El espacio diferencial: formas de habitar. Comunicación para el Congreso de Urbanismo y Calidad de Vida. COLEGIO DE ARQUITECTOS DE TOLEDO. 1994.

“No quiero un piso inaccesible para mi talonario de cheques, sólo  un  lugar donde pueda hacer lo que se me antoje” Kinsey Milhone.  Sue Grafton (F. de Fugitivo) 

La ilusión de una vivienda “privada”

Hablar de la vivienda nos remite al contexto físico del hogar así como a las expectativas de habitabilidad de los sujetos, es decir, a su particular visión del espacio.

Pensar en una vivienda implica idear un lugar hecho a nuestra medida, crear un discurso de lo posible: “tendrá grandes ventanas, orientada al sur, dos habitaciones, con un salón…. etcétera”. Aunque esta visión pronto sufrirá el ajuste a una realidad menos propensa a la ensoñación, desde el precio del suelo, condiciones de adquisición, ubicación, hasta el alquiler o la propiedad en función de la renta disponible. Sea o no factible esta configuración, a la vivienda real la precede una vivienda imaginaria,  precisamente porque la vivienda representa la unidad mínima espacial en la que un sujeto puede afirmar su soberanía absoluta (decora, derriba o amplía).

Desde el siglo XIX, cuando la vivienda se escinde del lugar de producción, simboliza el receptáculo de intimidad. Coincidiendo con la aparición de las primeras revistas de decoración, se proponen nuevos signos de distinción, éstos ocupan la vivienda convertida en el contenedor-escaparate desde el que ser contemplados. En la historia de la familia, lo más valioso se condensa en los aparadores y en la elección de sus muebles. En la sociedad contemporánea la vivienda representa un poderoso valor de cambio, un patrimonio inmueble que otorga al sujeto propietario la credibilidad suficiente para aumentar su capacidad de compra. La vivienda es considerada el principio de estabilidad por excelencia, operando a modo de un seguro, de una cláusula de salvaguardia de cara a cualquier fluctuación económica… y personal. La fascinación que ofrece singularizar un espacio, es un valor añadido de la vivienda.

Además de todos estos elementos, la vivienda no puede concebirse sin conjugar en su propia configuración dos realidades: lo privado y lo público, lo social y lo particular, en una relación dialéctica que les define mutuamente.

Ya en la propia concepción de la arquitectura, desde la elección de sus formas, se observa un código basado en la pluralidad de materiales, de signos que intervienen directamente en la vida social de sus habitantes. Por ejemplo, un plan general de urbanismo que apueste por una ciudad con espacios verdes equipados, cubriendo las necesidades de cada barrio y no mirando sólo hacia el núcleo urbano, significa configurar un nuevo tejido urbano, que necesariamente no tenga que superar las fronteras (de tiempo y espacio) existentes entre el empleo y las ciudades dormitorio.

El orden social resulta fácil de vislumbrar en las diversas formas de edificar, mediante un sistema de zonas que delimitan la ciudad según oficios, ocupaciones, status y cualificaciones. Transitar la ciudad mirando sus fachadas consigue aproximarnos a un universo de jerarquías y valores, que se vuelven inefables cuando se revisten de elementos sólidos: las grandes puertas, las paredes de cristal, la conquista en altura de los edificios financieros; o sus formas antípodas: los barrios periféricos, las torres de pisos, la concentración urbana.

Estamos poco habituados a pensar en la arquitectura urbana como un mapa simbólico de las relaciones sociales, aunque ésta consigue ofrecernos una impecable representación de la estructura social. Del mismo modo, creemos que una vivienda nueva se encuentra completamente vacía. Sin embargo, en ella se adivina la futura tipología de sus espacios a través de una simplicidad organizada: puntos de luz, enchufes, tomas de antena, teléfono, disposición de ventanales, etc. Ya su distribución nos emite una información relativa al futuro uso que les aguarda a los mismos.

De esta manera, la vivienda, como hecho físico, establece a priori una relación transitiva con el habitante,  le ofrece una indeterminación aparente a la vez que impone unas normas que imprimen un modo determinado de marcar sus recorridos. La vivienda actúa como un espacio proyectivo, nos brinda -sus sendas o pasillos- lugares donde situar las regiones de encuentro -sus núcleos o salones-, el establecimiento de los puntos centrales -el comedor- frente a sus periferias, o ámbitos poco transitados para la mayoría de los miembros del hogar -las cocinas-.

Pensar en la vivienda como el equivalente al espacio privado es lógico si se piensa en la relación de dominio que se ejerce sobre ella. Un sujeto que inaugura el espacio-vivienda puede sentirse creador, al exorcizar el blanco de las pareces, idear la futura composición de las habitaciones, cambiar la naturaleza de lo presente mediante una disposición de objetos personales. Imprimirá, de este modo, el tipo de habitabilidad que destina a cada instancia, reservará al dormitorio un espacio de privacidad (una mesa camilla, un sillón de lectura), o bien lo utilizará únicamente para el descanso. En cualquier caso, concederá a su espacio un sentido paralelo a su existencia, lo llenará de libros o de figuras de cristal, todo sirve para obtener una fiel reproducción de su experiencia a pequeña escala, a su escala privada.

En apariencia nada de lo que sucede se concibe como una reproducción social. Más bien se tendrá la sensación contraria, al recrear un recinto de intimidad mediante la representación de objetos y elementos. Así logrará procurarse un lugar con nombre propio. Por esta razón, resulta muy difícil interpretar el espacio privado como un modelo de reproducción de las relaciones sociales. Justo lo contrario, se tiende a concebir el espacio privado como si estuviera protegido, aislado del orden social. El discurso así lo confirma: “Lo que cada uno haga con su vida es asunto suyo”, en una suerte de revalidación de los asuntos particulares.

La tentativa es ilusoria, es obvio que resulta impensable guarecerse del discurso social. El sujeto que habita lo privado es, sobre todo, un sujeto con un lenguaje y comportamiento social. Por esta razón, y a pesar de connotar un lugar de recogimiento, en la vivienda también se agazapan los imperativos del espacio social, la recreación a pequeña escala de los roles o comportamientos que la sociedad se ha encargado de prescribir -también- en las reglas de habitabilidad (porque no todas las convivencias son legítimas ni posibles). De esta forma, los muros de la vivienda no la dispensan de establecer un nexo importante con su entorno económico y social, gracias a una meticulosa asignación de lugares según variables institucionales: de edad, de género, de rango y de poder.

La vivienda constituye un importante elemento de la estructura social, actúa desde la lógica de la mediación, socializa a la vez que aísla, marca la distinción con el espacio público, a la vez que reproduce los dispositivos sociales. Una doble combinatoria: “dentro”/”fuera” es el eje discursivo del que me voy a servir para pensar el fenómeno de la residencia, no como un acto individual y pasivo, sino como una relación recíproca entre el espacio y los sujetos que lo habitan.

Destejiendo el espacio de Penélope

Una forma de comprobar el grado de “infiltración” del espacio social en la vivienda (¿privada?), es conocer cómo se verifican prácticas de género. En ello me guían dos razones; la primera, porque dentro de los muros de cualquier vivienda la presencia de la vida doméstica es inevitable, lo que significa ocupar un espacio de manera distinta en función de quién sea el sujeto responsable de su organización. La segunda razón, parte de una representación de la vivienda, no sólo como la recreación de la privacidad y el sosiego familiar, sino como el lugar en el que el nivel de presencia/ausencia está sujeto a unas dimensiones horarias distintas, bien se trate de hombres y mujeres.  

 El género, en oposición a lo que comúnmente se entiende por sexo (constitutivo biológico), es una categoría social producto de la interpretación cultural que cada sociedad ofrece sobre las expectativas, haberes y deberes que cada sujeto reconstruye desde su propia experiencia de socialización: “lo que se espera de mí”, siendo mujer u hombre, los compromisos o prohibiciones de los que “he de hacerme cargo” en caso de seguir lealmente los mandatos de género. Todo un universo de lenguajes, apoyados por una distribución de lugares, de tiempo y espacio, todos ellos detectables en el microcosmos de la vivienda.

Identidad y espacio son indisociables. Sabiendo que el espacio no es un elemento estático, sino que está sujeto a definiciones, resulta importante interesarse por su dinámica, por las fuerzas que provocan sus cambios y localizar a los sujetos que los hacen posibles. Con este interés interrogamos al espacio. Para ello emprendimos un estudio que buscaba profundizar en su dimensión distributiva con arreglo a unas normas de género. El ámbito de realización fue la ciudad de Salamanca, mis alumnos y alumnas[1] fueron sus artífices, observadores cualificados que supieron categorizar los espacios propios y ajenos. Nos servimos de una metodología cualitativa, una observación directa, más el discurso que cada sujeto expresaba a modo de presentación sobre su salón, habitación, cocina, obteniendo de este modo una definición personal de cada ámbito junto con su forma de habitarlo. De todas estas coordenadas surgió una configuración particular de cada vivienda.

Todos nos aprovechamos de un hecho, la movilidad social de los alumnos y alumnas, así como de su procedencia que abarca varias comunidades: País Vasco, Asturias, Extremadura y por supuesto, Castilla y León. En todo caso, conseguimos una muestra de l00 viviendas. Sus interpretaciones, discrepancias y acuerdos lograron un análisis que conciliaba el dominio simbólico del espacio con su disposición estructural a través de la vida cotidiana.

Nos interesaba conocer:

1. El grado de especialización funcional: para qué se utiliza cada espacio, su rasgo instrumental.

2. El uso diferencial del espacio: asignación de lugares a sujetos específicos y en qué medida este hecho incide en una estructuración del espacio.

3. Verificar el reparto del espacio: lugares de trabajo y lugares que propician la privacidad, vinculada a suspensión de cualquier actividad.

En otras palabras, nos interesa saber “quiénes” son los destinatarios de los esquemas de actividad doméstica y qué grado de legitimación de rol corresponde al espacio. Por ejemplo y sirviendo de adelanto, comprobamos cómo dos espacios articulaban eficazmente la designación genérica: la cocina y el despacho; lo que sitúa las relaciones sociales como generadoras de lugares. Cada sujeto es cómplice en su forma de nombrar, cincelar y habitar su ámbito privado.

El USO DEL ESPACIO: REPARTOS Y FUNCIONES

Los pisos de estudiantes, o viviendas colectivas

A. El piso.

Las denominaciones sobre cada espacio, en el caso de los pisos de estudiantes, expresan en un primer momento el correlato de un espacio reconocible: el familiar. La primitiva disposición del hogar sirve de guía para marcar la primera taxonomía convergente con la vivienda de alquiler, además de procurar una mediación social con su lugar de origen.

Este hecho es especialmente importante durante el primer año de residencia. En un piso de estudiantes se han de inaugurar nuevas relaciones, someterse a la prueba de negociar reglas entre pares sin contar con la tolerancia que otorga el trato familiar. Por ello, una primera reproducción, es elegida por su capacidad de representar otros contextos similares, donde la memoria es capaz de amortiguar lo impredecible.

B. El límite o el exceso (de tiempo)

Del mismo modo, el tiempo cuenta con la equivalencia horaria en lo relativo a los alimentos, se come y se cena a horas similares (el alimento como función familiar por excelencia). En cambio, en su referencia normativa, el tiempo se desprende de los usos familiares en las llegadas y salidas de casa, donde cada estudiante marca sus tiempos particulares de ocio. De existir una regulación horaria, ésta proviene de los horarios académicos. La costumbre se revela como una forma eventual de organizar el propio espacio, ahora en condiciones de establecer un nuevo mapa de significados afectivos: compañeros o compañeras de piso estudiantes.

C. La ayuda doméstica

No tardamos en constatar un primer uso diferencial del espacio, entre los pisos homogéneos (habitados sólo por chicos o chicas) y los pisos mixtos. En éstos últimos, la estructura social se vuelve a poner en evidencia a través de los dispositivos más eficaces: las rutinas cotidianas. Y es precisamente durante los exámenes, cuando las compañeras se prestan a realizar tareas, como la preparación de alimentos, ordenación del espacio, limpieza. El discurso que acompaña a este tipo de actuaciones, justifica que un conocimiento (o previo adiestramiento) en las mismas, represente un ahorro de tiempo, justo el tiempo excedente que tendría que emplear un chico estudiante, dado que el aprendizaje duplica la ejecución de una tarea:

“Es que si no lo hacemos nosotras se tarda el doble”.

Dichas prácticas genéricas relativas a un desigual uso del tiempo se desvelan sólo en períodos limitados y acotados por el exterior, una vez que finaliza el stress los turnos vuelven a restablecerse.

D. El salón

En la línea de la designación de lugares no hallamos sorpresas. El comedor, salón o salita se erigen como esferas de encuentro (veremos como el aseo cumple con este papel en los pisos de estudiantes-chicas), definido además por una nueva relación, la derivada de la presencia del televisor como un objeto (sujeto) capaz de dar nombre al espacio que le contiene:

“Y esta es la habitación de la tele, si no está la televisión parece como si fuera una habitación cualquiera”.

El salón ha dejado de ser un escenario de sociabilidad para convertirse en el propio canal, en el receptáculo de la televisión (ya no medio sino mensaje). En este contexto, cualquier conversación que no sirva para reforzar la emisión o puntuar su secuencia actúa a modo de interferencia. Se mire o no, su conexión ha llegado a ser imprescindible. La televisión gana en tiempo y espacio a la audición de música, que despliega su valor en las fiestas nocturnas. En todos, los casos el salón actúa como región de descanso donde se suspende la ocupación.

E. “Mi” habitación

En los pisos de estudiantes el dormitorio cobra un especial significado. Propicia una zona de reserva para sus moradores, un lugar donde se asegura la privacidad a salvo de “intromisiones familiares”. El dormitorio es el espacio propio por excelencia, su disponibilidad para mantener relaciones más íntimas rompe con el sistema de semejanzas con la vivienda familiar, y este hecho corrobora la sensación de independencia más cotizada para los estudiantes.

 “No te das cuenta hasta que no tienes tu habitación”

Por esta razón, no es de extrañar que las posibilidades de transformación del dormitorio sean infinitas, especialmente a través de los muebles (las viviendas se alquilan amuebladas), muebles que mantienen una dimensión funcional en los espacio comunes y, sin embargo, cambian habitualmente de lugar, implican un territorio a conquistar (adornos, telas, adornos). El código individual se extiende a los objetos (con residuos adolescentes: peluches, muñecas, trenes, posters)

F. El aseo de las chicas

Otro cambio peculiar en la forma de habitar reside en el aseo de chicas. Este se desprende de su carácter unidimensional, multiplica sus prestaciones y se inventa otras ajenas a él: la conversación sobre las expectativas de cortejo vuelve simétricas las relaciones, el arreglo es una aspiración común y es meticulosamente chequeado por todas las presentes:

“Está muy ocupado por todas, es una juerga, sobre todo los fines de semana cuando nos arreglamos de forma especial”

El aseo de los chicos mantiene su función, de ningún modo descompone su espacio en otros usos que no sean sus prestaciones de higiene.

El piso familiar

A. El salón: lugar de homenajes

Si la familia tiene un lugar de representación donde recrear sus roles, este es el salón. Durante las cenas y las comidas (dependiendo del grado de ajuste horario entre sus miembros) los miembros familiares comparten una tarea común alrededor de una mesa. Una mesa que no queda cerrada, se organiza en una media luna, dejando el hueco por el que se cuelan las miradas hacia el televisor. Más que salón, podría hablarse de “comedor”, por desplazar la función de encuentro con la alimentaria.

Descubrimos una nueva característica en el salón al acoger los rituales de las comidas y las cenas. En ellas cada miembro familiar toma posesión de “su silla”, lugar que mantendrá mucho tiempo. Visitar un salón equivale a interesarse por el sistema espacial de los demás, preguntar por el sitio de los otros para establecer el propio es un ritual que antecede a compartir una mesa.

Sin más dilación, entremos en un salón familiar. El varón, cabeza de familia, suele tener asignado (social y familiarmente) un sillón, el mejor orientado o el más cómodo. O bien, “preside” la mesa en las comidas familiares. La mesa se convierte en un excelente registro de obligaciones, según la ubicación, centro o periferia. Por ejemplo, detengámonos en la disposición de las sillas. Las cercanas a la puerta o al pasillo que conduce a la cocina serán ocupadas por mujeres, hermanas, esposas, madres, que estarán atentas ante un olvido de cualquier objeto de la vajilla, o de supervisar el asado, ultimando los detalles… estos no paran de sucederse en las reuniones con la familia extensa.

Las comidas y las cenas, organizadas semanalmente para recibir a los nietos/as o para celebrar cualquier acontecimiento familiar, representan una notable acumulación de tareas en cuanto a la preparación de alimentos y composición de la mesa. Fechas señaladas (como navidad) representan una excelente oportunidad para observar como se agudizan la desigualdad de derechos, incluido el de sentarse a la mesa y degustar los alimentos tranquilamente. Resulta especialmente paradójico, como el día de la madre se transforma en un homenaje a su función más que a su persona; la posibilidad de hacer algo distinto se disuelve en virtud de una ley de intercambio: regalos a cambio de cocinar para todos y todas.

B. La (pequeña) cocina.

Las cocinas de las viviendas familiares, en aquellas construcciones de más de veinte años, no comparte sus dimensiones con las proporciones totales de la vivienda, incluso en pisos de cuatro o cinco habitaciones no consigue ganar espacio. Sólo si converge con el salón (especialmente en las casas rurales), si se sitúa en un territorio común con otra instancia aumenta su volumen. Sin embargo, incluida en un piso, resulta tan pequeña que impide cualquier colaboración, como si se hubieran pactado unos límites. La racionalización del espacio claudica en las cocinas.

Sus ventanas dan a patios interiores, lo que incide en la ventilación y la luz. Siendo un lugar pensado para realizar un trabajo en singular (como mucho se acepta un colaborador/a), no se han cuidado sus condiciones de habitabilidad, aunque en éste espacio se utilice varias veces al día. ¿Mantendrá alguna relación este “descuido” con el género de los arquitectos? O será una simple cesión a la funcionalidad. ¿Cuál es la opinión del lector?

Aunque las nuevas cocinas son amplias, revestidas de muebles caros y suelos blancos (¿?), esto no supone una invitación al trabajo doméstico, a pesar de esta ganancia en metros cuadrados. Si en las antiguas viviendas sus proporciones operaban en contra del desarrollo de una tarea en común, y en las de nuevo diseño si es posible, nadie duda en identificar cualquier cocina (nueva o vieja), con un espacio inseparable de un sujeto encargado de la preparación de alimentos, es un espacio ligado a la mujer:

“En la cocina trabajan mi madre y mis hermanas”

“Aquí está mi taller”

C. La habitación infantil

La disposición de las habitaciones varía en su relación con sus ocupantes. Los dormitorios infantiles están alejados del salón, destinados -fundamentalmente- para el descanso si se trata de niños y niñas muy pequeños. Modifican su equipamiento y decoración a medida que se profundiza en la etapa escolar; ésta marca la necesidad de un lugar apartado, de recogimiento favorable al proceso formativo.

En muy pocas ocasiones los dormitorios infantiles son ideados como lugar de juego, aunque contar con un número de hermanos posibilita este uso. Si se trata de un hijo único, o con una diferencia de edad importante con respecto a sus hermanos menores, se tiende a invadir los espacios comunes familiares. A pesar de esta movilidad infantil, ni el salón, ni la salita destinan parte de su espacio a la habilitación de escenarios para los niños, son los propios juguetes los que conquistan terreno. Los mismos juguetes al ser recogidos clausuran el lugar de juegos, de esta manera se restablece el espacio original para el disfrute de los adultos.

E. Despacho o salita: dos espacios propios

Se ha observado, que en las familias de alto status, se combinan espacios con usos diferenciados. El requisito previo es disponer de un número suficiente de habitaciones, por lo que además de los elementos comunes, como salón, salita y dormitorios; surgen nuevos recintos de signo laboral, cargados de pequeños objetos de valor con apariencia funcional: los despachos.

El despacho no ofrece una habitabilidad flexible y rotativa, su morador es por antonomasia masculino. Con el despacho se logra disponer de un espacio propio dentro del espacio privado familiar. En el mismo orden, el despacho instaura, al mismo tiempo, una región colindante con el espacio público, con los significados y materiales que otorgan validez al trabajo remunerado, cualidad inherente a la construcción de género masculino. El titular de la vivienda incluye en la misma, y sin distorsionar su función doméstica, una relación de contigüidad con su oficio.

Si el despacho proporciona intimidad, además de reforzar la imagen pública de su dueño, la intimidad de la mujer, de producirse, se activa en la amplia habitación matrimonial. Una mesa camilla, un sillón de lectura, un costurero, facilitan un “rincón” para su aislamiento. Un lugar mixto donde los objetos -cómoda, mesa, mecedora- son los encargados de fragmentar las zonas en atención a su uso. La misma privacidad ofrece la “salita”, las mujeres pasan tiempo en ellas, poseen además un pequeño televisor. Pero ambos son lugares de convergencia, espacios dentro de otro espacio que contiene otras funciones predominantes. Simulan regiones donde apartarse del exceso de ruido, pero en ningún momento representan la exclusividad de su moradora.

En las viviendas familiares, la intimidad (individualidad) no adquiere la competencia necesaria para ser respetada. Es difícil acotar un territorio y hacérselo saber al resto de la familia. Por ejemplo, “las puertas abiertas” mantienen el sistema familiar conectado, en todo momento se puede atravesar el umbral de la habitación con cualquier excusa. A pesar de la dificultad de subvertir la ley familiar (un “todo” bien informado) los miembros familiares pueden reconocer algunos límites, distinguir entre de libre tránsito y espacios restringidos, lugares de puntual retirada:

 “Donde estés y nadie te moleste”.

El estudio-habitación y el dormitorio de los padres se mencionan como puntos posibles para interrumpir la comunicación cuando las circunstancias lo justifiquen (estudiar o descansar).

“Si estás estudiando es más fácil que te dejen tranquila, pero cuando vengo con gente es otra historia”

No queremos olvidar los espacios mixtos en cuanto a tareas: se plancha fuera de la cocina, o se estudia fuera de la habitación, o se trabaja en lugares de ocio, pero se carece flexibilidad en cuanto al género del sujeto que realiza estas funciones.

Los hogares “solitarios”

Un excelente sociólogo, Jesús Ibáñez, recordaba la importancia del código, en relación a disponer o no en nuestro patrimonio lingüístico con formas de significado que nos remitan a lo nombrado. Así mencionaba que en las parejas que conviven resultaba más fácil presentar a la “compañera” (en oposición a la “esposa”) mientras que a la inversa, la palabra “compañero” remitía al mundo laboral (donde se inscribe el varón) perdiéndose así la equivalencia semántica.

Este hecho era resultado de la lentitud del habla en ajustarse a la realidad. Del mismo modo, los hogares de personas que viven solas han sufrido esta carencia designativa, con una sustitución poco afortunada: “los solitarios” (también denominados hogares unipersonales). Pero si recurrimos a su significado tal y como las presenta el diccionario: “Desamparado, desierto, que ama la soledad o vive en ella” (Julio Casares), nos encontramos con la connotación de ermitaño. El concepto pierde, de este modo, su dimensión informativa y se queda en el orden del significante, donde gana la partida una diferencia calificada a la baja, en la medida que supone una fisura con las reglas de la reproducción social.

Los hogares “solitarios” sufren diversos tratamientos respecto a su habitabilidad. Bien se trate de un nuevo hogar producto de una ruptura afectiva (convivencial o matrimonial), o bien de aquellos sujetos que renuncian a compartir un espacio privado. Los primeros, en el caso de permanecer en el domicilio habitual, sienten una profunda necesidad de reescriturar su espacio, lo modelan, hasta desfigurar su composición. Hacerlo irreconocible con respecto al espacio anteriormente común, un espacio virtualmente nuevo, señala un poderoso intento de individualizarse, un requisito de recuperación de lo propio.

“Lo mejor hubiera sido cambiarme de piso, pero ya no se parece nada al que teníamos”

Cuando el hogar “solitario” no surge de un declive afectivo, el espacio actúa a modo de fortaleza privada, es un reino íntimo, una prerrogativa que no desea perderse. Ello explica que se elijan nuevas fórmulas de relación, a salvo de la cotidianidad doméstica que exige una puesta en común, una voluntad de negociación sobre lugares, objetos y costumbres. Mantener el apartamento está asociado a una práctica de libertad de la que da cuenta el espacio que habitan, todo el espacio está aprovechado en beneficio propio y no hay rincón que no reconozca a su ocupante.

EL USO DEL ESPACIO: OBJETOS Y SIMBOLOS

Cómo funda el sujeto un puente simbólico con su espacio, su peculiar valoración del contexto, de qué formas, objetos se vale para instituirlo como propio.

Como ya anticiparan Luckman y Berger, los universos simbólicos se conciben como la matriz de todos los significados sociales. La biografía de un sujeto se construye objetiva y subjetivamente. El espacio privado y la vivienda incluyen ambas cualidades, ofrece al sujeto un universo sobre el cual fijar combinaciones, variaciones, vestirlo o desvestirlo. En todos los casos, persigue marcar sus “zonas de pertenencia” y, como hemos visto en nuestro somero análisis, zonas de tránsito o periféricas.

* En los pisos de estudiantes, en los dormitorios, al ser lugares de mayor intimidad, se multiplican los detalles que aseguran una relación transitiva más fuerte con el espacio: su ornamentación nos desvela el mundo interno de sus ocupantes, sus voluntades individuales: Postres, cortinas, alfombras, flores, equipo de música, libros, adornos, plantas. En suma, objetos: “que te hacen compañía”

En todos los hogares se asiste a un progresivo uso práctico de la vivienda, a ceder ante el imperativo funcional, el nuevo diseño acentúa las formas compactas, desaparece el color en favor del gris, el color de los genuinos metales. Las concesiones a un consumo obsesionado por ganar al tiempo adquiriendo el último diseño, se verifica, especialmente en los escasos pisos de los (mal llamados) solitarios, profesionales liberales, profesores/as, que hacen de su espacio un lugar de distinción y donde el confort define su universo individual.

La habitabilidad extensa y sin complejos del espacio, puede observarse en los nuevos estilos familiares, los salones han perdido su carácter expositivo e inviolable. Ya no existen objetos-barrera que impidan su uso y disfrute:

“También desaparecen las lindísimas colchas que te impedían sentarte en la cama”

La cocina, debido a su especialización unida a tareas, obtura la posibilidad de que coexista un espacio personal discernible. Domina el criterio de equipamiento y los atributos exclusivamente funcionales, no hay forma de reconocer peculiaridades del sujeto que trabaja en este espacio, en cambio los objetos nos informan de su “cualificación”, del conocimiento de su oficio, especialmente a partir de la selección de los utensilios: Electrodomésticos, batidoras, robots, mesas de trabajo, encimeras, sillas, estanterías auxiliares, cubos, útiles de limpieza, micro elementos: machaca ajos, abrelatas, diversos sacacorchos.

De existir elementos decorativos, constituyen una metáfora del espacio, una relación de semejanza con los objetos meramente útiles: Relojes, cuberteros, platos de cerámica, jarras, fruteros, especieros, recipientes de cerámica: para cazos, paletas, etc

El salón guarda la compostura familiar, en un sistema regido por el orden y signos que luego actuarán como indicadores de status. La memoria familiar se guarda en los muebles museo: las vitrinas comparten su entidad con las últimas adquisiciones más sofisticadas: Sillones (de relax y de lectura), sofás, mesas, grandes muebles, aparadores, vitrinas, piano (expositor de fotografías y/o para uso habitual), muebles-bar. Y el nuevo actor social: la televisión.

Los objetos articulan connotaciones, se imbrican en una red de significados personales. Por ello, comprobamos instancias vacías que se niegan a fetichizar su espacio para conjurar recuerdos, o bien lugares plagados de memoria a través de objetos que actúan a modo de metáfora. Una cita, un viaje o un obsequio pueden adoptar mil formas: una entrada de cine, una máscara, flores secas. Pero, en todo caso, el objeto pierde su capacidad de representación social, reniega de su ostentación y pasa a ser un objeto cuyo contenido es un asunto reservado, sólo al alcance de su poseedor.

La tentativa de un espacio reversible

No cabe duda, que el espacio es una magnitud objetivamente disponible, atribuye validez cognoscitiva al sujeto ocupante desde los propios procesos de socialización, porque en ellos se dan cita lo cognitivo y lo normativo. Por esta razón, y como ejemplo, ocuparse de la cocina, entre otros motivos, responde posiblemente a un criterio de compatibilidad con respecto a otras tareas inherentes a la actividad doméstica. Este conjunto de elementos interviene en la propia construcción de género. Este esquema opera del mismo en espacios de signo masculino: despachos, garajes, etc… Cada uno en su sitio, conforme a los mandatos del género.

El rol se fundamenta en un nexo institucional de comportamiento, en un entramado de funciones y, podríamos aventurar, en una paulatina reiteración de espacios, actuando éstos como pautas de legitimación.

Si recuperamos la función de legitimación, tal y como la define Max Weber (aunque la desarrolle particularmente en un contexto político) podremos ver qué papel juega la objetivación. Weber subraya cómo lograr que las objetivaciones de primer orden, las instituciones, lleguen a ser objetivamente disponibles, es decir verosímiles, tiene que presentarse ante todos como posibles.

Como puntualiza Weber, la legitimación no es cuestión de valores, implica una alta dosis de conocimiento, de saberes. Y en la dimensión espacial, el conocimiento es de tipo pragmático, aquel que se desenvuelve no sólo intelectivamente, sino gracias al gesto, a la simbolización, a la ocupación; a cambio, el espacio me devuelve la imagen que he querido reproducir en él normativizando “mi” forma de estar y de habitarlo.

En esta línea, puede afirmarse que las mujeres no establecen una relación transitiva con su espacio privado. Es el espacio doméstico el que gana la partida en dimensiones y significado. No preexiste una configuración que se traduzca en la recreación de un lugar habitable pensado en singular.

El término privado forma parte de una dicotomía: público-privado y es precisamente a partir de su “confron­tación” como se dotan mutuamente de sentido. En consecuen­cia, al concepto “privado” se le pueden atribuir dos modos de significación:

A. Como apropiación de sí mismo que marca la idea inefable de privacidad: la retirada voluntaria y puntual de un espacio público para ocuparse de uno mismo.

B. Como privación (de sí). Este contenido limitativo se identifica con el ámbito doméstico: la sustracción de la esfera pública en términos de no pertenencia a la misma.

Al hilo de esta diferencia, la “vida privada” ha registrado dos tratamientos muy divergentes en función de la privacidad de la que se hable. El primero, desde una perspectiva masculina, en base al recogimiento en la vida familiar, al margen de las obligaciones y prestaciones públicas. La segunda, desde una constelación femenina que si bien se identifica con el recinto familiar y la función reproductiva, no disfrutará del requisito de retirada de lo público por no haber pertenecido en pleno derecho a este espacio.

Por último, recordar que la distribución de las unidades de hogares en el mundo rural o en el ámbito urbano son muy diferentes, especialmente en cuanto al peso de los hogares extensos y los hogares múltiples. En ellos comparten el mismo hogar distintos sujetos adultos. Esto no sólo afecta a la complejidad familiar, sino al tiempo de dedicación y cuidado. El hogar es testigo de recuperaciones, dietas específicas y otras atenciones que precisan los mayores. Estas labores, asumidas en su mayoría por mujeres, no cuentan con “ayudas” procedentes de la contratación de servicios externos. Es la propia hermana, esposa, cuñada la que tiene que duplicar sus esfuerzos, al ocuparse, además, de tareas puntuales del campo o compaginar su tiempo con la denominada “ayuda familiar” en servicios.

Estos elementos son específicos del ámbito rural frente a las áreas metropolitanas, donde se verifican otro tipo de estrategias. Por ejemplo, se observa que las tareas se comparten -en mayor o menor grado- porque la situación de paro del marido representa una motivación para buscar trabajo retribuido fuera del hogar. El ingreso familiar (sea como ayuda o complemento a la renta) no deja de favorecer una equiparación en derechos por representar una quiebra en la lógica de la dependencia marital.

El espacio no es una magnitud estática e invulnerable, no somos meros “decoradores”, creerlo así nos hace cómplices de unas reglas sociales que no siempre juegan a nuestro favor. El espacio se construye a partir de convenciones sociales, de rutinas cotidianas capaces de configurar geometrías específicas, el reconocimiento de nuestra capacidad de intervención es ineludible. Reparar en su poder de incidencia puede ser el comienzo.

Todo código es susceptible de cambio. Liberar las fronteras temporales evitando señalar espacios prohibidos (la noche se transforma en un espacio poco recomendable, dependiendo del género o la edad de los trasnochadores) compartir el espacio público (más allá de la exigua cuota de representatividad) y el espacio doméstico (sin contentarse con la socorrida “ayuda”), fundaría una nueva concepción del espacio, donde lejos de ser simples moradores marquemos unas nuevas reglas de habitabilidad.


 [1] De Sociología, en la asignatura Técnicas Cualitativas de Investigación Social y de la Diplomatura de Trabajo Social, en la asignatura de Sociología.