientos; Trucos verdes para dormir de un tirón; Resalta lo mejor: cremas correctoras, en una cadena interminable que cada lectora puede completar.

Lo que observamos en el papel couché es un cuerpo cuya fachada es un icono[1], todas las mujeres de papel se parecen entre sí, entonces ¿quién establece la diferencia?: las mujeres que “de carne y hueso” (más de “carne” que de hueso) que al observar y comparar-se, las mitifican. Nada es casual: las lectoras somos mujeres, compartimos anhelos y realidades comunes, por lo tanto, es viable que intentemos emular un arquetipo. El problema es el reto: cuanto más perfecto, más imperfectas nos percibimos. Es un juego de espejos, donde hay ganadoras y perdedoras. Las revistas postmodernas: Cosmopolitan, Elle, Vogue, Marie Claire, entre otras, no escapan a este esquema,  distribuyen trucos que “aumentan” la autoestima, cuando no “elevan” pechos, o “refuerzan” culos: Siempre más alto, mejor, excelente.

Sin embargo, lo real, por el sólo hecho de serlo, está repleto de imperfecciones, de particularidades, en virtud de las cuales un individuo registra las características que lo revelen como único. En cambio, el icono es una tentativa que representa un modelo clónico.

La segunda estrategia, radica en provocar una autopercepción troceada. No es oportuno vivenciarse “entera”. De hacerlo, no estaríamos capacitadas para captar –en forma de receta- todas las partes que necesitan reparación. Nuestra  (auto) observación pasa por desagregar y pormenorizar todo lo posible. El objetivo no admite dudas: habremos de escrutar, parte por parte, la totalidad de nuestra corporalidad. Antes hemos de saber muy bien cuál es la diferencia entre el cuerpo auto percibido y el cuerpo deseado, esta lógica forma un excelente binomio sobre el que mirar, catalogar, anotar y comenzar el proceso –laborioso, pero fácil- del cambio prometido.  No simplemente se lee, o se escucha un medio, es un ejercicio comparativo. El repertorio de significados es elemental y se ha de empezar del siguiente modo:

1º: No me gusto a mi misma,

2º: No me parezco a las mujeres de papel couché.

3º: El convencimiento de que “puedo” hacerlo

4º: La disección: brazos, caderas, culo, senos, etc. añadan lo que deseen.  Una vez  que cada una se vivencia “preparada” para iniciar el recorrido de perfectibilidad, sólo queda localizar, clasificar y corregir.

Fijándonos sólo en los signos alimenticios, observamos el orden que se precisa para completar con éxito la tarea:

l. Anotar lo que se come, o no se come. Confeccionar un diario de la ingesta.

2. Suplantar  los alimentos por equivalencias, un alimento remite a un significado que no es el propio alimento, sino las calorías contenidas en cada uno.

3. Juegos de sustitución: mejor el té que el café, mostaza en vez de mayonesa.

4. Disciplinarse, organizarse, autoconvencerse.

Los ejercicios, no importan que sean o no satisfactorios, implican una decisión  constante y actúan –también- sobre un cuerpo fragmentado; las máquinas de los gimnasios trabajan discriminadamente sobre cada parte.

La fragmentación bajo la exploración de la mirada fémina, detecta lugares, no son las caderas, sino su dimensión lo que hay que reducir, o ampliar. Parches sobre parches, hasta formar un bello Frankenstein.

3. ¿Ciudadanas?

Saberse ciudadano, no en el sentido otorgado en el siglo XIX, que fue testigo del establecimiento del sufragio y  la democracia política, sino en la peculiaridad cotidiana de la participación que hoy se reclama, parece no ser compatible con la paulatina, aunque exitosa expropiación, del cuerpo de las mujeres. La ciudadanía se ejerce en unos microcosmos como la pareja, las amigas, el hogar, el trabajo, y en un marco político con mayúsculas. Y sus ingredientes apuntan a los nuevos pactos, a la inevitable necesidad de realizar negociaciones particulares, especialmente si pensamos en los nuevos cambios que día a día afrontamos en cualquiera de estos ámbitos.  La atención y obsesiva designación que se deposita en cuanto a las formas, en un juego constante de ofertas sofisticadas, es capaz de provocar un poderoso extrañamiento, un percibirse “incorrecta”.  “gorda”. “flaca”, “vieja”, en todas aquellas que osen comparase con la imagen propuesta. Les resta energía, aunque lo más horadante, es que les niega la propiedad sobre sí mismas, porque “tenerse” precisa de una primera aceptación, sin dejar de lado los avances y retrocesos pertinentes, todo sirve para construirse.

Un sujeto mujer debe desentumecerse de las imperfecciones, desembarazarse de la industria que se obstina en señalarlas y, al mismo tiempo, ofrecerles cualquier remedio de efectos prodigiosos. Porque las faltas (no propias, sino creadas por el nuevo mercado) actúan a modo de obstáculos a la propia autodeterminación, que si bien es una palabra instrumentada por los nacionalismos, en el caso de las mujeres parece urgente incluirla en nuestro vocabulario. Con un cuerpo fragmentado, la dinamita está servida, la estética ha reemplazado la ética, y tratándose de mujeres, la ética de una misma es una cuestión inaplazable. Ser ciudadana, en el sentido clásico del término, es lo único que no debe pasarse de moda.


  • Castells, Manuel y Subirats, Marina (2007). Mujeres y Hombres. ¿Un amor imposible? Madrid. Alianza Editorial.(pp 282)
[1] El icono se opone al símbolo. Ambas son figuras que se basan en la relación que mantiene el signo con la realidad exterior. Por ejemplo, el símbolo mantiene una relación puramente convencional: la cruz que designa la creencia cristiana, mientras que el icono experimenta una relación de semejanza: la blancura de la nieve.